Opinion · La oveja Negra

‘Prohibido fijar cárteles’: el universo cabe en un barrio

Ser de barrio. El último rescoldo que queda del orgullo de pertenecer a la clase obrera. Esa que ya no existe porque nos han hecho creer que todos somos clase media, aunque no lleguemos a fin de mes. Y cuanto peor sea el barrio, mejor. Más caché. Es sorprendente como un puñado de calles puede generar un sentimiento de pertenencia tan poderoso. Mayor que el de algunas banderas. Calles sucias y tristes, como ancianos pobres, por las que nadie pasa si no vive allí. Donde los bares son refugios en los que esconderse de la vida, aferrados a algún vaso cada vez más vacío mientras la realidad sigue esperando fuera. Un lugar en el que los jóvenes continúan escapando de la desesperanza a través del cuello de una botella o besando cigarrillos de origen marroquí. Lejos, muy lejos, de las luces de los escaparates del centro, de los locales de moda, de los restaurantes con más estrellas que el cielo de Madrid.

Porque si uno es de barrio lo es para siempre. Por mucho que se intente esconderlo debajo de trajes caros, de un montón de títulos universitarios, o emigrando a los impersonales chalés unifamiliares. De una u otra forma el barrio siempre sale.

Paco Gómez Escribano se ha convertido en el último cronista de la vida en los barrios. Y simple y llanamente, Prohibido fijar cárteles, editada por Milenio, es su mejor novela hasta la fecha.

El Lejía, cansado de dar barrigazos por medio mundo con la Legión,  regresa a Canillejas para encontrarse con su viejo colega El Tijeras. Un yonqui reconvertido en alcohólico. Pero el barrio ha cambiado. Hay un grupo mafioso que quiere hacerse con el control. Su líder es un tal el Ruso. Prestan pasta a desesperados. A desesperados como el Chino, el dueño del bar donde paran el Lejía y el Tijeras. Y eso sí que no, al tipo que les pone de beber nadie le toca. Con la ayuda del Pipo, otro colega al que acaban de poner en libertad por sufrir una enfermedad terminal, urden un plan para sacar de problemas a la gente del barrio. Pero los problemas no se quieren marchar tan fácilmente.

Instalado en esa primera persona en la que se siente tan cómodo, Gómez Escribano demuestra todo su talento en la construcción de personajes apoyándose en tres pilares: credibilidad, verosimilitud y autenticidad. Y es a través de ellos como nos enseña Canillejas, con todas sus miserias y sus grandezas. Hay quien critica la obra de este autor por situarla siempre en este barrio. No tienen ni idea. Porque Gómez Escribano sabe que desde lo concreto se llega a lo universal. Que hablando del barrio se muestra el mundo. Porque en esas calles se encuentran la derrota, el dolor, la desesperanza y la muerte. Pero también el valor, la lealtad, la rebeldía, el amor y la amistad. Solo hay que saber verlo y, sobre todo, saber contarlo como Paco Gómez Escribano. Déjense de inverosímiles policías millonarios, retorcidos psicópatas que no se sabe bien por qué asesinan o detectives artificialmente deprimidos y dense una vuelta por Canillejas. Porque sí, gracias a Dios, Gómez Escribano ha escrito otra novela de barrio.