Opinion · Entre leones

Madrileños sin perdón

La población de mi pueblo, Guadiaro, una pedanía de San Roque con espíritu de municipio independiente (de hecho, en tiempos de los romanos lo fue con el nombre de Barbésula), se multiplica por cuatro en verano, sobre todo entre el 15 de julio y el 15 de agosto.

Es porque Guadiaro y el resto del Valle del Guadiaro están pegados a Sotogrande, posiblemente la urbanización más lujosa y selecta de Europa.

Vista de la urbanización de Sotogrande. Turismo de Andalucía
Vista de la urbanización de Sotogrande. Turismo de Andalucía

Allí están algunos de los mejores campos de golf de la Europa continental, Valderrama (campo Ryder Cup), Sotogrande y La Cañada, entre otros. Tiene un puerto deportivo muy atractivo por sus dimensiones y numerosos atraques y su ubicación estratégica en el Mediterráneo.

Unas playas mediterráneas muy aceptables pese a que la más concurrida la conocen como La Apestosa. Está al lado de una depuradora de los setenta que no huele y que depura como un cañón. Un amigo mío, Diego Montero, es el creador de esta rara avis tecnológica.

Tiene un litoral donde la navegación resulta plácida y gratificante.

Además, en época estival, se convierte en el centro mundial del polo, un deporte muy minoritario que vuelve locas a las primeras marcas más caras del universo mundial. Este verano, para que se hagan una idea, Rolls Roice ha desplazado a un equipo muy nutrido y varios vehículos para promocionarse entre los del taco de verdad.

En definitiva, Sotogrande es un portaaviones turístico de primer orden mundial donde la piel se te dora ininterrumpidamente  desde finales de febrero a principios de noviembre.

Para mi pueblo, estas 1.800 hectáreas de superlujo, donde la clase media alta ha metido cabeza, son algo así como su industria más boyante, una especie de monocultivo sin visos de extinguirse. De hecho, el nivel de vida de mi gente, que está encima de la media del Campo de Gibraltar, y el pleno empleo de la zona, se deben casi en exclusiva a esta macrourbanización.

Sotogrande es un crisol de nacionalidades. Hay americanos: su fundador fue Joseph McMicking, un general americano casado con una hija de la acaudalada familia filipina Zobel de Ayala. Con el llegaron gente como Goerge Moore, ex presidente del City Bank, y Nicolás Bilde, un tipo muy rico que le gustaba relacionarse con la gente del pueblo.

Hay gibraltareños, alemanes, ingleses, suecos, árabes, etc.

Pero desde siempre en Sotogrande han abundado los madrileños y los filipinos, que componen los servicios domésticos de los primeros. Ahora hay más sudamericanos en esas dignísimas tareas de auxilio y asistencia en el hogar, con la delicada tarea de sacar al perrito a cagar y mear a diario dos o tres veces.

La inmensa mayoría de esos madrileños, ya sean muy ricos, ricos o medio pensionistas, suele ser gente encantadora y educada.

De niño, cuando era caddie, conocí a un joven estudiante de arquitectura, Gabriel Allende (es hermano de Ukalele), que se portó conmigo magníficamente. Cuando fui a trabajar a Madrid como corresponsal político al Congreso lo busqué y le di las gracias. ¡Se acordaba!

En Sotogrande también conocí a Marcelino Oreja Aguirre, a Antonio Garrigues, a los Ruiz Jiménez, a un joven Íñigo Méndez de Vigo y a Cayetano Martínez de Irujo, una persona espectacular.

Los de la Serna, con Sebas a la cabeza, han sido siempre los más queridos para mí. Sebas, de hecho, me llevó hace casi 40 años a ver a mi novia de pocos meses a Fuengirola en una vespa que era pura dinamita. Nos fue tan bien que hoy seguimos juntos y acumulando trienios.

Sin embargo, en Sotogrande, hay un grupo de esos madrileños, una minoría ruidosa, que, por arrancar de forma suave, diré que es una minoría muy minoritaria inaceptable, según los niveles mínimos de higiene mental fijados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Y me explico: son para que nos entendamos unos auténticos chulos. Además, son maleducados, xenófobos, clasistas, racistas, pendencieros, malencarados, unos caraduras y fascistas, muy fascistas.

Se les distingue en las colas: en la del super se quieren colar siempre porque “solo llevo cuatro cosas”, en las recepciones de los hoteles pretenden que les aparquen el coche o que les lleven las maletas cuando no existen esos servicios y montan un pollo por una manchita de nada en el culo de un albornoz; en las fruterías manosean las frutas como si fuera los dueños de la huerta de Valencia, en los centros de salud se comportan en las esperas como si estuvieran en el jardín de sus casas gritando por teléfono y dejando a sus hijos corretear sin respeto ni freno; en sus conversaciones privadas consideran que los andaluces somos vagos y maleantes y se creen que todos cobramos el PER y esas “cosas horribles” que pasan en Andalucía.

Te miran con cara de asco si te notan algo de acento y si se cruzan contigo no saben ni sabrán decir “buenos días”. Si les tocas las palmas más de dos minutos te cantan el Cara al Sol. Y algunos de sus cachorros se dedican a sacudir indiscriminadamente a la clase trabajadora como parte de sus ejercicios espirituales.

El otro día, un especimen que pintaba canas me amenazó con pegarme una hostia sin anestesia porque su jaguar me impedía entrar en mi coche y osé reprochárselo educadamente. Afortunadamente, la sangre no llegó al río porque salió pitando: sospecho que me vio pinta de carnicero y leyó en mis ojos una habilidad innata para descabezar gallos en el acto.

En fin, los catalanes y vascos, demonizados por el follón territorial más de la cuenta, son unos santos al lado (a mí siempre me gustaron y me gustan) de estos aberronchos finos capitalinos.

Debió ser por el peculiar grito que emiten, pero el caso es que Santiago Abascal, líder de Vox y de la Reconquista, se ha colado este verano en Sotogrande y se ha fotografiado a diestro y siniestro.

Eso sí, sin dejar que le retrataran con unas zapatillas playeras multicolores; debió pensar que eran un poquito gay. Vamos, un escándalo si le cogen acostado con las chanclas mariquita azúcar.

Por lo visto, ha estado aprendiendo a jugar al golf con Manuel Piñero, un campeón del mundo que fue caddie y canino. Una promoción del carajo de la marca matriz.

Acudió a misa de domingo en Guadiaro, rezó y debió cruzar alguna mirada cómplice con algunos de estos madrileños que no tienen perdón de Dios.