Opinion · Mundo Rural s.XXI

Los retos del mundo rural en el siglo XXI pasan antes por cambiar mentalidades y conceptos.

Franco Llobera. Consultor de desarrollo rural y sistemas alimentarios.

 

El despoblamiento es un hecho. Los viejos senadores, me refiero a la edad mental, estuvieron debatiendo los problemas del mundo rural a lo largo de 2014. Sus propuestas fueron más de lo mismo: algunos incentivos fiscales, mas «desarrollo rural», y garantías en los servicios a la población para evitar el despoblamiento.

Ahora con nuevo gobierno es momento de construir otra agenda para lo rural. El primer debate que se plantea es si realmente ¿es un problema el despoblamiento? ¿Qué pasaría si el 80 % de los pueblos de España solo se ocuparan en periodos vacacionales?  Esencialmente no pasaría nada, si no fuera porque el desempleo urbano es un grave problema, y las actividades de la industria y los servicios no son capaces de generar el empleo requerido. El medio rural es un medio por necesidad, y uno de los principales lienzos de las políticas dinámicas de empleo.

La soberanía alimentaria y los procesos de transición son un discurso que en general muchos compartimos. ¿Cómo se implementa? El abastecimiento alimentario de Madrid, en condiciones agroecológicas, con un cambio a una dieta con menos carne y más extensiva, y más productos frescos, requeriría una superficie próxima a la que engloba un radio de 200 km., siempre dependiendo de la disponibilidad de agua. La relocalización alimentaria podría generar no menos de 10.000 nuevos «ecolonos» con puestos de trabajo directos en régimen, en su mayoría, de autoempleo. Pero esto requiere dos cosas, compartir el diagnostico, el interés de la posibilidad repobladora, y una inteligencia en políticas públicas que es ciertamente poco factible.

No habrá transición alimentaria ni energética sin un proceso de reocupación de lo rural. Los procesos de soberanía requieren una reconstrucción desde las bases de los ecosistemas económicos y sociales, y estos parten de la energía, tanto endosomática (alimentos) como exosomática (eléctrica o motriz). En  tiempos pasados este objetivo y este arrojo político estuvo más claro. Recuerdo cuando éramos jóvenes -como pueblo- y Alfonso I El Batallador se enfrento a un extenso territorio escasamente poblado en las marcas del sur del Ebro. Entendió que necesitaba un botín en forma de personas repobladoras y emprendió una razzia que le condujo hasta Málaga. Dicho botín consistió en haber seducido a 10.000 mozárabes (cristianos de cultura y lengua árabe) que acudieron a repoblar mediante la concesión de una fecunda hornada de fueros. Necesitamos nuevos fueros para el nuevo reto.

Para enfocar el reto de la ruralidad en el XXI creo que es preciso un giro creativo, al menos lingüístico y político. Primero aportar conceptos nuevos.  Jean-Marie Guyau propuso el término de «anomia» para referirse a lo inclasificable que «acompaña el difícil tránsito de un genero de sociedad que se degrada a otro que la sucede y aún no ha cobrado forma». La ruralidad es anomica para una mayoría a la que le basta con preocuparse de las crecientes incertidumbres y rápidas descomposiciones de lo viejo que se avecinan.

Sin duda la nueva ruralidad es una anomia para nuestros gobernantes. Preguntemos a jóvenes desempleados del medio urbano, y no tan jóvenes, y dirán que su sueño es la «fuga mundi», una escapada de una sociedad en descomposición laboral (cuando no social e institucional). La economía de servicios, diversificación rural, tiene un techo claro, incapaz de generar núcleos con una masa crítica de 1000 habitantes a partir de los cuales poder  mantener servicios comunes (ya no digo públicos).

Ante esta gravedad de los retos y reconformación de los medios, cuando se dice «desarrollo rural» ya no se dice esencialmente nada: apenas se alude a que habrá fondos europeos, que se mantendrán servicios públicos, que se mejoraran carreteras y que proseguirá el «abandono rural». Más que desarrollo rural deberíamos considerar el vocablo Desabandono Rural. Decir «desarrollo rural» es decir más de lo mismo, mera retorica vacua de patricios defendiendo sus privilegios.

Tendremos que preparar, coproducir una política pública de repoblación. Esta vez no será por expulsar a musulmanes o mozárabes, como fueron las de los siglos XI-XII, o expulsar a moriscos  (en el XVI y XVII). En este caso la responsable es la modernidad misma. Ella ha destruido como un Saturno devorador, no solo a sus hijos rurales,  también a los propios padres y abuelos. El resultado es muy inquietante: una sociedad sin futuro y sin pasado.  En el debate de la modernidad se introdujo la miseria ancestral de los pueblos y la pobreza de oportunidades. Hoy es un inmenso continente intraiberico por reconquistar ante la miseria moderna de las ciudades y su endémica pobreza de oportunidades.

Hace ahora un siglo andaban en litigio en la prensa española los ensayos de dos filósofos que han marcado la historia reciente: Unamuno y Ortega, andaban en fuego cruzado sobre si más Europa (Ortega), o menos Europa (el celtibérico Unamuno). En lo que ambos estaban de acuerdo, románticamente de acuerdo, es que el mundo rural era una rémora. En la década de 1910 en lo rural latía el caciquismo, el miedo, lo más oscuro de la España del XIX seguía vivo en los años 20 entonces (y aún hoy). Ahora quedan algunos atisbos de caciquismo relíctico entre grupos mayores de 60 años, y mucha tierra por reconquistar.

Pero hoy estas tierras tienen un abandono parcial; tienen dueño. Los herederos legítimos de las tierras de sus ancestros  plantean un reto histórico nuevo:  el de la reocupación (alquileres) corre el riesgo de asimilarse a los regímenes de colonato del antiguo régimen. Podríamos ver situaciones de feudalismo rural similares al neofeudalismo que se está produciendo en las condiciones laborales.  Sera cosa de las políticas públicas garantizar contratos de alquiler -enfiteusis- justos, estables, capaces de dar garantías a una población a la que además habrá que orientar y formar. Del mismo modo que la llegada masiva al mundo urbano e industrial en los años sesenta del siglo XX exigió aprendizaje de nuevas capacidades, esta neoruralidad de enfoque neocampesino exigirá políticas públicas de formación y acompañamiento al asentamiento. Seguramente sistemas de ayudas que deberán dejar de ser en algún momento a fondo perdido, para incorporar sistemas de préstamos «neocolonatales » (neo colonial suena inapropiado).

En el periodo 2015-2020 el Fondo Europeo de Desarrollo Rural (FEADER), que cofinancia las políticas de desarrollo rural, tiene previsto ayudar con hasta 40.000 € a fondo perdido a nuevos agricultores. El presupuesto dará para unos 25.000 nuevos beneficiarios, la mayoría de ellos serán los propios hijos, nietos y sobrinos de los actuales, en un relevo generacional. Las políticas públicas solo garantizan mínimamente este relevo de titularidad entre propietarios y herederos, pero no el asentamiento desde los excluidos (voluntaria o involuntariamente) del mundo urbano y ultramoderno (más allá de la posmodernidad, como dice el filosofo Enrique Dussell padre de la filosofía de la liberación).

El signo de los tiempos –seméia ton kairón– del siglo XXI se nos propone desde la progressia que exige repensar el modelo productivo. Este es como una pirámide trófica, en la base está el sistema de producción de alimentos. Sin esta reconstrucción difícilmente podremos sostener los otros pisos ecotróficos. Se empieza por abajo, se empieza por lo rural. La quiebra de la civilización moderna, encaminada a su disolución, exige una ruralización audaz y decidida.