Interiores

Confusión e impunidad

La confusión es característica primordial del tiempo presente. Es el caldo de cultivo en el que germina la incertidumbre, esa semilla de la que brota el miedo, que es a su vez la coartada democrática para el autoritarismo político que patrocina el capitalismo rampante como instrumento para derribar todo obstáculo que se interponga en su camino hacia la optimización de los beneficios, una meta que pasa por arrumbar derechos conquistados por la lucha de varias generaciones.

A esa confusión primordial no ha escapado la política, que es a la vez protagonista y víctima. Desde que a José Luis Rodríguez Zapatero le doblaron el pulso los suyos para poder convertirlo en el chivo expiatorio de la bancarrota socialista del 22-M, se sabe que hay uno que se está yendo y otro que está viniendo. Pero ni el que se está yendo se acaba de ir ni se sabe a ciencia cierta quién es el que está viniendo, ni cuál será la fecha exacta de su advenimiento. Todo apunta a que se llama Mariano Rajoy, cuyo reloj de pulsera marca las horas con ocho años de retraso, pero también podría llamarse Alfredo Pérez Rubalcaba, rejuvenecido en su particular viaje a través del túnel del tiempo. Y si se levanta la mirada más allá de las próximas elecciones, el nombre podría ser Carme Chacón o Anónimo.

Bajo esta incertidumbre nominal que consume ríos de tinta, la corriente subterránea fluye turbia arrastrando a su paso cuanto se interpone en su camino. Tan turbia como la razón última de las acusaciones del PP acerca del estado de las cuentas en las comunidades autónomas que han pasado de manos socialistas a conservadoras.

Políticos y votantes

Lo de las "auditorías de infarto" ya lo inventó Alfonso Guerra en 1982, sin que a ninguno de los presuntos implicados les haya afectado tal necrosis, pero desde entonces la siembra del miedo ha sido una técnica usada con tanta profusión por el PP que bien merece la derecha tener el copyright de esta coartada para vestir de razones económicas lo que son decisiones de ideología política. Como bien ha dicho José María Barreda, peor es deber escuelas a los niños y hospitales a los enfermos que adeudar pagos a los proveedores y créditos a los banqueros.

Pero tiene la confusión el poder de resetear hasta la memoria. Así lo prueba el que Rajoy pueda capitalizar, como rasgo propio de un hombre de Estado que ya se siente investido presidente, la convocatoria de una cumbre entre el Gobierno de España y los de las comunidades para embridar el déficit autonómico. La reunión del Consejo de Política Fiscal y Financiera que reclama el líder del PP ocupando portadas se produce de trámite cada mes de junio para dar el visto bueno al techo de gasto de los Presupuestos y también siempre después de unas elecciones autonómicas, pues sus resultados obligan a modificar la composición de tal órgano. Además, si con alguien se ha desbocado el déficit ha sido con el valenciano Francisco Camps y el madrileño Alberto Ruiz-Gallardón, que como gobernantes aplican la política contraria a la que como líder de la oposición predica su jefe de filas. Y fue el PP el que torpedeó la Conferencia de Presidentes hasta lograr que dejara de celebrarse.

Mientras que el PP lleva la iniciativa de lo obvio, tras la moción de censura ciudadana que para el PSOE supuso el 22 de mayo, sus dirigentes se han instalado en una actitud que puede resumirse en una frase: "Al verano llegamos y luego, ya veremos...". Los que han intentado "ver" algo antes del estío, han concluido que el 22-M fue la confirmación definitiva de que el recurso al voto del miedo ya no funciona frente al PP.

Los primeros análisis poselectorales realizados por José Andrés Torres Mora o Ramón Jáuregui coinciden en que del 40% de votantes que decidieron romper su vínculo con el PSOE, no más de la cuarta parte le ha sido infiel con el PP, un porcentaje similar al que buscó refugio fuera del bipartidismo en formaciones como Izquierda Unida, UPyD, Compromís, nacionalistas o agrupaciones independientes. La mitad optó por quedarse en casa, lamiéndose las heridas de un divorcio por maltrato ideológico que hasta el Tribunal de la Rota habría sancionado favorablemente pues, como ha advertido Torres Mora en la Ejecutiva del PSOE, no hay ningún dato que permita concluir que los simpatizantes socialistas en paro castigaran más a su partido que los que conservan el empleo. Todo indica, pues, que lo que se ha castigado es la abdicación de la política.

Expectativas y realidades

Si en algo ha conservado Zapatero la lucidez durante los últimos meses, fue cuando advirtió que el viraje en la política económica del Gobierno representó la ruptura del cordón umbilical con el electorado socialista. Ha sido así no tanto por las concretas decisiones, que también, sino por las expectativas incumplidas, por hincar la rodilla ante los gánsters económicos que actúan encapuchados bajo el apodo colectivo de "mercados", cuando no a cara descubierta. "Las finanzas son un poder. La política (de las finanzas) es saber cuándo apretar el gatillo", explica El Padrino III.

El reproche vale también para Obama, de modo que cabe preguntarse si es que los progresistas no saben, no pueden o ni saben ni pueden, porque el querer se les presume como el valor a los militares. Pero en España al que se quiere quemar en la pira pública es a Zapatero, y eso que con él de presidente no ha habido –que se sepa– Roldanes ni Matas, Filesas ni Gürteles, Gales ni guerras sin autorización parlamentaria. Nada de eso se le puede imputar a Zapatero. Si acaso, ingenuidad e incompetencia. Y, sin embargo, la siembra de sospechas, que en muchos lugares se está alimentando en forma de "los socialistas se lo llevaron", prepara el terreno para la impunidad de los que están en camino.

Al paso que vamos, el peor legado de Zapatero –con permiso de los 4,9 millones de parados– será su contribución pasiva a sentar el precedente de que se puede llegar a la Presidencia del Gobierno aplicando a la política uno de los más conocidos refranes gallegos: "Nunca llovió que no escampara". Basta con sentarse y esperar al cambio de ciclo. No es de extrañar que la clase política ocupe el tercer lugar en el ranking de preocupaciones. Lo extraño es lo poco que hacen los políticos por cambiar esa percepción.