Fuego amigo

La suerte de Fabra la guapa la desea

 

En el año 2000 le tocan en la lotería 113.000 euros. En el 2001, 103.000. En el 2002, 29.000. En el 2003, la fortuna le da esquinazo, hasta que al año siguiente le premia con 23.000 más. Como alcanzado por el rayo de la gracia divina, en 2008 le tocan dos millones de euros en el Gordo de la Lotería del Niño, esa especie de convocatoria de septiembre para los suspensos en Navidad. Lo escribo con número, que queda más lindo: 2.000.000 de euros.

 

Según los inspectores de Hacienda que en su día elaboraron un informe para el juzgado de Nules sobre la fortuna de Carlos Fabra, el ex presidente de la Diputación de Castellón, del PP, el protagonista de este cuento, y nunca mejor dicho, podría haber defraudado a Hacienda casi un millón de euros por el bonito método de salirle negativa, o sea ¡a devolver!, la declaración de la renta anual.

 

No es el caso de Fabra, por supuesto, dios me libre, porque la gente del PP es muy temerosa de dios... pero hay gente con suerte igual de sospechosa que se dedica a comprar, con la connivencia criminal de los bancos, boletos de lotería premiados, exentos de impuestos, para blanquear dinero procedente de operaciones inconfesables. Fabra no quiere bromas con el asunto. Por ello se ha propuesto ganar 30.000 euros más con la denuncia en los juzgados (que te toque un juez más que amigo también es una lotería) contra una organización, el Bloc d’Ontinyent, que editó en su día unos falsos boletos de lotería con la imagen siniestra del político suertudo (reconozcamos que Fabra guapo, lo que se dice guapo, no es, pero recordad que la suerte de la fea la rica la desea) y con el lema de "la Lotería que siempre toca".

 

Según los matemáticos, tenía las mismas posibilidades de que le tocara tantas veces la lotería y tal fabulosa cantidad de dinero como que le cayera encima el satélite ese de la NASA que no aparece. Pero la suerte, eso que los pescadores de números pretenden atrapar con el dichoso cálculo de probabilidades, es impredecible y así de caprichosa. La prueba está en que Fabra sigue vivo y rico, y los matemáticos son todos unos muertos de hambre.