Otras miradas

¿Qué es un refugio climático y por qué Madrid los necesita?

María Pastor y Javier Padilla

Diputada y diputado por Más Madrid en la Asamblea de Madrid

María Pastor y Javier Padilla

Grupos de personas disfrutan en la fuente transitable conocida popularmente como los chorros o la playa de Madrid Río, a 12 de junio de 2022, en Madrid (España). Fernando Sánchez / Europa Press
12/6/2022

Se acabó la primavera. 14 de junio y ya es solo un recuerdo. Temperaturas máximas por encima de los 40 grados y mínimas que superan los 25 durante casi una semana en varios puntos de la península. Hay quien dice que se trata del mismo calor de siempre, pero los datos no dicen lo mismo; si entre 2001 y 2010  hubo 57 días con ola de calor, entre 2011 y 2019 hubo más del doble: 116 según la Agencia Estatal de Meteorología. Más calor, un mayor número de días y, sobre todo, en momentos más tempranos del año.

El aumento de las temperaturas hasta niveles extremos no es, como afirmó en el Congreso de los Diputados un diputado de Vox, algo positivo porque evitará más muertes por frío, sino que ha de ser considerado un problema doble: por un lado por sus efectos sobre la biodiversidad (tropicalización de las comunidades marinas, llegada de especies invasoras que desplacen a la fauna local, aumento de la migración de especies...) y, por otro lado, por su impacto sobre la salud de la población (las olas de calor se relacionan con incremento de la descompensación de procesos crónicos y aumento de ingresos hospitalarios). Por ello, actuar mejorando la capacidad de adaptación de nuestros entornos a estos fenómenos climáticos es cuidar de la salud de la población, especialmente de quienes son más vulnerables.

Esta mayor frecuencia de altas temperaturas está siendo acompañada, de forma variable, del intento de las sociedades de paliar sus efectos sobre la salud de la población, a la par que se toman medidas para tratar de que no vaya a más. Ante la ausencia de ciudades preparadas para combatir la crisis climática  y mitigar sus efectos, la ciudadanía ha buscado aquellos espacios que les permita aguantar. Son centros comerciales, o centros de salud, o una cafetería o quizás una tienda.

Sin embargo, la necesidad de la gente de recurrir a esta autogestión cotidiana del calor extremo va por barrios. En los barrios de rentas bajas, la afluencia a los centros comerciales como forma de resguardarse de las altas temperaturas en los días de ola de calor es el doble que en los barrios de rentas altas; este es el resultado de una distribución desigual de la capacidad de protegerse frente al calor. La calidad de las viviendas, la disponibilidad de zonas verdes, la existencia de equipamientos públicos como las piscinas (o la existencia de piscinas en cada casa o bloque de viviendas), la disponibilidad de aire acondicionado o la propia disposición de las ciudades son elementos que se distribuyen de forma muy distinta por barrios y que determinan cómo de vulnerables somos ante el calor, haciendo  que la capacidad de la gente de protegerse frente a las olas de calor sea muy dispar.

Hay quien ridiculiza a quienes piden un lugar donde refrescarse cerca de casa mientras cierra la maleta para irse a su casita en el norte para huir de la ola de calor; esa hipocresía propia del negacionismo suave que practica cierta derecha reaccionaria es incapaz de ocultar una realidad: las olas de calor son cada vez mayores, y la capacidad de la gente de protegerse de ellas está condicionada por su código postal y su cuenta bancaria. Ante esta realidad, las instituciones no pueden hacer como si esto fuera un problema que se soluciona simplemente mandando a la gente a dar un paseo al centro comercial o a que se apañen su protección frente al calor como quieran. Son muchas las instituciones que dan pasos hacia adoptar el liderazgo en este ámbito y la creación de lugares como los refugios climáticos se está extendiendo por diferentes lugares de nuestro entorno.

La ciudad de Barcelona ha sido pionera en la apertura de 155 refugios climáticos, que no son más que infraestructuras públicas preparadas donde protegerse de las temperaturas extremas. No se trata de abrir colegios, institutos o centros de salud y poner el aire acondicionado a pleno funcionamiento. En realidad se trata de intervenir,  acondicionar (y en muchos casos, transformar) los espacios para que los vecinos y vecinas puedan acudir y disfrutar de ellos durante los episodios de calor extremo. Actuaciones como las realizadas en la red de escuelas climáticas del Ayuntamiento de Barcelona, donde se han transformados los centros poniendo en marcha medidas azules (habilitar puntos de agua potable), medidas verdes (acondicionar espacios de sombra e incrementar la presencia de vegetación) y medidas grises ( mejorar el aislamiento de los edificios) para convertirlos en islas de resistencia al calor dentro de las ciudades.

Los refugios climáticos son, en resumen, lugares donde poder descansar del calor y protegernos, especialmente las personas vulnerables, frente a las altas temperaturas. Pero además de eso, son la muestra de instituciones que no le dicen a la gente "si no tienes piscina en tu casa o pisito en el Cantábrico, ahí te quedas", sino que asumen el mandato de cuidar de la salud de la población y adaptarse a una realidad que ha venido para quedarse y frente a la cual tenemos una doble tarea: protegernos frente a ella y tomar las medidas necesarias para que no vaya a más.