Otras miradas

No vamos a ser mejores, pero sí lo hemos sido

Alejandra de la Fuente

Personas paseando por el asfalto del Paseo de la Castellana, de Madrid, cortado al tráfico en fin de semana, durante la emergencia sanitaria por la pandemia del coronavirus. REUTERS/Javier Barbancho
Personas paseando por el asfalto del Paseo de la Castellana, de Madrid, cortado al tráfico en fin de semana, durante la emergencia sanitaria por la pandemia del coronavirus. REUTERS/Javier Barbancho

No, sinceramente no creo que el coronavirus nos haya hecho mejorar como sociedad. El ser humano tiene una memoria cortoplacista y selectiva, por lo que este duro confinamiento y el chorreo de muertes en estos últimos meses se acabará diluyendo de las mentes de muchos quedando como un recuerdo, un capítulo de la historia.

Algunos, sobre todo sanitarios y personas que han perdido a un ser querido o han pasado la enfermedad, llevarán esta rama de su vida de una forma más consciente que los demás, pero por mucho que durante el confinamiento estuviésemos seguros de que esta enfermedad nos haría mejores, la realidad es que los sucesivos episodios están demostrando que simplemente era una creencia, una utopía.

Y sí, aunque es triste verlo desde este prisma, yo me quedo con que, durante esa terrible pesadilla, hemos sido mejores.

Hemos sido mejores porque, frente al miedo, hemos decidido colaborar, luchar y prestarnos ayuda. Hemos sido conscientes de la responsabilidad y de la situación que estábamos viviendo y, la mayoría de nosotros, hemos actuado en consecuencia.

Desde luego que el personal sanitario y no sanitario que se ha enfrentado mañana tarde y noche a esta enfermedad, poniendo en juego su vida, son el primer ejemplo de ello y nunca habrá aplausos suficientes para agradecerles su labor que sobrepasaba lo profesional, convirtiéndose en personal.

La sociedad entera se volcó con las personas. Los maestros y maestras han trabajado sin descanso para intentar que los niños y niñas siguieran creciendo en casa. Han puesto todo su ingenio encima de la mesa, entendiendo que, si ya es duro para un adulto estar confinado, los niños necesitaban aún más a sus profesores.

El despliegue de solidaridad se ha hecho evidente durante estos meses. No podemos olvidar los carteles ofreciendo ayuda colgados en los ascensores de las casas y las redes de los barrios trabajando para que ninguna familia se quedase sin alimento. Algo que, como consecuencia de la crisis derivada del coronavirus, parece que va a durar mucho tiempo.

El personal de residencia tampoco ha dejado a nadie atrás, haciendo todo lo que estaba en su mano para que ningún anciano ni anciana se contagiara. Han estado al pie del cañón, pese al peligro de contagio que suponía trabajar en una residencia.

El personal de supermercado explicando con absoluta profesionalidad a la ciudadanía que no había desabastecimiento. Los trabajadores del Servicio Público Estatal de Empleo (SEPE), tramitando prestaciones sin descanso para que ninguna familia se quedase sin cobrar. Los taxistas llevando gratuitamente a personal sanitario y enfermos. Y abogados y abogadas, asesorando a trabajadores incluidos en ERTEs, despedidos durante la pandemia u obligados a cogerse vacaciones.

También trabajadores sociales, policías, voluntarios, personas que cosían en casa batas y mascarillas para hospitales y residencias, periodistas, vecinos que hacían la comida a sanitarios que llegaban destrozados de trabajar y a familias que no tenían dinero... han entendido lo que suponía esta pandemia y han actuado de la mejor forma que sabían y podían.

Es cierto que esta pandemia puede quedar en un mero recuerdo, pero aunque esto no nos convierta en una sociedad mejor, tampoco podemos olvidar que sí hemos sido mejores.