Cuidar de las bestias lo que votamos

Después del 15M, El Roto publicó una viñeta que resumía una época. En una Puerta del Sol abarrotada y bajo una bandera blanca, se leía: "los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron". Eran tiempos del bipartidismo, de un PNV y una CiU aliadas de las tropelías bipartidistas, y de una Izquierda Unida a la que le pesaba demasiado la ortodoxia. Europa ya no ayudaba sino que mandaba memorándum secretos que golpeaban nuestra Constitución en lo mejor que tenía. El 15M se echó a la calle con preguntas, no con respuestas. ¿Por qué no me representas? ¿Por qué me tratas como una mercancía? Y fueron esas preguntas las que operaron la magia de la politización de una sociedad que parecía adormecida entre la televisión y el fútbol.

En aquel entonces hacíamos La Tuerka, un programa humilde en una televisión de barrio. Sabíamos que algo se movía. Yo acababa de publicar La Transición contada a nuestros padres y ya allí reflexionaba sobre el agotamiento del régimen del 78, de la monarquía de Juan Carlos I, del consenso territorial y del bipartidismo. La crisis de 2008 había soliviantado los ánimos y se hacía más intolerable la distancia entre la ciudadanía y los políticos. Un tiempo se marchaba y otro se aproximaba. Pero lo viejo no terminaba de morirse y lo nuevo no acababa de nacer.

Cuando en 2016 Podemos sacó cinco millones de votos e Izquierda Unida un millón, las alarmas de los beneficiarios del bipartidismo sonó con estruendo. Los ricos llamaron a sus mafiosos, las cloacas volvieron a reunir a sus ratas y la prensa mercenaria recibió su soldada. Hay que recordar que Pedro Sánchez gobernaría después tras la moción de censura con apenas 5'3 millones de votos. La alternativa ante la irrupción de Podemos era clara: o un gobierno del PSOE con Podemos e Izquierda Unida, o una gran coalición del PSOE con el PP y Ciudadanos. La historia después del fracaso de la gran coalición del PSOE con Ciudadnos es conocida: presiones, cloacas, mentiras, ataques, fomento de divisiones, caída de votos, ataques furibundos y, sorprendentemente, una resistencia insólita de Podemos y de Pablo Iglesias. Albert Rivera descansa en los márgenes sucios de la historia.

Ayer se firmaba un acuerdo de gobierno que recoje una parte no pequeña -tampoco enorme- de las reivindicaciones de los movimientos sociales, incluidos los sindicatos, que venían reclamándose cuando menos desde el 15M. Faltan muchas cosas, en algunos ámbitos va despacio, pero es, sin duda, el programa de gobierno más progresista que se recuerda en muchos años.

Aparecen en el programa la subida de impuestos a los muy ricos (aunque a los economistas del sistema les parece que ganar 130.000 euros al año no es gran cosa); subida del salario mínimo; derogación de la reforma laboral de 2012 que permite el despido por bajas por enfermedad; se deroga la maldita Ley Mordaza con la que el PP quiso acallar a nuestro país; creación de una red de escuelas infantiles que haga más real la igualdad entre hombres y mujeres junto al aumento de los permisos de paternidad y la equiparación de salarios entre hombres y mujeres; reducción de las tasas universitarias; avances en la atención a la dependencia (cuya ausencia tiene a tantas personas y familias en el infierno); actualización por ley de las pensiones al IPC (para que los pensionistas salgan a la calle a enseñar desobediencia y no más a pedir esta promesa siempre incumplida); caminar hacia la renta básica atendiendo de momento a los más vulnerables con un ingreso mínimo vital; se van a frenar las subidas abusivas de los alquileres que impiden a tanta gente, especialmente a los jóvenes, tener una vivienda digna; enfrentar con valentía la ludopatía y las casas de juego (no hay que olvidar que el Ministro de Justicia del PP, Rafael Catalá, venía de la patronal del juego y está otra vez en la patronal del juego); recuperar el apoyo a las renovables y caminar hacia la transición ecológica; fomentar la conciencia feminista que vaya acabando con siglos de patriarcado y violencia contra las mujeres; apoyo a las PYMES, especialmente atendiendo a sus dificultades tributarias que no han atendido a sus peculiares necesidades; participación del Estado en la recuperación de la memoria histórica en un país donde el franquismo sociológico campa por sus respetos mientras 114.000 españoles siguen en cunetas; crear infraestructuras en la España vaciada, que reclama trabajo en las zonas rurales, atención sanitaria, infraestructuras y un internet muy potente que le otorgue una ventaja competitiva. Y todo ello, dentro de un compromiso europeo e internacional con la democracia, urgente en un momento de lawfare y de ataques constantes en tantos sitios a los derechos humanos.

Y, como no podía ser de otra manera, la asunción de que el conflicto en Cataluña tiene que convertirse en un reto que debe solventarse a través del diálogo. La derecha lleva más de dos décadas viviendo de agitar el fantasma de "España se rompe", ayer con Euskadi, hoy con el independentismo catalán. Y solo ha servido para que el número de gente que quiere irse de España haya crecido invariablemente. España es una nación de naciones. Y es tiempo de explicarlo para poder entenderlo. Hay que explicar que nos sentimos españoles solo desde 1808 y también que en Cataluña fue más importante 1808 y la lucha contra los invasores franceses que 1714 y esa guerra entre Cataluña y España que tuvo también su parte de guerra civil. Hay que enfriar los mitos que preparan las cabezas para embestir y no para pensar. La democracia no bebe acríticamente de la historia, ni viene dictada por mitos irracionales, sino que nace de la decisión que tomen los pueblos acerca de su convivencia. Para que España no se rompa hay que entender que España es un país plurinacional y que los Reyes Católicos nunca construyeron nación sino imperio.

El cada vez más cercano gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos ha desatado la correa de las bestias. La derecha, como en otros lugares del mundo, no reconoce el resultado de las elecciones si no les ha favorecido el voto. Braman en las televisiones con ánimo pregolpista y ya no es que no concedan los 100 días de rigor para saber cómo es que gobiernan, sino que les dan menos cien días para poner en las ruedas todos los palos que puedan. Deseando que se tropiecen en sus trampas y luego poder decir con su hipocresía bastarda: "ya te decía que ibas por mal camino". ¿No lleva la derecha haciendo eso toda la vida? ¿Cuándo han reconocido alguna derrota electoral?¿No dieron un golpe en 1936?¿No hicieron un cartel para acabar con el gobierno de Felipe González?¿No hablaron de pucherazo cuando ganó Rodríguez Zapatero?¿No hicieron el Tamayazo cuando perdieron la Comunidad de Madrid? ¿No se han aliado con la extrema derecha para gobernar en Madrid, Andalucía, Murcia?¿Cuándo esa derecha franquista y violenta ha guardado las formas democráticas cuando estaba fuera del gobierno? Es estando en el gobierno y escuchamos a Díaz Ayuso, que es Presidenta de todos los madrileños, decir que el gobierno de Sánchez e Iglesias es un gobierno proetarra.

Este gobierno de coalición representa a una España mayoritaria que nunca ha podido ser representada en España en libertad, siempre asustada por el ruido de sables, el advenimiento del apocalipsisis o alentada por la trampa electoral del voto útil. Este gobierno nace con muchos enemigos, algunos internos, y lo tiene que cuidar tanto una gestión excelente a favor de las mayorías como el pueblo que lo ha votado. Siempre he dicho que no basta votar. Ahora nos va a tocar cuidar lo que votamos, siendo muy exigentes, convirtiéndonos en las calles en un eslabón fuerte de la cadena, reclamando y sosteniendo un gobierno para las mayorías. Siempre dijimos que no bastaba con depositar el voto. Ahora, con la derecha echada al monte, es el momento de darnos cuenta de que votar es solamente uno de nuestros esfuerzos y no el mayor. Feliz gobierno y feliz 2020.