Otras miradas

De siete a siete

atocha
Una persona camina con una bolsa por las estación de Atocha, en Madrid.- Óscar del Pozo / AFP

Desde esta ventana he visto pasar el mundo entero/ Desde el amanecer hasta el anochecer, he escuchado hasta la última carcajada/ He visto suficientes lágrimas para limpiar esta calle/ He escuchado campanas de boda y una marcha fúnebre/ Cuando una vida termina, comienza otra.

The Jam - Just who is the 5 o'clock hero

* Salgo de casa casi siempre tarde. Por más que intento dejar todo en su sitio la noche anterior surge un detalle insidioso que da al traste con mis esfuerzos por cumplir el ajustado horario de persona útil a la sociedad que me han marcado. No merece la pena que me recree en los detalles de un momento tan traumático, un instante que rompe un breve lapso de cinco o seis horas de descanso, más allá de dejar atrás un cuarto que resulta perfecto, casi en silencio, sólo roto por su despedida, el único motivo razonable por el que hago esto todos los días.

Ando rápido intentando ganar tiempo al reloj. Por Fuencarral aún quedan los restos de la noche anterior, un entrecruzar de dedos que mezcla a los primeros trabajadores apresurados con los transexuales, que une a los chinos de las cervezas con los repartidores de las tiendas de la calle, un momento de transición desde la libertad vigilada del ocio nocturno hasta la cotidiana complacencia de lo asalariado.

Cruzo Gran Vía y miro a la derecha, el Capitol se yergue como un faro para una ciudad que perdió el norte hace mucho tiempo. Compite con su neón con un cielo cada vez más claro, da un toque cinematográfico a cada mañana.

En la comisaría de Montera hay una cola de inmigrantes; dudo al verlos si es que necesitan algún tipo permiso para escapar de este país. Los barrenderos se afanan por dejar todo limpio, manguerazos de agua y escoba de dureza metropolitana, arrancando de las baldosas una cara de la ciudad para que la otra no se dé cuenta y siga creyendo que por las noches todo transcurre en silencio, sin alcohol, meados, ni manchas de sangre.

Me meto en Sol, la estación, y bajo tramos de escaleras mecánicas durante varios minutos, al trote, adelantando trabajadores más precavidos con la hora que yo. Aquello es como un templo al maquinismo y la electricidad, una excavación arrancando a la tierra su intimidad salvaje e indómita, sustituyéndola por suelos pulidos y luces blancas que tranquilizan el ánimo. Llega el tren, hoy me da tiempo a cogerlo.

El Cercanías por la mañana es un catálogo de bostezos y ojeras, de supervivientes del ladrillo con mochilas en las rodillas, mujeres de la limpieza que miran al infinito pensando en temas que no me atrevo ni a imaginar. Me acomodo y saco el libro sin saber muy bien dónde lo dejé el día anterior. Me gusta rebuscar entre las páginas y hacer un previo de la historia antes de retomarla.

He hecho el trayecto en noche cerrada y notando una ligera claridad en el horizonte, contemplando el amanecer con toda su fuerza y, ahora, viendo ya el cielo azul de la mañana. Las estaciones se suceden como una copia de los días. Una voz de mujer las anuncia, no se puede encontrar en ella atisbo de sentimiento: es tanta su neutralidad que me molesta. Se sube y baja gente, poca, voy en el sentido contrario a la normalidad de la marea proletaria. Al contrario, como en casi todo. En una de esas me toca y me bajo.

El primer cigarro de la mañana. Lo enciendo mientras vuelvo a andar rápido y cruzo carreteras y calles hasta que llego al polígono. No se puede decir que se fuma en serio hasta que la relación con el tabaco es de madrugadas y trabajo, de escape vicioso, de pequeño placer contrapuesto a lo que espera. Pongo el dedo en una máquina que parece sacada de un servicio secreto, lee mi huella, me dice que correcto, he fichado. Una hora y pico después de levantarme comienza realmente mi trabajo.

Coloco libros, eso es lo que hago. Coloco toneladas de libros. Detrás del presunto espíritu romántico de la literatura están los albaranes, los palés, las cajas de cartón y la organización minuciosa de un almacén. El esfuerzo de gente de la que nadie se acuerda, que carga y descarga en un día miles de palabras y frases, más de las que un escritor conseguirá parir en toda su puta vida de escritor.

Seis horas, me voy a comer. Procuro no oír el informativo, con su mezcla repugnante de confusión económico-política y su abundante carga de sucesos, crímenes y luctuosidad incontrolada. Trabajan para el silencio y la normalidad, para que parezca que ocurren cosas pero para que no ocurra nada. Salgo al parquecito de enfrente a seguir fumando y beber mi café. Les echo trozos de magdalena a las hormigas, como si fuera un político socialdemócrata retirado.

Entro. Coloco más libros. De vez en cuando me da por reparar en algo más que en el objeto de papel. Encuentro aliados en los títulos, recuerdo cómo he caminado por sus páginas. Huelo la basura de Nueva York con Salinger, el agua del puerto de San Francisco con Hammet. Noto el ajetreo de Londres con Hornby y me acuerdo de ese Madrid perdido que de alguna extraña forma vi morir cuando ubico a Martín Santos. Me pierdo en la república de Weimar o en la Roma imperial de César. Vuelvo pronto, no hay más remedio. Ocho horas y media, me despido, el lector de dedos de espías me dice que correcto, y salgo a desandar el camino de la mañana, esta vez con un sol que cae a plomo, implacable, destructor.

Veo a dos viejos en un parque, todos los días, en un banco a la sombra. Charlan, están de espaldas a mi paso, uno de ellos necesita una silla de ruedas. Ellos han visto muchas estaciones para que ponga palabras en su boca, sería irrespetuoso además de inútil.

Cruzo un puente sobre una carretera nacional y veo el atasco de cada tarde. Las hormigas de las magdalenas de la hora del café también son muchas pero no tienen atascos. Tampoco madrugan. Hacen lo que tienen que hacer. Veo a lo lejos cómo el tren se marcha. Me da igual, estoy demasiado cansado para preocuparme por mi tiempo libre.

En la estación me cruzo con los de seguridad. Sus uniformes anticipan el futuro que nos espera, no me gusta nada. Antes de poder seguir con mis inactivas ideas políticas llega otro cercanías y me monto. Las puertas se cierran con un sonido que he escuchado más veces en mi vida que las olas del mar, cualquier disco bueno o el aplauso dedicado a un pequeño triunfo.

Vuelvo a sacar el libro y esta vez lo disfruto más de cerca, el cansancio de la tarde es diferente al sopor de la mañana.

Pasa una chica alta, morena, con cuerpo de bámbola. Estoy seguro de que en algún recóndito país asiático hay millonarios que pagarían una fortuna sólo por verla. Ella no lo sabe. Tampoco sabe que va vestida como Patricia Arquette en Amor a quemarropa, una Patricia Arquette gitana que mueve sus caderas mientras busca asiento provocando miradas de codicia en el vagón. Desconoce que cincuenta años atrás hubiera podido tener a Fellini mirándola por el objetivo y a Mastroianni llamando a la puerta de su caravana. Ella tiene un novio con tatuajes tribales y chándal con publicidad del taller de la esquina y aspira a aparecer en uno de esos programas donde cobras por dar voces. Parece feliz; a lo mejor es que no le hace falta saber nada de todo eso para serlo.

Ando de nuevo por Montera y me mezclo con turistas y peatones madrileños de vidas comunes. Pasan por la calle sin ver la dimensión que esconde. Personas que transitan pero no permanecen. Y calles como esta tienen su propia dinámica de carteras que vuelan, miradas desde esquinas, cuerpos apoyados en paredes, conspirando en pequeños grupos contra todo lo legal y aceptado. Están ahí pero no se ven porque ellos no quieren ser vistos.

Y vuelta a Fuencarral arrastrando ya los pies y pensando en todo y nada, sorteando niñas monas con bolsas llenas, japonesas perpetuamente perdidas, modernos de provincias y músicos del desastre. Estoy casi en el refugio y pienso en darle forma a todo esto, me siento delante de la pantalla y empiezo.

Salgo de casa casi siempre tarde...

*Este artículo fue publicado en el libro de relatos Trayecto en noche cerrada (Lupercalia editorial)