Reformas estructurales y flexibles

Las palabras son armas que carga el diablo. Quizá por ello los políticos hablan tan despacio cuando no leen un discurso previamente escrito, a tientas con las palabras, como si fuesen jarrones chinos de porcelana. Es una de las primeras lecciones que aprendió Rodríguez Zapatero. Todavía recuerdo sus comienzos de aprendiz de líder, mitinero, impetuoso, hablando de corrido como cuando yo era joven.

Cuando se alcanza mi edad, en cambio, las palabras salen despacio porque primero tenemos que buscarlas en el almacén de la memoria, encontrarlas, porque no vienen solas como cuando tienes las neuronas nuevecitas. En el caso de Zapatero no es que se haya hecho mayor, como yo, sino que sus palabras parecen recorrer varias tuberías, perderse por un entramado de cables, alcanzar un filtro, sufrir una descodificación y salir a continuación, pulidas y políticamente correctas, listas para su consumo.

Entre las palabras que más les cuesta encontrar y expresar a todos ellos están las que definen a las famosas “reformas estructurales” de nuestra economía, que nadie se atreve a pronunciar en su crudeza, y que siempre se quedan atrancadas en el maldito filtro.

Al hilo de las nuevas tablas de la ley económica que nos serán desveladas el viernes tras el Consejo de ministros, en horas veinticuatro hemos oído hablar de las famosas reformas estructurales a Zapatero, a Rajoy, a Elena Salgado, a Joaquín Almunia, al gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez, y al presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet.

Y hasta los sindicatos parecen estar dispuestos a discutir eso de la flexibilidad laboral que a todos los políticos se les atasca en el filtro de palabras políticamente correctas.

Algo se mueve. Ergo, alguien va a ser despedido.