Extraños Delincuentes

La detención número 13 del último 'Miami'

Cuando a las cuatro de la madrugada del pasado 14 de julio los agentes del FBI entraron para detener a Álvaro López Tardón en el apartamento de lujo que éste tenía alquilado en Miami (EEUU) se llevaron una desagradable sorpresa: no estaba. Al llegar la noticia a Madrid, donde la UDEF y la UDYCO de la Policía estaban a punto de arrestar al resto de los presuntos integrantes de su red de blanqueo, los agentes sintieron un escalofrío. ¿Volvía Alvarito a burlar a la Justicia? Pasaron unos largos minutos hasta que pudieron respirar tranquilos. López Tardón, de 36 años, llegaba poco después a la casa después de su enésima juerga y era detenido.

Por fin había caído el considerado por la policía último jefe de los Miami, la banda que a finales de los 90 monopolizó el negocio de los matones y el tráfico de drogas en los locales de ocio de Madrid antes de desaparecer en los primeros años del nuevo siglo por discrepancias entre sus dos líderes, Juan Carlos Peña Enano y el propio Álvaro. Sin embargo, la del 14 de julio no era la primera vez que éste era arrestado (desde que cayó en 1993 por un robo con intimidación, había sido detenido en un total 12 ocasiones), pero sí la que por fin le ponía contra las cuerdas. De hecho, de las anteriores detenciones y de un sinfín de investigaciones policiales que le tuvieron como objetivo pero que no consiguieron suficientes pruebas contra él, había salido casi siempre bien parado. La única vez que fue condenado –por sacar un ojo a otro individuo en una pelea–, consiguió un indulto parcial y sólo cumplió tres de los seis años de la pena.

Fue precisamente al salir de su única estancia en prisión, en mayo de 2009, cuando Alvarito, al que también le conocían con el nombre de El Fenicio, puso tierra de por medio y se refugió en Miami, la ciudad que sirvió para bautizar su antigua banda y donde ya en 2002 había adquirido su primera propiedad. También era el lugar donde conoció a las dos únicas parejas estables que se le conocen.

Allí, según las investigaciones policiales, también dio presuntamente el salto en su actividad criminal. De aquel matón y traficante que montó una carnicería en el centro de Madrid para supuestamente blanquear los beneficios que obtenía con el narcotráfico, no quedaba nada. Ya no tocaba ningún alijo y, en su lugar, tenía dos empresas aparentemente legales dedicadas a la importación de coches de alta gama, con sendos concesionarios en la capital de España. Se había convertido en realidad, según la policía, en un "broker" para los narcos, a los que financiaba gracias a sus conexiones con los carteles colombianos. Un negocio que, como quedó registrado en una de sus conversaciones telefónicas intervenidas, le reportó supuestamente 58 millones de beneficios neto sólo en 2010.

Su ‘santero’ particular

Una verdadera fortuna que dedicaba a satisfacer sus tres obsesiones: la santería, el lujo y tener un cuerpo perfecto. De hecho, Álvaro estaba convencido que su buena suerte era fruto de los ritos que realizaba frecuentemente. Tenía, incluso, su propio santero: Vicente Orlando Caredelle (también detenido en Miami), cuyas recomendaciones seguía al pie de la letra y al que pagaba elevadas sumas de dinero. Cuando Caredelle fue arrestado, llevaba encima más de 21.000 euros en efectivo.

"Durante sus estancias en Madrid, siempre acudía a tiendas de mascotas a comprar animales, a veces hasta 6 ó 7 palomas a la vez. Las sacrificaba en sus ritos", recuerda un agente que participó en sus seguimientos. Alvarito estaba convencido que de este modo ponía de su parte a Obatalá y Xangó, deidades de la santería cubana cuyo culto compartía con la presunta narcotraficante y amiga Ana Cameno, detenida en enero cuando intentaba montar en Madrid el mayor laboratorio de procesamiento de cocaína de toda Europa.

La superstición de López Tardón llegaba a tal punto que en la puerta del apartamento de Miami donde fue detenido tenía una foto del que fuera su socio en los Miami y que terminó convertido en su mayor enemigos: Peña Enano. A la imagen le había puesto varios amuletos para evitar que éste pudiera hacerle daño.

Para cumplir su deseo de tener un cuerpo perfecto, el ahora detenido se había sometido a lo largo de los últimos años a varias operaciones de cirugía estética que habían modificado sensiblemente su aspecto físico. Incluso pasó por el quirófano para ponerse abdominales. Una de estas operaciones le había provocado recientemente problemas de salud. El FBI pudo escucharle decir en una de conversaciones intervenidas que quería tomar represalias contra el médico que se la había realizado.

Para gastar en caros caprichos tampoco tenía límite. En el último año, su hermano mayor Artemio, detenido en Madrid en el chalé donde la banda escondía en dos zulos con los 25 millones de euros, le había transferido mediante testaferros y a través de locutorios 26 millones de euros a sus cuentas bancarias en EEUU. Un dineral que él gastaba a manos llenas. En una tienda de ropa gastó 6.000 euros en una sola tarde.  Cambiaba de coches con frecuencia. Siempre de lujo. E, incluso, había iniciado los trámites para adquirir una mansión valorada en 30 millones de euros en la isla Fisher, un exclusivo rincón de Miami donde tienen sus casas de veraneo personajes como Tom Cruise.

Fue precisamente esa facilidad para gastar una de las pistas que siguió el FBI para comprobar sus presuntas conexiones con el narcotráfico. En EEUU, Alvarito no podía pagar en metálico y usaba una tarjeta de crédito para sus compras, incluida la adquisición de billetes para viajar a Colombia, donde se desplazaba cada dos meses. La policía sospecha que allí cerraba sus negocios con los narcotraficantes.

Por el contrario, cuando iba a España los pagos los hacía siempre en metálico. En Ibiza, donde gustaba montar fiestas en los mejores hoteles y regalar caros relojes a los mafiosos a los que invitaba, no tenía reparo en pagar miles de euros por una exclusiva botella de champán. Caprichos que mezclaba en numerosas ocasiones con su carácter despótico, del que no se libraba ni su hermano. A veces, ordenaba a sus hombres a altas horas de la noche  que adquirieran las máquinas de gimnasio que veía en los programas de teletienda. Su vida era la noche. Una costumbre que casi le salvó de su último arresto, el número 13.