Opinión · Otras miradas

¿Y quién no es un preso político?

Joaquín Ivars

Profesor titular de Bellas Artes de la Universidad de Málaga. Autor de 'El rizoma y la esponja' (ed. Melusina)

Los espacios de reclusión (escuelas, manicomios, prisiones etc.) que el pensador Michel Foucault estudiara allá por los años setenta del siglo XX, especialmente en Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, han sido transformados espacialmente, temporalmente y conceptualmente hasta llegar a una actualidad en la que sus límites han devenido borrosos, sus maneras distribuidas de otro modo, pero sus funciones son cada vez más sofocantes. Hoy en día podríamos decir que todos sufrimos algún tipo de confinamiento: podemos sentirnos encerrados en cuerpos que percibamos como ajenos; sitiados en países de los que no se puede escapar; esquematizados en géneros, discapacidades, etnias o razas; adocenados en sectas, ocios, profesiones o ideologías de los que a veces ni siquiera somos conscientes; amartillados con el fin de disparar al Otro en cuanto se den las condiciones para apretar el gatillo; endeudados y presos de las economías financieras o de nuestros deseos de consumo; desactivados como ciudadanos por tecnologías supuestamente emancipadoras… No haré la lista más larga, sabemos de qué hablamos.

Un amigo de Foucault también filósofo, Gilles Deleuze, hablando del cineasta Jean-Luc Godard escribió en el libro publicado en España como Conversaciones en 1995: “Es preciso que comprendamos en sentido literal esta fórmula de Godard: los niños son presos políticos”. Y a continuación: “El lenguaje es un sistema de órdenes, no un medio de información”, para luego hablarnos de cómo el hecho de utilizar el lenguaje ya es una manera de usurpar la voz del otro, de hablar por él.

Han pasado años o décadas desde que estos comentarios o estudios se elaboraron. Años en los que las llamadas sociedades de control han desarrollado herramientas infinitamente más sofisticadas que los clásicos espacios de reclusión. Lo físico ahora constituye en nuestro imaginario un lugar trasero; sigue siendo terrible, pero su rol es menos protagonista. La prisión, Guantánamo por ejemplo (o los campos de refugiados que cumplen funciones similares), sigue siendo el display más claro de esos residuos ignominiosos en los que el poder político/militar manifiesta que siempre le quedará el monopolio de la violencia y la facultad de establecimiento de espacios de clausura y supresión de libertades. Esa espada de Damocles nos recuerda permanentemente que es preferible un control o autocontrol “inteligente” vía software, a un control “ferretero” vía hardware. Una amenaza que sin embargo parece ofrecernos la posibilidad de elegir entre ambos. Resumido: o te autocontrolas/controlamos suavemente o te machacamos ferozmente; o sometes tu mente o someteremos tu cuerpo; o agachas la cabeza o te la cortamos. Conocemos estas estrategias de tortura de baja intensidad y asumimos como animalitos temerosos y bien adiestrados que siempre pueden cernirse sobre nuestras vidas situaciones mucho peores de aquellas en las que actualmente vivimos. Eso nos hace tener siempre activado el estado de alerta que supone que en cualquier momento, mediante un simple chasquido de dedos, todo puede cambiar; entonces sobreviene el estado de excepción fundado por el jurista Carl Schmitt mediante el que un gobierno puede suspender a su entero arbitrio cualquier derecho fundamental y abrir un horizonte de privaciones y horrores que no alcanzamos ni a imaginar.

Bien, estimo que lo anterior son hechos constatados y contrastados y que aunque se puedan verter matices u opiniones variadas, existe un cierto grado de consenso sobre lo que nos está pasando a todos; evidentemente, unos con consecuencias gravísimas para su integridad física, económica o psicológica y otros por vernos desmoralizados por la situación (“pobrecitos impotentes”) o directamente por ser cómplices activos o pasivos de toda esa precarización de la dignidad y de la supervivencia. Pero de un modo u otro, todos podemos sentirnos presos políticos. Unos disfrutamos de una libertad vigilada y otros, sin equiparación posible, sufren en sus carnes la crueldad infinita de unos dispositivos de control, amenaza y castigo que nos hemos venido dando a lo largo del tiempo y con el “imparable e insoslayable” avance de las tecnologías más sofisticadas.

De otro lado, y pensando en las libertades individuales de políticos que están en prisión en tantos lugares del planeta, podríamos distinguir la argumentación de dos tipos de legitimidades: una, la de aquellos que son políticos demócratas y han sido arrestados por gobiernos totalitarios, y dos, la de aquellos que han visto secuestradas sus libertades por gobiernos democráticos o pseudodemocráticos. Así, en apariencia y sin más distinciones ambas legitimidades no son comparables. Algunos atribuirían a los gobiernos de China, Filipinas o Arabia Saudí el primer caso, por poner solo unos ejemplos probablemente poco comparables entre sí, y al gobierno español, el ruso o el venezolano el segundo caso, por poner otros ejemplos igualmente nada equiparables. Y una cierta ingenuidad binaria podría hacer de estos fenómenos incomparables un caso de estudio ejemplarizante de cómo se actúa en según qué tipo de regímenes autoritarios frente a otro tipo de regímenes de las democracias liberales.

Creo sinceramente que para ningún bien nacido es plato de gusto ver entre rejas a representantes del pueblo que lo único que parece que han hecho es expresar sus ideas y encarnar la voz de otros forzando las costuras de las constituciones que les han permitido ser lo que son. Sin embargo la cuestión puede ser simplificada de esta manera o tal vez podamos tratar de ir más lejos como ya hicimos al principio de este texto formulando en su mismo título ¿Y quién no es un preso político? O por preguntarlo de otra manera ¿Quién no es víctima o está preso de ciertas políticas puestas en marcha tanto en estados democráticos como en estados totalitarios, forjadas tanto por constitucionalistas como por soberanistas? Es decir, creo que no hay ningún problema en coincidir con aquellos que hablan de que existen presos políticos aquí o allá, ni debería existir ningún problema en llamarlos así, solo son palabras abusadas de un modo u otro. Pero una materia de una dimensión más amplia es preguntarse si una señora calcinada en casa por utilizar un brasero (porque su precaria economía no alcanza para otro tipo de sistema de calefacción) no ha sido también presa, y víctima mortal, de unas decisiones políticas que tomaron algunos que hablaron por ella en aras del “bien común” y desviaron dinero para este o aquél asunto de urgencia nacional. O si un enfermo víctima del “medicamentazo” o de las listas de espera en esta o aquella autonomía no ha conseguido sobrevivir porque alguien prefirió abrir embajadas paralelas o espurios cursos de formación a abrir quirófanos. O si una niña adoctrinada en escuelas de distinto cariz no está siendo presa de políticas que estiman que la territorialidad, las creencias o la cultura nacional han de pasar por encima de la emancipación de una persona que en el futuro quizás eche de menos que no le enseñaron a entenderse con “ese” otro; como el germen de machista que por no haber sido asistido en la escuela para librarse de su propia brutalidad y barbarie jamás pudo comprender que había otras formas de relacionarse con el mundo y que matar a su mujer o a sus hijos y luego suicidarse o terminar encarcelado eran situaciones demenciales por las que nadie debería pasar.

Presos políticos desde luego, ya lo decía Godard: “los niños son presos políticos”; “y los adultos” podríamos ampliar sin contradecirlo; “y todos y todas” podríamos añadir. Hay actualmente entre rejas presos políticos que lo son tanto porque el omnipotente Estado los pretende someter y humillar de manera ejemplarizante a cualquier precio, pero también porque sus propias miopes políticas de “distinción” han mantenido desatendidos y presos, sí presos también, a muchos otros, la mayoría, en un territorio que sienten que les amenaza constantemente. Multitudes de presos de uno y otro lado sometidas por lenguajes que no informan sino que, como nos decía Deleuze al principio, se convierten en órdenes: patrañas, egolatrías de una clase u otra o grandilocuencias politiqueras de cualquier tipo (como nos contaba Clément Rosset en Lo real. Tratado de la idiotez).

Si cada quién, de un lado y otro, hubiese revisado las sinrazones de “su razón” y a qué otros, diferentes, contribuyó a señalar y enjaular políticamente, quizás no se habría producido juicio alguno ni los lazos amarillos necesitarían frecuentar solapas y vallados. Si creemos menos y creamos más, es posible que pueda abrirse un verdadero espacio de negociación y convivencia, entonces serían muchas menos las ondeantes e irritantes banderas de uno y otro signo que, como la más insostenible polución ambiental, impiden apreciar la ya olvidada limpidez del cielo y sus estrellas.