Entre leones

Deprisa, muy deprisa

 El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comunica la composición del nuevo Gobierno de coalición y los objetivos del Ejecutivo tras habérselos comunicado a Felipe VI, en Madrid a 12 de enero de 2020. -Ricardo Rubio / Europa Press

El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comunica la composición del nuevo Gobierno de coalición y los objetivos del Ejecutivo tras habérselos comunicado a Felipe VI, en Madrid a 12 de enero de 2020. -Ricardo Rubio / Europa Press

En mi último artículo, Verano agridulce, tengo que reconocer que caía en un derrotismo inadmisible: venía a decir que estaba tan harto del relato tremendista que viene practicando la derecha para alcanzar el poder, que reconocía que estaba deseando ver a Feijóo y a los suyos pisar las alfombras de Moncloa para poder escribir sobre esas costumbres tan arraigadas en Casa Génova de robar a manga ancha con escasas o nulas consecuencias judiciales. No hay nada más que ver al mismísimo Rajoy, un político hecho a sí mismo en b, riendo a mandíbula batiente junto al actual presidente de la cosa pepera en la inauguración un aquelarre veraniego en tierras de Pontevendra, mientras que Manuel Chaves, José Antonio Griñán y Gaspar Zarrías sufren una condena de cárcel por parte de un Tribunal Supremo que más pareciera un Tribunal de Orden Público.

Dicho esto, me apunto a la tesis que defiende el maestro Juan Tortosa, que después de un verano de oyente, se pregunta, nos pregunta a porta gayola: ¿A qué demonios estamos esperando? Es verdad que la mayoría de los medios de comunicación -incluido TVE- están entregados al relato de fin de ciclo que está allanándole el terreno a Feijóo, pero no es menos cierto que muchas de las fuerzas progresistas que deberían estar defendiendo la gestión del Gobierno de coalición de izquierdas de Pedro Sánchez están con el rabo entre las piernas, calladas en un acto de cobardía rayano en la traición.

Por ejemplo, no hace falta ser muy listos para apreciar que muchos diputados socialistas tienen una cierta alergia a pisar la calle, que han tirado la toalla desde el primer asalto. En muchas provincias, rara vez te topas con una de sus señorías defendiendo la gestión del Gobierno. En algunos casos son incluso incapaces de contestar las críticas locales o provinciales de los partidos de la oposición. Los hay que se emplean, pero son pocos. En general, Pedro Sánchez, sus ministros y su núcleo duro del PSOE aparecen demasiado solos, como si un quintacolumnismo se hubiera apoderado del partido en los días que corren. Hay que volver a la cultura de elegir peones por méritos, no por puro amiguismo.

En Unidas Podemos, pues ya se sabe esa afición de criticar al Gobierno para hacerse un hueco en la agenda o para desmarcarse de sí misma en una estrategia de laboratorio que tanto gusta a los popes de coalición en ese juego de las casitas. Paparruchas.

Y a partir de ahí, muchas son las organizaciones progresistas que han renunciado a defender a un Gobierno de coalición de izquierdas que desde que estallara la pandemia ha armado con los ERTE e infinidad de ayudas un armazón de solidaridad extraordinario, sin parangón, para que nadie se quedara atrás. ¿Se imaginan al PP de Feijóo levantando presupuestariamente una defensa para las clases medias y trabajadoras? Quizás hubiera reinstaurado la beneficencia, ¿no?

Pedro Sánchez, tan denostado por los pistoleros a sueldo que proliferan en la mayoría de los medios de comunicación, tan machacado por el relato del nuevo sindicato del crimen, ha afrontado todos los retos a los que se ha tenido que enfrentar este país en estos años de sangre, sudor y lágrimas con determinación e inteligencia.

Todavía me acuerdo de las voces que al compás del Sobreviviré, del Dúo Dinámico, le vomitaban en las calles desiertas: "Asesino, asesino". Eran los días donde en Madrid empezaba a ser una feria en las calles, un cementerio en las residencias de ancianos.

El posicionamiento con los vecinos frente al volcán de la Palma, que se ha prolongado con una visita este mismo verano. La normalización del problema territorial de Cataluña, que pasa y pasará por un diálogo político en vez de una batalla campal en las calles o el ajuste de cuentas de los tribunales de justicia. Una ministra de Defensa que ha defendido cuando ha sido necesario los intereses de España que sostiene el propio presidente del Gobierno. El punto y final a la crisis con Marruecos con un acto doloroso de realpolitik sobre el Sáhara Occidental. El manejo inteligente de la reacción hostil inicial de Argelia. La determinación por alcanzar un acuerdo histórico sobre Gibraltar. Una lucha sin cuartel contra el narcotráfico, que ha conseguido meter en la cárcel a más de 400 narcotraficantes en el Estrecho. Las apuestas presupuestarias por un salario mínimo y unas pensiones dignos. Decisiones valientes contra el cambio climático tomadas por un ministerio bien dirigido por Teresa Ribera y Hugo Morán. Medidas en materia de igualdad impensables hace unos años. Una política fiscal justa frente a bancos y grandes empresas, frente a los más ricos. Una defensa de la sanidad y la educación públicas ante el afán privatizador del PP en sus comunidades autónomas, en especial en Madrid, la meca de estas prácticas business, más business y me llevo 33.

Eso, ni más ni menos, es lo que hay que defender: ideas, políticas y presupuestos para que este país siga unos años más siendo un país decente. Es posible que, como dice Tortosa, vayamos tarde, pero todo será ir a partir de ahora deprisa, muy deprisa en legítima defensa.