Opinión · Entre leones

Más que unas europeas

Todos los partidos políticos han elegido ya a sus cabezas de lista para las próximas elecciones europeas, excepto el PP. Rajoy, muy dado a medir los tiempos mientras se fuma un puro o una caja, ha sorprendido a propios y a extraños aparcando la candidatura de Miguel Arias Cañete, lo mejorcito que tiene en un gabinete ministerial que suspende con estrépito en todos los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Pocos políticos españoles tienen su capacidad y competencia en asuntos europeos. Si finalmente lo descarta como cabeza de león, puede que lo convierta en comisario europeo con rango de vicepresidente, que no es ni muchísimo menos cola de ratón. O no.

Pero el caso es que ahora parece que al gallego le gusta el número dos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, Íñigo Méndez de Vigo, que no está sometido al escrutinio de la opinión pública y que tiene un puntito de gomina muy del gusto de la parroquia popular. Para que nos entendamos, un europeísta de Sotogrande de toda la vida.

La candidatura de García-Margallo, que está en todas las salsas agridulces gubernamentales, parece más inverosímil, sobre todo ahora que se ha convertido en el ministro de Asuntos Exteriores del problema catalán (¿?) y que ha entrado en él tendiendo uno de sus famosos puentes de cartón piedra: “Una declaración de independencia de Cataluña la condenaría a vagar por el espacio y a quedar excluida de la UE por los siglos de los siglos”. Por cierto, ¿no sería más lógico que este asunto nacional lo llevara directamente la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría? A lo mejor, esta chiquitina de largo recorrido, nada alérgica al diálogo, aplica una doctrina menos sideral y descubre que a los catalanes hay que lanzarles rosas y no macetas para que puedan seguir siendo catalanes sin dejar de ser españoles y europeos. Con otras maneras y sin la pléyade de tertulianos faltones y vociferantes que funcionan a golpe de argumentario contra los catalanes,  puede que hasta nos entendamos y que no haga falta esa Legión nuestra tan africanista.

En cualquier caso, en la primera semana de abril, cuando el comité electoral de los populares convierta en un acto absolutamente democrático el nuevo dedazo de su presidente, saldremos de dudas. Eso sí, sea quien sea, Rajoy lo presentará como el mejor entre los mejores. Venderá  que los tiempos han sido los correctos y que, por supuesto, no han estado marcados exclusivamente por sus existencias de habanos. Dirá a los suyos que, ante una candidata socialista que está quemándose a marchas forzadas en un mes largo de precampaña electoral, los populares, muy ocupados en salvar a España –otra cosa bien distinta es el devenir de los españoles-, ponen en circulación a los suyos con el tiempo justo y necesario para ganar las elecciones europeas. En definitiva, economizar esfuerzos democráticos para que nadie les pueda acusar de derrochadores, dentro de un plan superior marcado por la eficacia, la eficiencia, la firmeza, la competencia y todas esas chorradas que tan bien administró Luis Bárcenas a sobre cerrado.

Ahí, sin embargo, me da que Rajoy se equivoca. Elena Valenciano, cabeza de lista de un partido que anda revuelto entre macutazos de gobierno de coalición, congresos extraordinarios y primarias, no es tan flojita como la pintan: está echándole agallas, ilusión e ideas y, superados sus problemas de salud, no parece que vaya a desfondarse tan fácilmente pese a que su partido no vive su mejor momento. Además, los recortes económicos y de libertades públicas que han protagonizado las huestes del PP en estos dos largos años dan para mucho más que la herencia de ZP, que ya huele, y una presunta recuperación económica  que está muy lejos de aterrizar en la economía real. Sin olvidar, claro está, el malestar que ha generado en estos dos años un PP salvapatrias que, por momentos, se ha creído que los españoles somos no ciudadanos sino sufridos súbditos sin derecho a decir ni pío. De Europa, como ha ocurrido en las otras citas electorales continentales, pues se hablará lo justito.

Más preocupada debería estar la socialista con la fuga de votos que puede haber por el decaimiento de  algunas federaciones socialistas –sobre todo la catalana- en dirección a las arcas de IU y UPyD, que se preparan para hacer su mayo sobre esa creencia popular tan asentada y tan reforzada tras siete años de crisis de que “PSOE -PP, la misma mierda es”.

La estrategia de apelar al voto útil de la izquierda y situar las europeas como una estación intermedia para ganar las generales de 2015, puesta en marcha por el Comité Federal socialista tras aprobar las listas, no sé si cuajará en las urnas. Pero es la única vía de escape para intentar ganar por una cabeza algo más que unas elecciones europeas.