Fuego amigo

Padre Mariano, confieso que he pecado

Confieso, padre Mariano, que he vuelto a pecar. Ya sé que siempre me confieso de lo mismo, como de mi vicio solitario. Con esto de las manifestaciones me ocurre lo que a algunos curas con los niños, como ha dicho un obispo mexicano, que de tanta pornografía que circula por Internet se les ponen las gónadas a hervir. A mí me hierve la sangre cuando veo tanta pornografía en su partido, con presuntos chorizos que ocupan escaños parlamentarios, presidencias de comunidades autónomas y consejerías de obras públicas, contoneándose impúdicamente a la salida de los juzgados tras pagar fianzas millonarias.

Confieso, padre Mariano, que yo fui uno de los que acorraló la sede de Génova 13 en vísperas de aquello que tanto se parecía a un intento de golpe del Estado del PP, cuando su congregación intuía que iba a perder las elecciones por el cuento mal contado de los etarras en los atentados del 11-M. Y ahora he vuelto a caer en el pecado nefando de participar en una "brutal y antidemocrática" campaña contra el Tribunal Supremo, como usted la califica.

Y no le falta del todo la razón. No tengo ningún supremo respeto por ningún tribunal, porque, como en el caso de la religión de ese obispo amigo de pederastas, son las personas, y no las instituciones, las que son dignas de respeto. Son los jueces y los obispos los que tienen que dignificar sus instituciones, y no viceversa.

He pecado, lo reconozco. He vuelto a rodearme de pancartas para pedir justicia, como cuando el presidente de honor de su partido se quedaba la calle para él solo. Éramos muchos el sábado. Porque, como ya somos mayores, hemos pasado del vicio solitario al colectivo. Ente varios, practicar la democracia da mucho más gusto.