Otras miradas

Éxodos y abandonos

Manuel Martorell

Periodista e historiador

Rafa Magaña en la exposición 'La Corrala'

Una exposición fotográfica en La Corrala, el espacio cultural que la Universidad Autónoma tiene en el céntrico Rastro de Madrid, recuerda el éxodo en masa de los kurdos tras la Guerra del Golfo, hace ahora 30 años. Aquellos acontecimientos tuvieron gran trascendencia porque en todo el planeta se pudo ver en directo, a través de las televisiones, el abandono por las grandes potencias de un pueblo al que habían llamado a sublevarse para derribar a Sadam Husein, cosa que hicieron para después traicionarles una vez alcanzado el correspondiente acuerdo con el régimen de Bagdad.

El impacto de aquellas imágenes, que se rememoran en la muestra de La Corrala con instantáneas  de José Luis Vidal Coy, Rafael Magaña, Alfredo Cáliz y Karlos Zurutuza, fue tal en todo el planeta que en España, donde apenas se conocía el drama del mayor pueblo sin Estado del mundo, se formaban colas en los bancos para enviar dinero, se organizaron espontáneamente actos de solidaridad y hasta se celebró una corrida de toros en apoyo de quienes huían por las montañas hacia Turquía o Irán.

Sin embargo, ni la exposición, que permanecerá abierta hasta el 27 de noviembre, ni la mesa redonda con que se inauguró el pasado día 10, pretenden simplemente recordar unos acontecimientos ciertamente graves pero, en principio, ocurridos en un tiempo ya remoto y muy lejos de nuestras fronteras. Más bien, el objetivo es exactamente lo contrario: dejar patente que aquel gran éxodo, debido a sus impresionantes magnitudes humanitarias, fue el más claro ejemplo del abandono de los pueblos en los conflictos bélicos internacionales y que, como acaba de ocurrir en Afganistán y está ocurriendo en Rojava, la región kurda de Siria fronteriza con Turquía, se trata de hechos presentes con una indudable vinculación española.

Ya quedó meridianamente claro hace tres décadas, cuando España y otras potencias europeas armaron hasta los dientes a Sadam Husein contra la amenaza de la Revolución Jomeinista de Irán. Ahí están, como siniestro ejemplo, las bombas "made in Spain" que caían cargadas con gas letal sobre las ciudades kurdas matando miles de personas, los vehículos de transporte para las tropas, las pistolas Llama o los cañones de la Fábrica de Artillería de Sevilla que utilizaba el Ejército en su política de tierra quemada.

Aquel éxodo en masa supuso la culminación de un plan de exterminio que, como anunció el vicepresidente Yasim Ramadan en rueda de prensa el año 1989, borraría del mapa el Kurdistán iraquí  en el plazo de dos años. Cuando, finalmente, la ONU aprobó la zona de exclusión aérea al norte del paralelo 36, impidiendo los bombardeos aéreos, en las regiones kurdas se habían destruido, según el estudio realizado por el ingeniero Shorsh Mustafa Rasul, unos 3.700 pueblos, 2.500 mezquitas, 1.800 escuelas, 280 hospitales, habían sido desplazadas unas 200.000 familias y más de 180.000 civiles habían sido asesinados.

Lo verdaderamente relevante de estos hechos estriba en que ese apoyo español a regímenes que buscan la desaparición del pueblo kurdo, destruyendo incluso ciudades enteras y provocando éxodos masivos, se volvió a repetir con Turquía en los años 90 y, aún más grave, sigue ocurriendo en este mismo momento. Así está sucediendo cuando se escriben estas líneas en la franja fronteriza ocupada por fuerzas turcas al norte de Siria y, sobre todo, en Afrín, la zona del Kurdistán más cercana al Mediterráneo. Esta región olivarera, situada a solo unos 40 kilómetros de la costa, fue invadida por Turquía hace tres años y en ella se está llevando a cabo, desde entonces, una amplia campaña de limpieza étnica y religiosa gracias al apoyo que el Ejército y la aviación turcas prestan a las milicias islamistas. Bajo el nombre de Ejército Nacional Sirio, estos grupos yihadistas están sembrando la destrucción y el terror en pueblos y ciudades, desplazando a la población local kurda para reasentar, en su lugar, a familias árabes de otras partes del país.

Como ha ocurrido últimamente en Afganistán, como sucedió en Irak hace treinta años, los islamistas nada pueden hacer contra las guerrillas de los "infieles" sin el apoyo de cazabombarderos y  modernos drones, y ese respaldo aéreo llega al norte de Siria fundamentalmente desde la base de Incirlik, protegida por un destacamento del Ejército español gracias al recién renovado convenio de colaboración suscrito, en el marco de la OTAN, por el actual Gobierno PSOE-Podemos.

Ni siquiera la actual crisis de refugiados, en su mayoría kurdos, entre Bielorrusia y Polonia se libra de esta ecuación "guerras - abandono de pueblos – éxodo en masa". Como es más que sabido y el caso bielorruso es ejemplar en este sentido, funcionarios de rango diplomático se enriquecen vendiendo visados a quienes buscan refugio para después dejarles en la estacada. Ocurrió hace treinta años y sigue ocurriendo ahora. La exposición de La Corrala, organizada por la Universidad Autónoma y la Delegación del Gobierno Regional del Kurdistán de Irak, lo deja bien claro.