Persona, animal o cosa

FREDDIE MERCURY - Posesión.

Berto Romero

El jueves se cumplieron 20 años de la muerte del gran Freddie Mercury, a quien me une una estrecha relación de posesión espiritual. Todo empezó en 1988, cuando descubrí el directo Live Magic (1986) entre los discos de casa. Mis gustos musicales se formaban como reflejo de los de mi hermano, diez años mayor que yo, cuyos vinilos pinchaba cuando él no estaba. A partir de ahí fui explorando por mi cuenta toda la discografía de Queen, y como le ocurrió a tantos en mi generación, escuché hasta la extenuación el Greatest Hits Volumen 1 y 2.

La primera vez que vi a Freddie Mercury en televisión caí en una especie de trance. Me hipnotizó como un faquir a una serpiente. Me dejaba boquiabierto la energía que desprendían todos y cada uno de sus movimientos, la seguridad y arrogancia con que se enfrentaba a las masas, y sobre todo aquellos desplantes al público al borde del escenario, chulo como un torero. Únicamente con aquella actitud ya habría sido un gran artista, pero por si fuera poco, cabalgaba aquella voz imponente, con la que jugaba como si cantar de aquella manera portentosa fuera lo más fácil del mundo.

En la última etapa de mi trabajo en el programa "Buenafuente" me reencontré con Mercury de una forma muy especial. Hice de él una imitación, como todas las mías, falta de técnica y rigor, pero con la voluntad de suplir estas carencias con algo de creación propia. Fue y sigue siendo la única vez que un personaje me ha poseído en un plató de televisión. Mis compañeros de programa lo saben. Descubrí que mi cara era parecida a la suya. El maquillaje para interpretarle era mínimo. Un bigote, una dentadura falsa, el pelo engominado hacia atrás y un par de líneas de expresión para acentuar los pómulos. Mi expresión se volvía fiera y altanera, me veía en los espejos como él. Entraba en una espiral de furia en la que a duras penas podía canalizar una energía impropia de mí. Atesoro esos momentos con gran cariño y me gusta pensar que emanaron del propio Freddie. De la fuerza que aún conservan mis primeros recuerdos de él.