Otras miradas

Populismo y glosolalia

Claudio Zulian

Cineasta y artista. @claudiozulian1

Podría parecer extraño que los gobernantes de países tan importantes como Estados Unidos o Brasil hayan intentado rebajar sistemáticamente la importancia de la actual pandemia o incluso negarla. Aunque la gestión de una crisis sanitaria grave como la de la Covid 19 es sin duda un riesgo inesperado en la acción de gobierno, también puede ser, clásicamente,  la ocasión de afianzar un liderazgo, mostrando sus virtudes en cuanto a capacidad de reacción, de organización o de representación de la sociedad entera. Incluso podría constituir la oportunidad para restringir la libertad política, en el caso de un proyecto autoritario: el primer ministro húngaro, Viktor Orban, por ejemplo, lo ha entendido así.

Donald Trump, sin embargo, ha manifestado un enorme fastidio por la pandemia y sus consecuencias, repitiendo muy a menudo una especie de fórmula mágica: "el coronavirus, simplemente, va a desaparecer". Proferir tal encantamiento, incluso a sabiendas de que contradice no sólo toda evidencia científica, sino incluso lo han estado afirmando los expertos por él mismo contratados, es un indicador de que la relación entre las palabras y las cosas funciona, para el presidente de Estados Unidos, de una manera particular.

En el ámbito de la política actual no se trata en absoluto de un hecho aislado: podemos encontrar comportamientos discursivos análogos de casi todos los políticos de la derecha y la ultraderecha populista del mundo. La realidad es negada y las afirmaciones indemostrables son moneda corriente, todo ello con gran alborozo de los seguidores que jalean estos discursos en las redes.

Si la relación entre las palabras y los hechos no importa y, sin embargo, estos discursos tienen tanta importancia política – son capaces de entregar la presidencia de Estados Unidos a quien los profiere – cabe preguntarnos entonces sobre las razones de su eficacia.

Un discurso en el que se desvinculan los significantes (las palabras) de los significados (las cosas, los hechos), es un discurso donde prima la satisfacción del puro decir. El asunto ya no es captar la realidad, o al menos partes de ella, sino afirmar algo que sea eficaz en términos de seducción, de placer o, al contrario, de resentimiento e insulto. No es ningún azar si, tanto Silvio Berlusconi, uno de los principales inventores de esta forma de hacer política, como el propio Donald Trump, son "hombres de la televisión". Desde esa atalaya han sabido captar perfectamente que para el narcisismo consumista, la realidad es un obstáculo insoportable y no algo a descifrar. El habla consumista más bien no quiere saber nada de la realidad, sino que actúa como puro órgano de placer o disgusto. Las redes, con su proliferación de haters y de mascotas dan buena cuenta de ello.

Hay una edad de los bebés en que el habla tiene exactamente esa característica autosuficiencia: de 0 a 10 meses. A partir de entonces, en general, la comunicación con los adultos orienta poco a poco los sonidos de los infantes hacia una progresiva articulación. Son características de ese temprano período de la vida, las llamadas glosolalias: el libre juego con los sonidos que puede producir el aparato fonatorio y que está únicamente orientado por el placer y el disgusto. 

La derecha populista ha detectado con precisión la tendencia glosolálica de la sociedad actual: es la razón por la que Trump o Salvini pueden decir un día una cosa y al día siguiente todo lo contrario sin problema alguno, porque en ningún momento se trata de decir la verdad sino sólo de hablar por placer o por rabia – y de dar gusto o azuzar a los electores. Además, este tipo de discursos desarma por completo cualquier adversario que pretenda razonar. Apelar a una idea, en el mundo de las glosolalias políticas, es inmediatamente sospechoso: para el narcisista no hay plano supraindividual y por lo tanto cualquier apelación a una "idea" solo puede ser un truco para una imposición insoportable – o, pero aún, una conspiración. 

Hasta aquí se podría considerar que, en parte al menos, todo discurso político es glosolálico por definición. En esencia, se trata de captar la atención del votante o del partidario y para ello se emplean todos los medios retóricos posibles. Ya los antiguos griegos debatieron, a propósito de los Sofistas, sobre los peligros de exacerbar este aspecto funcional del discurso político – y de los discursos en general. Sin embargo, el contexto del capitalismo actual entraña peligros específicos que multiplican la funcionalidad y el peligro de las glosolalias.

Por una parte, nunca como hasta ahora una civilización había puesto el goce individual a la base de lo que se considera comúnmente una "buena vida", ni había producido, en consecuencia, individuos tan narcisistas. La invitación a gozar plenamente de los sentidos, sin preocuparse de nada más, de ser "uno mismo", de "no tener límites", tan propia de la publicidad, conlleva un desinterés radical por el mundo, que se ve sólo como medio – u obstáculo – de los propios placeres. A tales individuos, por lo tanto, no les importa ninguna forma de mediación con la realidad - como podría ser un lenguaje cargado de significado y capaz de organizar, el menos en parte, la experiencia personal. No lo necesitan. Azuzados por la publicidad y por todo el sistema financiero que prima la inmediata satisfacción, sólo les interesa asegurarse el aquí y ahora de sus placeres.

Sin embargo, este narcisismo no se sostendría – el más perfecto consumista se topa todos los días con la necesidad de trabajar para asegurarse el dinero que necesita para sus goces -, si no viniera acompañado de otra promesa.

De manera cada vez más acentuada, toda la articulación de nuestra sociedad depende del sistema tecno-científico. No hay campo de la vida social que no necesite actualmente de una plataforma tecnológico-científica: desde la burocracia al entretenimiento, de la medicina al orden público. No sólo eso, sino que además, el orden tecno-científico se ha substituido a toda promesa escatológica y nos asegura actualmente incluso la vida eterna - a través del desarrollo de los conocimientos bioquímicos aplicados a la medicina.

Ya en los años setenta del siglo pasado, el filósofo francés Jacques Elull llamó la atención sobre el hecho de que el sistema tecno-científico es en sí mismo una forma de mediación que no necesita de ninguna otra. Puede perfectamente hacerse cargo de la realidad – incluyendo la experiencia humana - a través de cálculos y protocolos comportamentales. Sus dispositivos pueden regir la sociedad sin necesidad de un habla que contenga elementos de funcionalidad y performatividad respecto de la organización social misma.

En los últimos decenios hemos visto crecer y asentarse de manera arrolladora la potencia y la capacidad de este sistema. Detrás del progresivo declive de los saberes llamados humanistas – literatura, historia, filosofía -, se halla el convencimiento ya muy difuso de que "no sirven", de que han dejado de tener agarre en la realidad. El reverso de esta afirmación es que sólo los saberes tecno-científicos "sirven". En un mundo tecnificado, es una verdad apodíctica.

Internet y las redes sociales han marcado un importantísimo avance para el dominio del sistema tecno-científico, al desplazar partes enteras de nuestra socialidad a un entorno enteramente técnico. La ingenua confianza en la democratización que supone la posibilidad de comunicación inmediata brindada por las redes, pasa completamente por alto que no se trata de una liberación sino sólo de un cambio de amo. Salvoj Zizek lo detectó con mucha perspicacia en su libro "Lacrimae rerum": el poder ahora se ejerce en la interfaz digital misma.

La difusión de la glosolalia política es una consecuencia lógica de todo ello. El individuo narcisista, sostenido en sus deseos por el sistema tecno-científico, no ve ninguna razón de "hablar". Las palabras no sirven, no tienen eficacia para mediar con una realidad de la que ya se ha hecho cargo el sistema tecno-científico. Por otra parte, todo sentido predeterminado – el lenguaje mismo – es un fastidio para la libre e inarticulada expresión del placer o del disgusto. Los líderes políticos que han tenido una experiencia directa de ello como Trump o Berlusconi, lo han entendido y lo fomentan.

Sin embargo, la realidad no es dócil y ni previsible. Cuando aparece en toda su potencia, cuando hay una "catástrofe" - literalmente: cuando todo zozobra – quedan al descubierto los fundamentos, al igual que las casas arrolladas por un alud.

Si el marco civilizatorio tecno-científico había sido relativamente estable en los últimos años, y permitía, por lo tanto, el libre gorjeo consumista y sus contracantos resentidos, ahora, con la pandemia, la realidad se impone, se mueve incontroladamente y las palabras corren tras ella intentando desesperadamente dar con una conjunción significado-significante que permita una acción ante la catástrofe. No se trata sólo de saber de qué virus se trata, de cuáles son sus características y de cómo se puede enfrentar, sino, también y sobretodo, de hallar palabras capaces de articular comportamientos sociales que preserven la existencia misma de la sociedad.

Para quién, como Trump, Bolsonaro o Salvini, está acostumbrado a la glosolalia, la irrupción de lo real es una ruina, porque impone la búsqueda urgente de discursos que puedan coordinar un significado-acción común. Hay que nombrar la cosa, mantener la palabra y a hablar para todos, para que una acción común pueda tener lugar y la sociedad pueda salvarse.

En este sentido, se podría tener la tentación de pensar que la pandemia puede suponer un correctivo importante a los excesos y los peligros de las glosolalias políticas actuales. El aparente declive de estos líderes en los sondeos, podría hacer pensar en una recapacitación de sus electores. Sin embargo, el sistema tecno-científico no sólo no ha sido tocado, sino que ha demostrado su poderío de otra manera. Durante los meses de la pandemia, la voz de los expertos ha cobrado una importancia inusitada y los políticos se han echado a la cara el hacerles más o menos caso. Es más, la población ha obedecido sin rechistar las órdenes derivadas de sus consejos. La conjunción del miedo y el orden tecno-científico ha mostrado toda su potencia.

Por otra parte, las glosolalias políticas tienen su propia performatividad. Proferidas con convicción, mantienen el encantamiento y la entrega de los acólitos hasta el borde del precipicio e incluso más allá.  Es por ello que tiene sentido que Trump o Salvini insistan en sus gorjeos.  Soflamas, consignas, gruñidos de satisfacción, insultos y gritos han sido siempre lo último que oían los soldados que caían en los campos de batalla, mientras los generales perfeccionaban sus técnicas en los cuarteles.