Otras miradas

Darwin, los chimpancés y el orden mundial: de Ucrania a Taiwán

Federico Zurita

@FedericoZurita3

Manifestación en contra de la presencia de la portavoz de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, en Taiwán. REUTERS/Ann Wang
Manifestación en contra de la presencia de la portavoz de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, en Taiwán. REUTERS/Ann Wang

El paradigma darwiniano establece que un exceso de fecundidad en todas las especies, condena a los individuos a luchar por los recursos que posee el territorio, que por definición, son escasos.

Esa omnipresente escasez de recursos deviene inevitablemente en una lucha despiadada entre los distintos individuos por apoderarse de ellos. Aquellos individuos que consiguen los recursos tendrán la energía que se requiere para el apareamiento y la reproducción, con lo que las características que poseen (el comportamiento incluido) serán transmitidos a los descendientes.

Los que fracasan en esa lucha por los recursos (por el territorio que los tiene) no dejarán descendientes y acabarán extinguiéndose. Esa lucha por el territorio explica por qué un león mata a los cachorros de hienas y guepardos y por qué un grupo de chimpancés emprende (si calcula que va a tener éxito) una labor de aniquilación del grupo colindante de chimpancés. Suele ocurrir que el cálculo es correcto, con lo que el grupo que inicia la guerra extermina al otro, ocupa ese territorio y explota los recursos  que contiene.

Es creencia común y equivocada que la especie humana escapa de la jaula darwiniana. No es así. Veamos.

Ya los asirios hace 4000  años llevaban a cabo lo que hoy conocemos como genocidio y limpieza étnica: exterminaron pueblos enteros y se adueñaron de sus territorios. A otros los desplazaron y los hicieron desaparecer; hoy lo llamamos etnocidio.

No fueron menos los atenienses con los melios hace 2500 años. Ejecutaron a todos los hombres y salvaron de la masacre a mujeres y niños melios, que eso sí, pasaron a engrosar la masa de esclavos para provecho de Atenas. Los romanos eran también implacables con los pueblos que no se les sometían sin oponer resistencia...

Más de dos mil años después lo hicieron los belgas de Leopoldo II con los congoleños,  los alemanes con los Herero, los turcos otomanos con los armenios,  los nazis con todos, y los soviéticos con la más mínima de las disidencias que podía estallar en los extensos territorios que ocuparon tras la II Guerra Mundial.

¿Qué decir de los israelíes arrebatándole territorios a los palestinos desde 1948 hasta hoy día por el uso de la misma fuerza apabullante que poseen? No tienen más derecho que el que les da el uso de su fuerza, que es mucha.

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín y el desplome de la URSS parecía que esa espantosa práctica pertenecía a un pasado que no volvería, resurgió la limpieza étnica y el genocidio en contextos tan distantes y tan distintos como entre serbios, croatas y bosnios en los Balcanes y entre hutus y tusis en la África de la última década del siglo XX.

En febrero de este mismo año 2022, pasó lo impensable: una guerra en territorio europeo. Rusia invadió Ucrania pero erró el cálculo; a veces les pasa también a los chimpancés, que se equivocan al valorar las fuerzas del enemigo. Ucrania no se amilanó, mostró una resistencia feroz y Occidente (por interés propio, desde luego) la apoyó dando lugar a un conflicto sangriento que parece cronificarse. Naturalmente que hay quien saca beneficios de ello, los primeros, obvio, los fabricantes de armamento.

Ante unos EEUU en cierta decadencia y una China en ascenso y para que nada falte, y seguro que tras un minucioso estudio de la nueva geopolítica mundial, Nancy Pelosy visita Taiwán y China reactivamente moviliza sus tropas a lo que Taiwán responde activando a las suyas y mostrando su poderío militar. Es un ejercicio de disuasión mutua antes de llegar a la solución sangrienta por la violencia; lo hacen también los guepardos, los leones y los primates no humanos.

Como ya lúcida y amargamente reflexionó Arthur Koestler, "el único sonido que reverbera a través de la Historia es el de los tambores de guerra". Darwin, puro Darwin.