Entre leones

La desbandada madrileña

Desde que el coronavirus se ha puesto serio en Madrid, todas las autoridades, Pedro Sánchez, el alcalde de Madrid e incluso la presidenta de la Comunidad, han aconsejado encarecidamente que mejor en casita que en ningún lado.

La inmensa mayoría de los madrileños hemos seguido el consejo como si fuera una orden. No es para menos, está infectándose mucha gente en poco tiempo y hay demasiados muertos de por medio.

Hasta mi hijo Juanjo, que es, digamos, un espíritu libre, sin miedos ni fronteras, lo ha entendido y me ha prometido que no pisará la calle a partir de hoy. Confío plenamente en él, porque no tengo más remedio.

En fin.

No le falta razón a quien pone el acento en el civismo como una de los pilares para superar esta pandemia global, esta emergencia nacional.

Sin embargo, hay personas que esto del civismo les importa un pepino o dos. Son descendientes del "ande yo caliente, ríase la gente" de Luis de Góngora, pero sin ninguna rima ni gracia.

Digo esto a modo de introducción para contar que el cierre de centros educativos en Madrid ha provocado una desbandada de madrileños hacia las zonas cálidas del sur de España –y otras zonas turísticas costeras-, huyendo del coronavirus, en contra de las recomendaciones de las autoridades.

Por supuesto que no es ilegal; por ahora, nadie ha decretado el cierre a cal y canto de Madrid. Pero representa un acto masivo de incivismo que juega a favor de la expansión del coronavirus.

En una de estas zonas, Sotogrande, en mi pueblo, la llegada ha sido especialmente masiva, y se ha notado sobre todo en los supermercados, donde las estanterías han volado literalmente.

En esta frontera de dos mundos solo se ha contabilizado un caso y fue en Gibraltar –una persona que viajó al norte de Italia- y ya está curada y dada de alta. Por cierto, no estaría mal que los análisis de coronavirus de Gibraltar se pudieran hacer en el hospital Puerta del Mar de Cádiz y no en Londres. Por sentido común: los yanitos viven a los dos lados de la frontera, ¿no?

Pero la llegada de estos madrileños puede cambiar este escenario, y el alcalde de San Roque, Juan Carlos Ruiz Boix, está especialmente preocupado y se está empleando a fondo para evitar lo peor, que no es otra cosa que con los madrileños llegue el coronavirus.

Estaría bien que todas fuerzas políticas estuvieran unidas en torno al primer edil sanroqueño en este asunto, y que la Junta, de entrada, reforzara la dotación (magnífico personal, por cierto) del Centro de Salud de San Enrique.

Este pasado verano tracé ya un perfil de un tipo de espécimen que habita en el estío en esta urbanización de lujo. ¿A que parece una parrafada de un episodio de las aves que cruzan en verano la Península Ibérica, de Félix Rodríguez la Fuente?

En verdad la inmensa mayoría son gente normal e incluso encantadora, como ya conté en el artículo citado.

Pero estos a los que me refiero en concreto, una minoría, son lo peor de lo peor. Son fachas, desagradables, chulos, estúpidos, clasistas, trileros y, aunque han ido a colegios de pago, no tienen una pizca de educación. Son descendientes de los Pitucos de Mario Benedetti, a los que había que tirarles caramelos en legítima defensa.

Ester verano, esta colonia de gente que siempre está de cara al Sol –aunque esté a la sombra- recibió la visita de uno de sus sumos sacerdotes, Santiago Abascal, que se fotografió con muchos ellos, y con algunos trabajadores de mi pueblo desinformados y desclasados.

Apuesto lo que quieran que en esta desbandada incívica abundarán en esta ocasión estos tipos malencarados.

Casado y Abascal –Ortega Smith que siga acuartelado y en cuarentena- podrían aprovechar esta alta concentración de electorado suyo en Sotogrande para explicarles que la verdadera Patria está en Madrid, en sus casas, y no en Sotogrande. Que tienen la obligación de comportarse como ciudadanos responsables y civilizados; que no están exentos de serlos por la gracia de Dios ni por su cuenta corriente.

Y dejarles claro que para combatir el coronavirus es mucho mejor limpiarse el culo con el papel acolchado, aromatizado y con sabor a trufa que solo en fabrica en Madrid.

Yo, que estoy en mi casita madrileña con los míos, doy fe de esto último.