Misión rescate

 

En la televisión blanquinegra de los años 60 gozó de cierta reputación un programa educativo titulado “Misión rescate”. Antes de que Indiana Jones hiciera furor en las pantallas y Tomb Raider saltase por las videoconsolas, un ejército de supuestos arqueólogos en pantalón corto o faldita de Tergal se dedicaba los fines de semana al noble deporte de salvar abrigos neolíticos o fortalezas meriníes, aunque a veces inventaran conjuntos inexistentes para poder salir en aquellos televisores de culo gordo. Su labor era presuntamente tan bienintencionada como las predicas del ministro Cristóbal Montoro cuando avisa que si el personal no pasa por la taquilla del fisco, no podremos pagar su raquítico salario a los funcionarios. Y si bien aquellos juveniles profanadores, en su sano afán rescatador terminaban destrozando estratos ancestrales o puntas de silex paleolíticas, cada vez que ahora habla el titular del ministerio de Hacienda y de Administraciones Públicas no sólo sube el pan sino que también sube la prima de riesgo. Y así no hay misión rescate que valga.

No hay dinero en las arcas del Estado para pagar servicios públicos que no sean financiables, Montoro dixit. O sea, que si usted no tiene una póliza con “El ocaso”, si la espicha sin pariente, deudo ni allegado piadoso, su cadáver se tendrá que pudrir en la puñetera calle o en donde le haya sorprendido el implacable ERE de la vida. ¿Es financiable la monarquía? No creo que el caso Nóos de para tanto. Y aunque Su Majestad haya decidido renunciar al 7 por ciento de su sueldo bruto, todavía queda un 93, hasta llegar a los doscientos noventa y tantos mil euros de vellón que se embolsa cada año, dietas aparte y gastos varios de La Zarzuela. Cualquier día, lo mismo le piden que financie sus cacerías la Unión de Explosivos de Riotinto.

Como la Renfe es financiable, quieren su gestión se privatice, quizás a manos de algunas de las empresas constructoras que cualquier día de estos cambiarán la burbuja inmobiliaria por la ferroviaria. También Telefónica era financiable y pública, hasta que José María Aznar se puso a jugar al amigo invisible y medio se la regaló a su compañero de pupitre que la convirtió en una trasnacional y en una factoría de deuda privada que termina convirtiéndose en soberana. Sin embargo, como las playas no son financiables, dejarán de ser servicios públicos o simplemente dejarán de ser playas, de prosperar la reforma de la Ley de Costas; a costa valga la redundancia de asfaltar y urbanizar esos lugares donde la calor remite y crecen las sombrillas, el nivea y los filetes empanados de los domingueros. Bajo esa perspectiva, Doñana, según Montoro, tampoco es financiable. Ni las manifestaciones lo son. Vamos a impedir que se produzcan incluso antes de que se celebren, deteniendo a quienes las convoquen por facebook para así ahorrarnos un buen pico en horas extras de antidisturbios.

¿Quién nos rescatará de los rescatadores?, se preguntaba en régimen de muchedumbre más de medio país el pasado jueves mientras el Parlamento alemán debatía lo que se hurtaba a nuestro Congreso de los Diputados, las condiciones de un rescate que hemos ido conociendo antes por el wikileaks de las filtraciones extranjeras en inglés que por el román paladino de un presidente que no contesta preguntas en las ruedas de prensa y al que si alguna vez le erigen alguna estatua, se verá a su efigie huyendo por la puerta del garaje. Los españoles somos cada vez menos financiables, señor Montoro. Pero también estamos dejando de ser, precipitadamente, corderos silenciosos, sumisos de buen conformar, para convertirnos en viejas puntas de silex de la esperanza y utopías de medio punto, a las que no podrán destruir su ejército de metepatas ni de quitapelusas, o sus amigotes del Bundesbank. Ni aquellos que pretenden saquear esta necrópolis colectiva de la que probablemente, como Lázaro, se levante y eche andar aquella nueva España que imaginó Antonio Machado. Incluso llegamos a rozar ese sueño añejo cuando los todopoderosos vinieron a arruinarnos para hacer más tarde como que nos rescataban, pero hundiéndonos aún más. Todo sea, imagino, por salir en la tele.