Entre leones

Que en paz descanse

el escritor español Javier Marías durante una entrevista con Efe en Madrid. -EFE/ J. P. Gandul
El escritor español Javier Marías durante una entrevista con Efe en Madrid. -EFE/ J. P. Gandul

Escribo este artículo impactado por la muerte de Javier Marías. En estos últimos años, desparecidos tantos -la última, Almudena Grandes-, era mi autor favorito. Me gustaba el perfeccionismo juanramoniano que destilaban sus novelas, y no perdía ninguna de sus pequeñas cruzadas en los artículos dominicales de El País. Estaba convencido de que uno de estos años, Marías recibiría el Nobel de Literatura. Se lo merecía a cada nuevo párrafo que escribía entre tachaduras y remiendos.

No hace mucho me pasó algo igualmente doloroso con Almudena Grandes, pero sabía que estaba enferma y no me sorprendió su muerte. ¡Qué maravilla de Un año y tres días que le ha llorado Luis García Montero sin ningún tipo de máscara, a corazón abierto y a lágrima viva de amor puro y duro!

En fin, ya sabemos, como nos decía Félix Grande, la vida es un campo de minas donde van cayendo familiares y amigos hasta que le toca a uno mismo. Lo peor en este último caso debe de ser cuando uno no puede despedirse, que la Parca te sorprenda a traición.

Emilio López, un compañero y amigo de Diario de Cádiz, se despidió con toda naturalidad cuando comentó meses antes que su destino ya no estaba en sus manos: "Tengo el práctico a bordo".

Y un estanquero gaditano, sabedor por su galeno de cabecera de que a su vida le quedaban unos cuantos telediarios, se despidió uno por uno de todos sus amigos. En el bar El Terraza, de Cádiz, templo de la buena comida y la amistad, un lugar de categoría que diría Pelayo, se ofreció a una viuda para llevarle más pronto que tarde un mensaje directo a su finado que en QEPD. La señora, aterrorizada, optó por una larga cambiada: "¡Anda, tú le vas a hacer caso a los médicos!". Un asiduo del bache remató la conversación: "Señora, no se lo tome a mal: es que la gente de Cádiz somos muy serviciales".

Qué sería de nosotros sin la retranca, sin el humor. Yo, cuando me quedo sin reservas, me cojo unos cabreos monumentales. Me quedo en pelota picada. Últimamente, varios asuntos de la actualidad política me han llevado al límite. Por ejemplo, la negativa de los supermercados y las grandes distribuidoras a garantizar una cesta de la compra asequible para las rentas más bajas tampoco le gusta al titular de Agricultura y Pesca, Luis Planas. Ha sido idea de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, para intentar paliar los efectos de una inflación disparada que está afectando especialmente a los productos de alimentación.

Tal como se está poniendo la cosa, la alternativa va a ser una huelga de hambre de todos los cortitos-de-cartera -y todos aquellos que no pueden pagar esta feria de precios por pura avaricia-. Bien visto, esto de ampliar el umbral de la pobreza sería una forma más que interesante de controlar el sobrepeso, el colesterol y las enfermedades cardiovasculares que afectan a los parias de nuestra sociedad, es decir, la inmensa mayoría que no tiene acceso constitucional a un filete de ternera y se tiene que conformar con comer gato por liebre.

Y ya metido en faena política. ¿Qué pasa con los jóvenes? No nos estamos dando cuenta que peor no se puede hacer. La precariedad en el empleo, una explotación en toda regla en pleno siglo XXI, está sumando a paladas desafectos a nuestro régimen democrático entre las futuras generaciones. Algunas medidas, como la ayuda al alquiler, se retrasan por agenda política. Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, el territorio comanche de Ayuso, están esperando a que las ranas críen pelo, ¿no?

Otro asunto que me tiene hasta las narices es la sociedad tecnológica que sufrimos. No soporto especialmente a esas maquinitas que los bancos, las grandes empresas y las administraciones públicas ponen al otro lado de la línea telefónica y te interpelan hasta que, después de un follón de tiempo, te pasa con un operador o una operadora, que, por lo general, no te soluciona nada, pero te pide que la puntúes con generosidad.

Si a eso le añadimos que todo es una engañifa tras otra... Otro ejemplo: en Renfe, esa empresa pública tan portaaviones, te aceptan que pagues un billete por Bizum pero después no te devuelve el importe tras una incidencia -un retraso de tres horas en la línea tercermundista con balcones a la calle Algeciras-Madrid- porque no tiene activada las devoluciones a través de Bizum. Es el ‘vuelva usted mañana’ de Larra pero con música Chopin en el tiempo de espera.

Reconozco que desde siempre he sido algo pretecnológico. El mundo de Internet y todos sus subproductos – Facebook, Twitter, Instagram, etc.- me coge cada día que pasa más a contramano. Me aburre soberanamente leer tantas gilipolleces.

A lo mejor voy a tener que releer a Erich Fromm, que abogaba en La revolución de la esperanza por la vida y la naturaleza. Quizás aquel movimiento humanista radical basado en pequeños grupos descentralizados sea solo una utopía que nada más susurrarla, se desvaneció.

Pero no es menos cierto que sin esperanza uno acaba con el práctico a bordo, como mensajero poco fiable del más allá, en vida. Y no es plan. Quizás sea mejor Eclesiastés 9:4: "Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos".