Fuego amigo

El hábito hace al monje y al asesino

 

Es bien conocido el viejo chascarrillo del tipo al que le invade el mal humor con tan solo probarse un tricornio ante el espejo. Los uniformes, inventados para que podamos distinguir a los policías, jueces, camareros, soldados, o sacerdotes al primer golpe de vista, acaban fagocitando al personaje y modelando su carácter. A fuerza de ponerse toga y puñetas a diario, los jueces adquieren un rictus en el rostro con el que parecen ir avisando de que les debes algo y que lo vas a pagar. Con los curas, basta con que te den los buenos días para que sepas de inmediato, por su forma de hablar amadamada, cincelada en el seminario (que viene de semen), que acuden a ti para salvar tu alma, aunque tú no lo quieras.

 

El martes de carnaval, inventado por el pueblo llano como venganza y burla contra las clases que les oprimían, es el momento psicológico esperado para enfundarse en el uniforme de Papa o de reina por un día, de policía o de mujer fatal de barba y pelo en pecho. Un homosexual puede alcanzar la paz interior vestido de reinona y tacones de vértigo, y un ateo, lograr su desquite repartiendo su más ingenioso repertorio de blasfemias, tocado de bonete y sotana, sin peligro de acabar en la comisaría.

 

Los actores deben demostrar una sana salud mental para no verse poseídos por sus personajes. O podrían acabar como el asesino de Noruega, probablemente un esquizofrénico ultra cristiano que gustaba de vestirse y travestirse con el uniforme de tirador de élite, masón, templario, o soldado de la guerra bacteriológica.

 

El último día le pilló la enfermedad disfrazado de policía. Una pena que no fuese de enfermera... con lo guapo que es el hijo de la gran puta.