Otras miradas

El día después en Andalucía

Manuel Romero

El músico Nacho Vegas actúa durante un acto de homenaje a Federico García Lorca por el 124 aniversario de su nacimiento, celebrado en el marco de la campaña electoral del partido Adelante Andalucía, el pasado domingo en el Campo del Príncipe de Granada. EFE/ Pepe Torres

Esta vez toca escribir por Andalucía, la tierra que tanto me ha cuidado y que ahora está, más aún si cabe, ante la inminencia de una posible catástrofe política. No es mi intención sonar como un cenizo, ya he dicho en varias ocasiones que estoy haciendo el esfuerzo de aborrecer el pesimismo, que es un estado del cuerpo que atrofia la potencia: una de las pasiones más tristes del nuevo milenio. Reconozco que es difícil no parecer uno de esos predicadores que van por ahí anunciando el fin del mundo, pero asumo el riesgo de precipitarme en algún tipo de voluntarismo mágico y afirmar que hay motivos para creer en la movilización, en la regeneración y la reactivación del tejido social en Andalucía.

Este es un artículo que invita a la movilización, pero no es un artículo para pedir el voto, que es algo muy distinto. Me horrorizan ese tipo de chantajes: si no votas, ellos lo harán. Puedes estar tranquila, no votar no te hace cómplice del auge de la extrema derecha (como lamentablemente he leído en alguna ocasión en redes sociales). Nuestra cultura política es tan estrecha que hemos reducido la participación a la mínima movilización posible cada cuatro años y encima hay quienes quieren culpabilizar a quien ese día, por las razones que sea, decide no hacerlo. La bolsa del abstencionismo y de la desidia política es cada vez más grande y sobran los motivos para que así sea. Tampoco vale más el cuento del lobo ni el nosotros o el caos. Como diría el filósofo esloveno Slavoj Zizek: elijo la tercera pastilla, la de quedarme en casa, que suficiente tengo con lo mío y lo de los míos. Dicho esto, no es una declaración de intenciones, yo voy a hacerlo, voy a votar, pero dejen de responsabilizar a quien en su legítimo derecho no quiera colocar ninguna papeleta en una urna.

Lo que ocurra después del 18 de junio no es el final ni tampoco el principio de nada, pero sí que es cierto que puede ser determinante en muchos sentidos. Para los partidos políticos será el termómetro perfecto para conocer el estado actual de los mismos. Mucho mejor que una encuesta, una fotografía fija que tanto se anhela sobre el reparto de posiciones a derecha a izquierda, una proyección de las correlaciones de fuerzas intrabloques y entre bloques. Se darán respuestas a algunas incógnitas del tipo: ¿le ha funcionado el efecto Feijóo al Partido Popular? ¿Tienes Macarena Olona la potencialidad que tanto se le presupone? ¿Qué pasará con el PSOE de Juan Espadas y cómo repercutirán los resultados para el gobierno de Pedro Sánchez? ¿Qué ocurrirá entre Por Andalucía y Adelante Andalucía? ¿Le será útil a la coalición de izquierdas la popularidad de la ministra Yolanda Díaz? Además de estas preguntas, que pueden ser más o menos interesantes y más o menos útiles a cada cual, lo que está claro es que los comicios del domingo 18 de junio definirán el estado de ánimo del día después en Andalucía. La izquierda, acostumbrada a caminar entre derrotas, puede salir muy perjudicada política y, sobre todo, moralmente si los resultados llegan a ser catastróficos y se consolida el crecimiento de la reacción y, por lo tanto, el robustecimiento del dique de contención de la ola de movimientos que luchan por la construcción de una hegemonía alternativa.

Ante un hipotético escenario como este —que ojalá no ocurra, aún queda mucho por hacer y todo el partido por jugar— deberíamos tomarnos en serio la posibilidad de restablecer el equilibrio por abajo y reactivar el músculo social que tantísima falta nos hace. Esto no se logra de la noche a la mañana, no es suficiente llamar a la movilización para que la gente se movilice. Para hacer eso de «volver a las calles y a las plazas» hace falta una estrategia, hace falta organización y, sobre todo, una meta común. Tengo que reconocer que siempre he cosechado mis dudas acerca de lo que se conoce como «nuevo andalucismo», no por desconfianza o falta de simpatía sino por el carácter general del movimiento, por algunos de los ejes centrales de sus reivindicaciones, pero también es de justicia reconocer que sin duda proporciona el horizonte hacia el que debemos avanzar. Es evidente que en Andalucía se está moviendo algo entre sus cimientos, independientemente de lo que ocurra en las elecciones del próximo domingo 18 de junio, del número de votos que obtengan los partidos de la izquierda andalucista —infravalorar la relevancia del movimiento apoyándote en los resultados de unas elecciones como estas sería como despreciar el 15M porque unos meses más tarde el Partido Popular ganó las elecciones con mayoría absoluta. Lo que quiera que sea la nueva ola del andalucismo ha venido para quedarse y, además, parece ser la mejor vacuna posible para frenar y revertir la tendencia de crecimiento de una extrema derecha que quiere hacer saltar por los aires nuestra autonomía política (entiéndase en el sentido amplio del término).

La lista de perjuicios a nuestro pueblo es interminable, pero ya mucho antes de que llegara al gobierno de la Junta de Andalucía el Partido Popular. Desde los días más negros de nuestra historia reciente, cuando sonaban los estruendos de Queipo de Llano a través de Unión Radio Sevilla sembrando el terror, hasta el día de hoy hemos sido objeto de ensañamiento, pero también en muchas ocasiones sujetos llenos de orgullo y dignidad: no se me ocurre mejor ejemplo de aquello que decía Marx de que el obrero tiene más necesidad de respeto que de pan que aquel jornalero andaluz que, mirando a los ojos al cacique que había intentado comprarlo, le espetó aquella frase para la historia mientras arrojaba las monedas y la papeleta al suelo: en mi hambre mando yo. Ahora bien, como nos han enseñado los movimientos obreros y, más recientemente el tsunami del feminismo, si bien el agravio es necesario para agitarnos, para estremecernos y hacernos explotar de la rabia, no es suficiente para delimitar los términos estratégicos de la conversación, para pensarnos y darnos forma. Es de vital importancia el programa, programa y programa, como decía uno de nuestros andaluces contemporáneos más insignes y más queridos como Julio Anguita, pero también dar un sentido a nuestros afectos a partir de nuestras costumbres, de nuestra (riquísima) cultura y nuestros quehaceres cotidianos.

En la última legislatura, con el gobierno del Partido Popular y Ciudadanos, hemos presenciado trágicamente como convertían nuestra tierra en el basurero de Europa con el vertido de residuos tóxicos en Nerva, como se retrocedía en derechos conquistados por el feminismo y las luchas de los colectivos LGTBIQ+, como se dejaban la piel miles de temporeras en condiciones de semiesclavitud mientras que se gobernaba para los más ricos con medidas como la eliminación del Impuesto de Sucesiones, o como se cerraba la planta de psiquiatría del hospital de Osuna mientras el suicidio entre los jóvenes alcanza sus máximos históricos en nuestro país. Si bien todo esto no es suficiente para canalizar y moldear el enfado, hagamos el esfuerzo de construir en positivo, de aprovechar el reverdecimiento de nuestra cultura y la proliferación de iniciativas para dar el primer paso en la construcción de un proyecto en torno al ecologismo, el feminismo andaluz y la justicia social y económica -ahora sí, reclamemos de verdad nuestro derecho a la pereza.