En bicicleta por Pekín

La Tianjin olímpica y el mundo

Todo el mundo me había hablado tan mal de Tianjin, que al final hasta me pareció interesante. A 115 kilómetros de Pekín, la ciudad cuenta con un mercado callejero lleno de antigüedades (billetes de la época republicana, monedas de varias dinastías, recuerdos comunistas), un bonito paseo junto al río, edificios modernistas (como el estadio olímpico) y un ambiente de pueblo que todavía permanece en una ciudad-región de 12 millones de habitantes. Por encima de todo esto, tal vez lo más impactante sean los edificios de diseño occidental en una ciudad tan china. En la zona portuaria y en el distrito de Wudadao se pueden ver barracas italianas, calles londinenses o casas de la burguesía francesa.

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Todos estos edificios son la herencia dejada por las potencias occidentales tras convertirla en colonia a finales del siglo XIX y principios del XX. Las potencias extranjeras (en Tianjin estuvieron ingleses, franceses, alemanes, austro-húngaros, belgas, italianos, rusos y japoneses) disfrutaban de concesiones donde se regían por sus leyes, tenían su propia prisión, escuela y hospital. Tianjin, tan cerca de Pekín y del mar, era un punto especialmente jugoso para desarrollar el comercio.

Aunque desconocida para la mayoría de occidentales, la historia de la colonización china es un episodio importante en este país. Significó la decadencia más grande del Imperio, el momento en el que China tocó fondo. Para una civilización que se consideraba la más avanzada del mundo, la derrota frente a las potencias europeas significó un trauma del que todavía no se ha recuperado. Aunque hubo muchos otros factores internos que contribuyeron al hundimiento del país, los occidentales destrozaron el ejército chino, impusieron indemnizaciones millonarias, introdujeron el opio en el país, destrozaron monumentos chinos y se aprovecharon de sus recursos. Fue la época de la "humillación" y los "tratados desiguales" (entre ellos el Tratado de Tianjin).

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Tiempo después de esta calamidad histórica, China le ha dado la vuelta a la tortilla y hoy organiza unos Juegos Olímpicos. En el estadio de Tianjin tengo la suerte de ver el partido de fútbol entre Estados Unidos y Japón. Un partido que en lo futbolístico no parece aportar gran cosa, pero que sitúa en China a dos de los enemigos tradicionales del país. Por un lado, Japón, el único país asiático partícipe de la "humillación" china y el que más atrocidades cometió. Todavía hoy hay tensiones importantes entre los dos países y la población guarda un resquemor evidente hacia sus vecinos. Por otro, Estados Unidos, que durante buena parte del Maoísmo se convirtió en el diablo capitalista por excelencia. Hoy, Estados Unidos, con una influencia importantísima en China, despierta casi tanto odio como admiración.

En las gradas del estadio, tres jóvenes chinos disfrutan de la fiesta olímpica. Trabajan en una empresa de Tianjin que hace piezas para automóviles y las entradas se las ha regalado su jefe (son las más caras). Se respira muy buen ambiente en el estadio y las rivalidades parecen no formar parte de la cita olímpica. Todo el público se pone en pie cuando suenan los himnos de Japón y Estados Unidos. Cuando les pregunto quién quieren que gane, uno de ellos me responde que "ni siquiera lo había pensado". Otro lo tiene mucho más claro: "Yo quiero que gane Japón. En los últimos años han jugado muy bien, así que espero que ganen ellos".

En el estadio se pueden ver cientos de japoneses que animan a su país. El chico más hablador de los tres me comenta que cada vez hay más extranjeros en Tianjin, sobre todo japoneses. "También hay muchos coreanos", me dice sin quitar un ojo del partido. En su empresa, cuyo jefe es chino, hay varios canadienses, estadounidenses e ingleses.

Y es que, a pesar de un sentimiento chino muchas veces reforzado con críticas hacia Japón u Occidente, la nueva China ha conseguido su milagro económico de los últimos 30 años gracias a su apertura al mundo. Esta es la paradoja que vive hoy el país: la de haber sabido basar el renacimiento de la Gran China en su contacto con el extranjero. Basta con mirar a las sedes de estos Juegos Olímpicos: de las seis tan sólo en una (Qinhuangdao) no hubo concesiones extranjeras. El desarrollo chino se ha focalizado en la costa, en muchos de los lugares que los europeos querían abrir al comercio (entre ellos Tianjin, convertida en Zona Económica Especial). El ejemplo más espectacular de desarrollo económico, la ciudad de Shenzhen, se debe tan sólo a que está a un paso de Hong-Kong. Después de comenzar su apertura en el campo a finales de los 70, la receta del desarrollo chino ha estado basada en el crecimiento de las inversiones extranjeras, la instalación de empresas foráneas en el país, las exportaciones y la adquisición de conocimiento tecnológico.

Cualquier occidental que haya pasado un par de días en China se habrá dado cuenta de las pasiones que despierta en este país. Hay curiosidad y muchas veces admiración. Como si por el mero hecho de ser extranjeros tuviéramos aptitudes especiales. Los jóvenes chinos se mueren por ver los éxitos de Hollywood, comen en el Kentucky Fried Chicken y buscan su inspiración en el rock inglés.

Al mismo tiempo, hay un fuerte sentimiento de exclusividad china. En la tradición de este país, siempre ha habido una diferencia clara entre dentro y fuera del Imperio, entre ser o no chino. El renacimiento de la nueva China también ha traído consigo un nuevo nacionalismo. Todavía hoy, algunas de las inversiones japonesas son vistas con recelo por muchos chinos, que lo consideran una nueva forma de invasión. Cada vez que el Gobierno francés se sale de tono en sus exigencias de derechos humanos , las empresas francesas tiemblan ante una posible reacción airada de sus clientes chinos.

Una vez acabado el partido de fútbol  (EE.UU. 1 – Japón 0), mis tres compañeros de grada se sacan una foto conmigo. Me piden mi número de teléfono y me invitan a volver a Tianjin. Ya fuera del estadio, consigo un taxi para que me lleve hasta la estación de tren. El taxista, un chico joven originario de Tianjin, está de buen humor y tiene ganas de hablar. Comentamos varias cosas sobre los Juegos Olímpicos y le digo que Tianjin me ha dejado una buena impresión. Al poco rato, su voz se vuelve más seria. Hablamos de los altercados en el Tibet y se indigna porque muchos países occidentales no están contentos con que los Juegos se celebren en China. "Los países occidentales son malos", me dice directamente. Cuando salgo del taxi, me doy cuenta de que en el coche tiene una figura de Michelin y otra de Garfield.