Opinion · Otras miradas

Aznar, Abascal, el Cid, y Charlton Heston

Javier López-Astilleros

Documentalista y analista político.

La película de El Cid, del poliédrico Charlton Heston influyó en la vida del actor. Lo manifestó especialmente cuando dirigió la Asociación Nacional del Rifle. Heston, de apoyar a Kennedy, pasó a abrazar la doctrina Reagan. Representó personajes épicos, desmesurados y venerados por la cultura bíblico-popular. En algunas de sus películas, interpretaba a personajes con carácter, que guiaban a la tribu hasta los límites fronterizos.

Por eso las esculturas ecuestres en honor a El Cid, (Sidi es un término procedente del árabe, que significa Señor), están ubicadas en ciudades fronterizas del país de Heston. Son como marcas mágico-defensivas de los limes del Imperio. “Ganaron nuestra libertad con balas. Pero podemos defender nuestra libertad con votos. Esa es la guerra santa, y es una guerra, nunca duden de ello”, dijo el magnético actor en el año 2000. Incluso para activistas secesionistas del Estado de Carolina, la figura del héroe es admirable. El Cid luchó con éxito contra los moros durante la mayor parte de su vida adulta. De hecho, sus acciones detuvieron la invasión islámica de Europa en el Occidente en el siglo XI. La cultura occidental no existiría hoy tal y como la conocemos si no fuera por El Cid.

Charlton Heston, en 'El Cid'.
Charlton Heston, en ‘El Cid’.

Hay una conexión oscura en los planteamientos de todas las derechas mesiánicas, americanas y europeas. Conciben a un líder blanco como un Cristo encarnado y piadoso, que lucha contra el infiel esquivo, refractario y contumaz. Lo europeos no pudieron conquistar el Este por tierra, así que se dirigieron hacia el Oeste, y hallaron unas Indias intermedias en el patio de atrás.

Estos salafistas blancos son hombres duros que desean retornar a un origen mítico. Los portadores de una raza y un mensaje. Tienen mucho en común con aquellos a los que dicen que combaten, desde una perspectiva histórica. Comparten la soberbia con algunos árabes, que anhelan la pureza de una época gloriosa que inauguraron solo ellos, gracias al poder de una revelación encarnada en su raza e idioma. El resto de la humanidad somos sujetos de conquista. Palidecen cuando les hablan de su herencia persa, bizantina, turca o india. Sin todos estos reinos o imperios, no serían más que el reflejo de un rayo en la historia de Oriente Próximo y Europa.

Mencionar la deuda de Al Andalus a ciertos votantes de la derecha genera urticaria. Son hijos de la providencia que no pueden aceptar la transferencia de conocimiento. Piensan que la Tierra gira porque nacieron para llevar la palabra evangelizadora. Es un fenómeno universal. Por eso no se sorprendan si a un grupo de Israelíes se les ocurre enviar en una sonda un volumen del Génesis a la Luna.

El Cid-Sidi fue una especie de salafista mercenario. Su espíritu era el de un guerrero ebrio de liberalismo cristiano, y ganas de aventura. Un mercenario huevudo, como Dios manda. Necesitamos hombres así. Y restaurar el servicio militar, para que los defensores de las armas aprendan a disparar, y conozcan así las humillaciones que se viven en un cuerpo de élite. No tienen derecho a mentar al Sidi de otro modo.

En algo sí ha acertado Vox: resucitar el espíritu beligerante católico, que permanece dormido en muchos españoles. Es cierto que no ha existido la reconquista, es una falsedad. Tampoco el Cid fue un combatiente por la España cristiana, sino un mercenario notable preocupado de su bolsa y hueste. Estuvo al servicio de los hudíes de Zaragoza. Con Alfonso VI no parece que se llevara bien. Ni siquiera la conquista de Valencia fue determinante. Sí lo fue para el Caudillo, quien dirigió todas sus fuerzas contra el antiguo reino de Taifas, y sede del Gobierno en la República. Pero eso fue 800 años después. El Caudillo admiraba al Sidi. Su pasión, al igual que la de los salafistas, era “la guerra santa”. Sin embargo ese odio estaba dirigido contra sus propios compatriotas, y no contra los moros, de los que se sirvió. Ahí están las imágenes de los rifeños bailando Haidus en las plazas de algunos pueblos del Levante.

Los dirigentes de Vox, sus ideólogos, saben muy bien el valor del mito. No son analfabetos. Desean fortalecer la identidad de ciertos españoles. La crisis de los sistemas liberales les ayuda.

Es posible argumentar con la fuerza de los hechos, los textos y la razón, la falsedad de sus premisas. Poco importa el estudio de la Historia, un género literario menor que despierta poco interés entre la gente. Hoy se necesita una identidad ante el fracaso de una propuesta global. La fuerza del mito es como el verbo encarnado en personajes de dudosa y extraña existencia, pero necesarios. No encontrar la perfección en El Sidi es irrelevante. Importa aquí y el ahora.

También José María Aznar admira al Sidi. El nieto del ex presidente se llama Rodrigo. El caudillo de la invasión de Irak representaba una civilización en crisis. En muchas ocasiones ha mostrado su preocupación ante la invasión de la morisma. Obvia el de las Azores la deuda que Europa tiene con la antigua Al Andalus. Sin el poder científico y literario producido por los andalusíes, muchos de ellos cristianos y judíos, no existiría Europa tal y como la conocemos.

Podríamos quedarnos sin aliento y secar nuestras palabras manifestando el valor del mestizaje, pero el mito simplificado es como una imagen totalizadora y sugestiva para la sociedad. Conseguir la identificación con individuos que ejercieron la violencia despiadada es vil, y además un producto contaminante. El Sidi no fue un héroe conocido por su virtudes, salvo si estas tienen que ver con la defensa de la cartera.

Pero el ideario de las huestes Vox Sidíes está en consonancia con esta época. Saben que el apoyo que reciben es un préstamo, pero estos tiempos están con ellos. Y lo van a exprimir.

El partido tiene voto oculto y a la espera. De seguir así, y si la clarividencia de ciertos partidos no lo remedia, tendrán un éxito notable estas próximas elecciones. La Espada del Cid, y el rifle de Heston, resucitan en las orillas Atlánticas.

Las causas humanitarias a veces están aparejadas a toda forma de violencia, de ahí lo de la guerra santa. Es el espíritu de frontera el que forja las múltiples identidades. Si queremos ver la esencia de Occidente, encontraremos un ídolo transfronterizo, armado y rebelde. En época de crisis se manifiesta esa extrema movilidad, la épica del conflicto permanente. En realidad no vamos a encontrar una personalidad claramente definida, ni siquiera en su acción política o social, sino un deseo de identidad nunca satisfecha.