Otras miradas

Del 11M al "burdo" de Ferreras: el periodismo que vendrá

Ana Bernal Triviño

Lo que estos días se ha comentado sobre el periodismo en este país no es sorpresa. Llevamos ya casi una década advirtiendo de esto, aunque siempre se han señalado (y para mal) las voces discordantes. Ya en 2018 la Comisión Europea recogía que España era el primer país donde los encuestados reconocían (78%) recibir todos los días noticias falsas. Y Gartner decía, por las mismas fechas, que 2022 sería el momento donde en Europa circularían más noticias falsas que verdaderas. Hoy, confirmamos que es así. ¿Se ha hecho algo para paliar esto? Nada. ¿Las asociaciones de prensa han reaccionado de forma contundente sobre las manipulaciones diarias? Poco o nada. Estamos haciendo tan mal periodismo que se han creado empresas de verificación de información porque no se hace lo más básico. ¿No sería más fácil exigir al periodismo su función? ¿O quizás no conviene?

Lo más reciente que tenemos es el último informe del Reuters Institute: en España ha caído 30 puntos el porcentaje de personas muy interesadas en las noticias. El 38% nos evita porque las noticias les desaniman, les cansa demasiado la política o consideran que son sesgadas. Quizás la alfabetización mediática ha estado muy ausente en este país o quizás hay que pedirle a la gente que haga también del periodismo una militancia. Aunque también creo que es complicado en esta tendencia de poner a expolíticos de tertulianos, como si fueran fuentes de referencia informativa.

El escándalo sobre los audios de Ferreras - Villarejo se suman al espionaje (que ya conocimos) de una cúpula policial a Pablo Iglesias. Pero es que cada día nos absorben una oleada de noticias falsas. Y, aún más, desde la llegada de este último Gobierno con aquello de que era ilegítimo o ilegal, cuando no. Lo que ocurrió durante la pandemia, mientras morían centenares de personas, fue una absoluta vergüenza. Los bulos circulaban en tertulias que parecían más una conversación entre "cuñaos" en la barra de un bar, cuando había solo que leer el BOE para parar alguna de las mentiras. Recuerdo el cese de Pérez de los Cobos y todo lo que se montó para que, luego, la noticia de la decisión de la Audiencia Nacional quedara en unos breves. Recuerdo el informe falso con recortes de prensa de "medios" sobre el 8M como causa de la expansión del coronavirus. Más atrás, tenemos cómo tanta prensa miró hacia otro lado en los años de máxima corrupción. Y aún más atrás, la gran fake news de los atentados del 11M y cómo llegamos a la guerra de Irak. De aquellos barros, estos lodos.

La libertad de expresión e información, recuerdo, está condicionada porque esta sea veraz, como recoge la Constitución. Este descontrol de desinformación no es solo un daño a la democracia o a determinados partidos políticos, con la enorme gravedad que ya representa. Es que está ya afectando a la vida de la gente a diario, desde quien miente con el Covid y ha hecho que alguien no se vacune, pasando por un debate falso sobre la eutanasia que ha traído mucho sufrimiento, a negar el cambio climático o quien niega la violencia de género y disuade denunciar. Y lo peor de todo es que parece imparable este crecimiento. Quizás porque, a veces, ni siquiera la justicia es justa cuando se pide amparo.


Los periodistas siempre somos señalados, sobre todo, según qué discurso mantengamos. No me ha gustado nunca el compadreo entre periodistas y políticos, y eso ha ido en mi contra porque me han "vetado" en sitios y medios "progresistas". Si yo me dediqué, en gran parte, a centrar mi trabajo como docente de universidad es porque no me gustaba lo que veía. Marcar líneas rojas a veces es necesario. Yo siempre he rechazado ofertas políticas y mi presencia como ponente en actos de cualquier partido político. Y eso me da la libertad de escribir esta columna, aunque también ha sido paradójico ver estos días cuestionados o dar lecciones de periodismo compañeros que me cuestionaron a mí años antes, en público, sin saber, como quien hace una caza de brujas. Porque siempre parece buena ocasión para tirar al barro a las periodistas que nos dedicamos a la información feminista, por muy de izquierdas que se sea. Y también cuando son los propios partidos quienes generan ese recelo a las propias feministas, que también perjudica a todos.

Recuerdo en mis años de alumna en la universidad cómo se hablaba de la crisis de la prensa y se señalaba a la tecnología como única responsable. Y, no es solo eso. La mayor crisis es de contenido. Un contenido que difunde mentiras se carga la democracia y el prestigio de la profesión. Y, desde mi visión más modesta, sólo tienen una solución fácil: la de menos corporativismo y más honestidad. Y también más responsabilidad sobre cómo nos informamos. Quizás solo así mejore el periodismo que vendrá.