Principio de incertidumbre

Montoro, el Ponderado

En España no se suben los impuestos; se cambia la ponderación. Lo dijo ayer el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Cambiar la ponderación. La «ponderación». «Cambiar la ponderación». Cuánto más se dice, más se relaja la musculatura y la tensión arterial y más se te dibuja a todas horas una sonrisa tonta llena de suspiros que te lleva a dibujar corazoncitos en las ventanas. Creo que esas palabras nos han cambiado la ponderación un poco a todos. Dan ganas de salir a correr desnudos bajo la lluvia, todos juntos y ponderados, como un país que ha dejado atrás todas sus divisiones. Y todo por Cristóbal Montoro, un gurú de la santísima ponderación.

Entramos en una nueva era tras el mensaje de Montoro. La Era de la Ponderación. Del Ministerio de la Ponderación de San Cristóbal, que se paseará por las televisiones vestido con una toga azul y un gran medallón, dorado como el sol, colgándole del cuello. Qué menos. Porque dirán ustedes que no ha estado acertado el ministro. Podía haber utilizado cualquier otro término para traer el mensaje divino; no sé: ciclogénesis explosiva, encefalopatía espongiforme o error-de-la-placa-BIOS-0x0000007E. Pero no, Él, el elegido, ha alumbrado el camino de la ponderación, que te deja saborcillo a buen karma.

No se resistan ustedes, es inútil (resistirse, digo). Déjense llevar por este mantra que relajará el déficit, bajará el paro y multiplicará los panes y los peces. Oremos en la nueva religión. En las escuelas ya no se enseñará a dividir, sino a ponderar; si el médico te pone a dieta porque te ha subido el colesterol, tú dirás que sólo ha cambiado la ponderación de la analítica y él mudará el diagnóstico con placentera calma; si va a llover el próximo puente, el meteorólogo de la tele explicará que se ha ponderado el anticiclón y nos iremos todos en flotador y botas de agua a la playa; si te despiden del trabajo, dirás que el jefe te ha subido la ponderación y tu pareja te besará entusiasmada. Todo el mundo asentirá complacido, aunque no sepan de qué demonios hablas. Y es que en España a nadie le gusta quedar como un idiota. Salvo honrosas excepciones.

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