Opinion · Otras miradas

12 de octubre: menos desfiles y más pavías de bacalao

Josetxo Arrieta

Senador de Unidos Podemos por Gipuzkoa

Josetxo Arrieta

Fue Francisco Palacio Ortega, el cantaor sevillano más conocido como El Pali, quién hace ya años reclamó aquello de “menos misiles y más pavías de bacalao”. Hoy me atrevo a reformular un poco sus sabias palabras para reclamar una forma diferente de conmemorar el 12 de octubre, el Día de la Hispanidad. Es sintomático, casi freudiano, que nuestro país conmemore el descubrimiento de América con un desfile militar, dando la razón a quiénes, desde el otro lado del Atlántico y con sólidos argumentos, recuerdan la efeméride no como un encuentro fraternal, sino como la conquista militar que precedió a un sistemático expolio que dura hasta nuestros días y que ha marcado la historia de toda Latinoamérica. En algo hemos avanzado, no obstante, si tenemos en cuenta que durante las cuatro décadas de franquismo en nuestro país se conmemoraba el 18 de julio, fecha en la que unos militares facinerosos se sublevaron allá por 1936 contra un gobierno democrático.

Desfile del Día de la Fiesta Nacional de 2017. EFE
Desfile del Día de la Fiesta Nacional de 2017. EFE

No es esto de lo que quería hoy hablarles, sin embargo. Quería recordarles que, allá por 2011 y con José Luis Rodríguez Zapatero al frente del gobierno, el desfile militar del Día de la Hispanidad costó a las arcas públicas, y por tanto a todos los ciudadanos y ciudadanas de este país, nada más y nada menos que 2.800.000 euros. Hasta 3.000 soldados, unos 150 vehículos y hasta 155 aeronaves participaron en aquel desfile. Algunas fuentes, apuntando la enorme movilización de efectivos, señalaban que el coste real era mucho mayor.

Posteriormente, como ustedes recordarán, llegó al Gobierno de España un tal Mariano Rajoy. Después de realizar los mayores recortes sociales de la historia de nuestra Democracia, el gobierno del PP fue prudente y optó en un primer momento por reducir los costes del desfile militar. Fue algo pasajero, pues con todo el pil pil de Catalunya y con María Dolores de Cospedal como ministra de Defensa, el año pasado se batieron récords nuevamente: casi 4.000 soldados participaron en la conmemoración militar al tiempo que se ampliaba el número de gradas reservadas a los asistentes. El coste del desfile, según se nos decía, fue de tan solo un millón de euros. Y, como yo, ustedes se preguntarán: ¿Es posible realizar el mayor desfile militar que se recuerda con motivo del Día de la Hispanidad y que el presupuesto del mismo sea tres veces inferior?

Pero sigamos, echemos otra vez la vista atrás, tan solo unos meses. El 26 de mayo, en Logroño, el desfile con motivo del Día de las Fuerzas Armadas costó a las arcas públicas, según las siempre opacas cifras oficiales, 733.796 euros. La cifra, respecto al acto celebrado en 2016 en Madrid se cuatriplicó, después de que un año antes, en Guadalajara, también se hubiera duplicado.

Me gusta mucho el trabajo que realiza el Centre Delàs, centro de estudios para la paz, que denuncia con datos sobre la mesa cómo hasta 11.000 millones de gasto militar se enmascaran en otras partidas no contempladas en el Ministerio de Defensa y que aumentarían su presupuesto en hasta un 145% si fueran recogidas como se debiera. Así, 19,48 millones de euros destinados a “organismos militares internacionales” se adjudican al Ministerio de Exteriores, cuando quien los gestiona es directamente Defensa. Igualmente, hasta 302,36 millones dedicados a I+D (Investigación y Desarrollo) se invierten directamente en el desarrollo armamentístico. De la misma manera, un cuerpo de seguridad como la Guardia Civil, de naturaleza militar según sus propios estatutos, recibe 2.654,93 millones de euros.

Desde la modestia más absoluta, yo le sugeriría a la nueva ministra de Defensa, a Margarita Robles, que estos desfiles fueran más austeros y que, en lugar de realizar dos o tres cada año, se realizara únicamente uno o ninguno. Y lo digo porque así sería posible reservar fondos, una hucha, que se pudieran emplear en resolver los problemas reales que afectan al Ejército.

Les pongo un ejemplo. Miles de profesionales de las Fuerzas Armadas se van a ver pronto en la calle, en cuanto cumplan 45 años. Después de años de servicio, ofreciendo los mejores años de su vida, miles y miles de soldados se verán en la calle y habrán de hacer frente sin garantía alguna a un complicado mercado laboral que no premia ni su formación ni su dedicación.  Y esto será así porque así lo decidieron Partido Popular, PSOE y PNV cuando llegaron a un acuerdo al respecto, aun contando con la máxima oposición interna dentro de nuestros ejércitos. Tal vez podría invertirse ese dinero público en estos menesteres, en lugar de tanto desfile.

Y les doy otro ejemplo. Es una queja reiterada de nuestras Fuerzas Armadas el deplorable estado de numerosos cuarteles e instalaciones, que se caen literalmente a trozos sin que este asunto preocupe en demasía a quienes han estado al frente del Ministerio de Defensa. ¿Qué se puede decir de quiénes se dan golpes en el pecho hablando de España cuando condenan a vivir en condiciones indignas a quiénes se van a jugar la vida defendiendo a nuestro país?

Hace falta realmente una nueva cultura de la paz que reoriente las prioridades de gobierno. Todo ese dinero que se malgasta en desfiles militares de poca rentabilidad social debería ponerse a disposición de quienes integran nuestros ejércitos. Y, si realmente sobra el dinero que se contempla en las partidas oficiales y no oficiales del presupuesto militar, ¿por qué no invertirlo en mejorar nuestras pensiones? ¿Por qué no destinarlo a programas que combatan la violencia machista? ¿Por qué no recuperar la inversión que se recortó en Educación y en Sanidad? Cuestión de prioridades.

Pero no pasa nada. Hay quien, desfiles mediante, dirá que España va bien. Y que merece la pena destinar esa millonada para que la cabra de la Legión tenga sus cinco minutos de gloria. Yo, en cambio, sigo pensando que menos desfiles y más pavías de bacalao.