Opinion · La oveja Negra

‘La muerte del pequeño Shugs’. El último libro que compré en Negra y Criminal

Era extraño. Había cogido un tren para despedir a una librería. Para decirla adiós. Sentía la necesidad de estar allí. Tal vez porque una librería no es un comercio cualquiera. Pese a lo que la gente piensa, en una librería no se venden libros. Con lo que en realidad se comercia es con sueños, con vidas, con palabras hermosas que nos conmueven como caricias, con ganzúas que logran abrirnos la mente. Lo que una librería vende es inteligencia. Y con el cierre sentía que me robaban uno de mis vicios. Como si el médico me prohibiera el sexo, el alcohol o las drogas. Porque eso era para mí ir a Negra y Criminal. Un vicio. Y una vida sin vicios es como una semana sin noche de viernes. Por eso notaba que algo mío moriría, que una parte de mi vida iba a echar el cierre. Uno comienza a hacerse viejo cuando dice más veces adiós que hola. Como si empezara a despedirse de todo lo que ama de este mundo antes de dar el portazo definitivo. Y yo amaba ir a Negra y Criminal. De esa forma inquebrantable e irracional con la que se ama lo que nunca se va a poseer.

Sin embargo, cuando llegué en la calle de La Sal, en la Barceloneta, se vivía un ambiente festivo. La gente entraba y salía del local con la sonrisa colgando del rostro. Se repartían abrazos, vino, recuerdos. Paco Camarasa ejercía de soberano en su reino de papel. Me vio. Me abrazó y dijo: “Ostras, Pedrín, ya estamos todos”.

Como siempre, le pedí que me recomendase algún libro. Y comenzamos nuestro rito. Nos cogimos por los hombros y empezamos a recorrer los estantes. “Mira, el último de Pelecanos, no sé cómo este tío no vende más en este país”… “de Márkaris lo has leído todo ya, ¿no?…” “ah, este. Este te lo tienes que llevar sin dudarlo”. La muerte del pequeño Shugs, de Daniel Woodrell. La cubierta no me dijo nada (yo soy mucho de comprar libros por las cubiertas), pero si Paco decía que me lo tenía que llevar no había más que hablar. Luego compré más libros, bebí más vino, repartí más abrazos. Hasta que la puerta de Negra y Criminal se cerró definitivamente. Y los últimos irreductibles nos fuimos a comer a un restaurante que conocía Paco. Fue como uno de esos funerales de película americana, donde después de enterrar al muerto todo el mundo come y bebe. Nos guardamos la tristeza en los bolsillos para que nadie la viera. Mientras en la garganta el nudo se enredaba cada vez más.

Pasaron bastantes meses hasta que me decidí a abrir aquel libro. Por algún extraño motivo lo estaba reservando. Como si fuera el último vínculo que me uniera a la librería y al leerlo se desvaneciera irremediablemente. Es curioso como inventamos clavos ardiendo a los que aferrarnos para no aceptar la parte de la realidad que no nos gusta.

El pequeño Shug está en esos últimos años de niñez en los que el mundo adulto cada vez se hace más presente. Vive con su madre, Glenda, una belleza que ha sufrido el desgaste de ir pasando de un hombre a otro. De forma intermitente aparece por casa Red, que podría ser el padre de Shug pero también no serlo. Shug y su madre sobreviven trabajando en el cementerio mientras Red va dando pequeños golpes propios del delincuente de poca monta que es. Saca lo justo para emborracharse, drogarse y jugar a las cartas. Un día en que Red no está, aparece en el pueblo un Thunderbird verde. Un coche imponente con un hombre imponente en su interior. Y el dueño del coche se fija en Glenda. Y el mundo de Shug gira y gira hasta que, de pronto, deja de hacer lo que le dicen. Porque ya no es un niño.

Una de las mejores novelas que he leído jamás sobre la pérdida de la inocencia. Un monumento literario. Negra y brillante como unos zapatos de charol. Tan negra como los deseos ocultos de los hombres. Escrita en primera persona, con el pequeño Shug como narrador, Woodrell consigue introducirnos en la cabeza del protagonista y ver con sus ojos la dura realidad que le tiene reservada la vida. Todo en esta obra funciona: lenguaje, personajes, trama, acción, ritmo. Una maquinaria perfecta creada para llevarnos al final del camino de Shug. Sin trampas ni trucos literarios. Una buena historia contada con maestría. Desde las entrañas, pasando por el corazón hasta explotar en el cerebro. Una de esas novelas que te sacuden de tal forma que al cabo de los años sigues sintiendo las réplicas del terremoto en tu interior. Porque todos los niños mueren tarde o temprano. Ninguno sobrevive al paso del tiempo. Y de esa forma, algo de nosotros muere también con ellos, con los niños que fuimos, y nunca lo podremos recuperar. La forma de escribir de Woodrell no está al alcance de cualquiera. Una verdadera obra maestra.

Esta fue la última recomendación que me hizo Paco Camarasa en su librería Negra y Criminal. Y le estaré agradecido eternamente, por este y por tantos y tantos libros (y por tantas y tantas cosas). Cuando la compré, Paco estampó dos sellos en la primera página de la novela. Uno es como el recordatorio en una lápida: Negra y Criminal. 4 de diciembre de 2002 – 3 de octubre de 2015. Y abajo, con la silueta policial de un cadáver: Libro adquirido en la librería Negra y Criminal. Y eso le hace tener más valor para mí. Porque mientras acaricio con la punta de los dedos esos dos sellos recuerdo lo que era entrar en ese paraíso de la calle de la Sal. Recuerdo a Paco y a Montse. Recuerdo el vino y los mejillones. Recuerdo cuando fui feliz. Todo eso está dentro de este libro. El último libro que compré en Negra y Criminal.