ANTONIO COSTA – Predicar con el ejemplo.

Berto Romero

Leía el lunes en la edición digital de ABC una crónica de Belén Rodrigo sobre el cambio de despacho del alcalde de Lisboa, Antonio Costa. Desde hace ya medio año, Costa ha trasladado la alcaldía de la ciudad al barrio de La Mouraria, uno de los más deprimidos de la capital, conocido por ser el centro de la droga y la prostitución lisboeta. Uno de esos barrios por donde conviene no pasear a según que horas. En los últimos seis meses, se han comenzado a notar algunos cambios en las calles, alguno de los prostíbulos ha cerrado y se han abierto algunos comercios. Se intuyen síntomas de recuperación. El plan del alcalde es permanecer allí durante dos años para ayudar en el proceso de la rehabilitación.

El resto de la semana lo he pasado intentando buscar tema para esta columna, pero mi cabeza volvía una y otra vez a la iniciativa del alcalde de Lisboa. Aplaudo el gesto y quiero reconocer en él el dibujo de una vía posible para la recuperación política. Provocado sin duda por que poseo un temperamento siempre dado a decantarse antes hacia la ingenuidad que hacia la suspicacia. Odio volverme cínico, me parece que seca mi alma, mata mis esperanzas y lo que más me preocupa, agria mi sentido del humor.

La política ostenta el dudoso honor de haber conseguido que la palabra promesa haya sido connotada como sinónimo de mentira. Quizá la única manera de recuperar el favor de la ciudadanía sea la ejecución de actos concretos, como el de Antonio Costa. Si se trata de votos, no dudo que el acto de arremangarse atraería de nuevo a muchas personas a los partidos.

Los psicólogos hablan del círculo vicioso de la autoconfianza. Consiste en un diagrama que muestra los tres motores de la conducta humana: hacer, pensar y sentir. Cada uno afecta al siguiente. Lo que haces modifica tu forma de pensar, y tu forma de pensar afecta a tus sentimientos, que te predisponen para hacer una cosa u otra. Para cambiar la propia conducta se debe cambiar el funcionamiento de uno de los tres motores, para que la nueva dinámica contamine a las siguientes. Y aconsejan comenzar por el “hacer”, por ser el más fácilmente modificable. Acciones, no palabras. Lo que comúnmente se conoce como “predicar con el ejemplo”.