Fuego amigo

El mundo se acaba un día de estos

 

La historia está plagada de predicadores y profetas que vaticinan el fin del mundo para una fecha señalada. Porque el terror es el método más eficaz para mantener la disciplina entre los fieles. Como es mucho más fácil de extender que la mantequilla, ocupa fácilmente los espacios mentales que la razón no alcanza. Y no solo es cosa de vates y sacerdotes. Con vaticinios truculentos los médicos pretenden apartarnos de nuestros malos hábitos y adicciones, los maestros y los padres educan a los niños, y los políticos se afanan en quitarnos el vicio nefando de votar a sus adversarios a golpe de profetizar que sin ellos el mundo se acaba sin remedio.

 

Cierto, el mundo se acaba. Todas las generaciones, desde que tenemos documentación histórica, han sufrido la sensación de que se avecinaban sus últimos días. Cuando la tecnología estaba en pañales, el fin de los tiempos era mucho más divertido, como una película de Hollywood contada por los sacerdotes: se rasgaban los cielos con rayos y lluvias torrenciales, la tierra temblaba, se abrían precipicios hacia un abismo de fuego, y una legión de diablos se enseñoreaba de la Tierra, luchando contra ángeles de espadas flamígeras. O algo así.

 

Hasta que con Aznar y Rajoy conocimos detalles más precisos: el Apocalipsis entrará de la mano del matrimonio gay, la ley del aborto, la muerte digna y la desmembración de España con las autonomías insaciables. Bueno, eso era antes. Desde ayer no se habla de otra cosa que del corredor de bolsa ("trader") que vaticina el desastre del euro y la inutilidad de los esfuerzos por rescatar las economías en crisis. Y lo que es peor, confiesa con orgullo que el mundo está en las manos de gente como él: "Me voy a la cama cada noche y sueño con otra recesión, sueño con un momento como éste".

 

Reconozco que es un tipo extraño. En lugar de adoptar un semblante trágico al desgranar los pormenores del fin del mundo que se avecina, tal como suele nuestro experto Mariano, se adorna con una sonrisa, como si la misa no fuera con él, como si nuestra desgracia no le afectara en absoluto. Porque lo suyo deja a las profecías de Nostradamus, del hombrecillo insufrible, y de los adventistas del séptimo de caballería del último día al nivel de aficionados. Veamos: "Habrá un 'crash', y la caída será muy dura, porque los mercados están ahora gobernados por el miedo… Los fondos, los fondos de capital de riesgo, las instituciones... nadie se cree estos planes de rescate. Saben que el mercado está hundido. La Bolsa está acabada. El euro no les importa".

 

Hostias. Me lo temía. Como siempre, solo se salvarán los vates, los curas, los ricos, los políticos de derechas y los brokers, con Goldman Sachs a la cabeza. Lo que confirma, una vez más, que nuestro infierno es su paraíso.

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Meditación para hoy:

 

El tipo este dice llamarse Alessio Rastani, y es un corredor de Bolsa de la City de Londres. Yo no sé si debería estar en la cárcel por reconocer cómo los de su clase se enriquecen empobreciendo a los demás, o por un intento de provocar el pánico entre el pequeño ahorrador, lo que dejaría la historia del corralito argentino en una simple anécdota sin importancia. Declaraciones como ésta son las que llevan el germen de un milenarismo económico fácil de prever, aún sin estar dotado para el arte de la adivinación: "Lo primero que la gente debería hacer es proteger sus activos, proteger lo que tienen porque en menos de doce meses los ahorros de millones de personas van a desaparecer, y eso es sólo el principio".

 

Es decir, el fin del mundo llegará antes de un año. Y eso es solo el principio. ¿El principio de qué, si se puede saber? ¿El final puede ser peor?

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Otra meditación:

 

Tengo la desagradable sospecha de que esa entrevista en la BBC es un montaje fabuloso y que forma parte de una campaña, no sé si política o comercial, que un día de estos nos desvelarán. Al loro.