Opinión · La preguntadora

SUEÑO CATÓLICO

De repente, en 2011, la Iglesia más poderosa -que tenía hasta Estado propio y banca- empezó a ser la más justa prohibiendo que se prohibiera a ninguna mujer participar en las cofradías de la Semana Santa andaluza. Así terminó con una desigualdad entre géneros flagrante, mantenida durante siglos, por motivos arcaicos e insostenibles. Fue el principio del fin. Aquel espontáneo pequeño ataque de igualdad generó la chispa que encendió la mecha que cambió para siempre a una de las instituciones más machistas y, por lo tanto, discriminatorias del globo.  Desde entonces, poco a poco, permitió que las monjas llegaran a las altas esferas del Vaticano, sin llamarles  sacerdotas –porque siguieron r que r con lo de “cada cosa por su nombre”-,  pero permitiéndoles el acceso al, hasta entonces, poder eclesiástico exclusivamente masculino porque, al fin y al cabo, hasta Dios era testigo de que se lo habían ganado por muchas razones como, por ejemplo, llevar mucho mejor que ellos el celibato… Tantos casos de pederastia masculina sacerdotal, acabaron por hacer más fiables a los ojos de los feligreses e incluso a los del Papa, a las féminas con hábito. Ellas fueron insuflando en las velas del catolicismo el lado femenino que sumado al masculino, nos hace más perfectos. En menos de un siglo, la Iglesia aceptó la santidad del sexo y los anticonceptivos porque dejó de ser tan avariciosa en su pastoreo. Su tolerancia, ya sin límites, la colocó en lo más alto del pódium de las religiones sin necesidad de cruzada. Ser consecuente con su máxima (todos somos iguales) la hizo verdadera.