Fuego amigo

La elegancia social del regalo

Nuestro compañero Mack, el látigo del PP valenciano, nos ha traído ayer un enlace que daba cuenta de los gustos exquisitos de Gerardo Camps, el vicepresidente de la Generalitat Valenciana. En la fotografía (http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2010/08/13/gerardo-camps-luce-rolex-daytona-7000-euros-barato/730344.html) se ve al posible sucesor del otro Camps luciendo un Rolex Daytona en su muñeca izquierda.

Yo siempre he sostenido que los Rolex y similares son como los vinos de altísmo precio, que nunca te los compras, siempre se regalan. Y alguien que ha merecido (o no, vaya usted a saber) un regalo de muchos miles de euros por fuerza tiene que esconder un cadáver en el armario. En ese partido ni lo ocultan. En pleno estallido del debate sobre los trajes presuntamente regalados a Francisco Camps por la trama Gürtel, Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, quería quitarle importancia a la "elegancia social del regalo", al tiempo que casi reconocía torpemente el presunto cohecho de su compañero president, porque todos los políticos de todos los partidos "siempre recibían regalos". Inmediatamente su compañero de filas Pío García Escudero, queriendo marcar diferencias, confesaba que años atrás había rechazado un "reloj muy caro" que le había enviado Correa (Gürtel, en alemán) porque "hay que saber donde está el límite de la obtención y el valor de esos regalos".

Un Rolex es la materialización del éxito. Ni las imitaciones chinas a 5 euros han conseguido rebajarle el carisma. Aunque lleves una imitación en la muñeca, si perteneces al club de los triunfadores estás legitimándolo por el mero hecho de llevarlo. Sólo la reina y la cohorte de estrellas famosas pueden llevar perlas falsas sin que nadie ponga en duda ni por un momento su autenticidad. Si tienes pinta de matao, ni lo intentes, nadie creerá que es auténtico. A mi mujer le regalé hace años un collar de perlas, y no se lo pone nunca porque dice que nadie se cree que son verdaderas. Una vez más, el mensajero es el mensaje.

Rolex es de esas marcas (personalmente me parecen exquisitamente horteras) que han sabido unir su nombre al éxito social. Ganadores de regatas internacionales, golfistas, tenistas, actores y actrices, cantantes y todos cuantos viven en la nube del glamour han prestado su nombre y rostro para ensanchar la fama de la marca de la corona real. Y los papas de Roma.

Ya conté una vez que me he merecido la excomunión por una entrevista que hice para Televisión Española (año 86, quizá) a un hermano de Ernesto Cardenal, el sandinista propagandista de la teología de la liberación. Para ilustrar aquella entrevista, había montado un reportaje sobre el periplo de Juan Pablo II por Lationoamérica, en el que recogía la escena hiriente del Papa regañando con el dedo al sandinista arrodillado a sus pies que le imploraba perdón, o comprensión, al menos. Terminaba el reportaje con la visita del farsante de Roma a la tumba del salvadoreño monseñor Romero, asesinado por aquel ejército salvadoreño que sostenía al régimen ilegal de la llamada Junta Revolucionaria de Gobierno. Y esa fue una de las pocas veces en mi vida que me mordí la lengua, mejor dicho, me autocensuré.

Tuve en mis manos un material que sin duda se conserva todavía en la filmoteca (videoteca, supongo) de RTVE. El Papa, impolutamente vestido de seda blanca, se agacha para besar la tumba del mártir. De su muñeca arremangada brota un brillo dorado, la forma inconfundible del Rolex de oro que tantas veces antes había visto brillar en la muñeca de los ricos triunfadores. Me pareció que aquel Rolex estaba profanando la tumba de alguien que años atrás había dado su vida por defender la de los pobres, para terminar defendiendo, sin querer, al más rico de los pobres con avión privado de la Tierra. Me autocensuré porque pensé que la imagen iba a ser mal interpretada, para no agrandar inútilmente mi ya bien ganada fama de ateo irredento.

Vano intento. Un miembro destacado de la Conferencia Episcopal Española declaraba a los pocos días que yo merecía sin duda la excomunión. Al menos podían haberme enviado el certificado de mi excomunión, para colocarlo, enmarcado, al lado de mis otros trofeos ganados en mi vida profesional. Han pasado muchos años pero todavía lo espero, por si dios existe, para que pueda demostrarle, llegado el momento supremo, que yo nunca tuve nada que ver con ese tinglado montado en su nombre por la asociación de farsantes episcopales. Que yo, dios mío, soy de los buenos.