Lengua y poder

La lengua, esa preciosa herramienta concebida para el entendimiento entre los seres humanos, puede ser excusa para absurdas polémicas, incluso para enfrentamientos entre comunidades. Los dueños de la lengua no son los políticos, tantas veces pervertidores de la semántica para deformar el lenguaje con la intención de cambiar la realidad cuando esta no les favorece. Su auténtico dueño es el pueblo, que es el gran poeta del idioma, el único que lo ha ido forjando –golpe a golpe y verso a verso– al trazar el único camino para el entendimiento: la palabra.

JORDI S. BERENGUER BARCELONA

Emotivo, pero no me lo creo mucho, Jordi, lo lamento. Como tuvo la paciencia de explicarle Humpty Dumpty a Alice, la cuestión no es el significado: “The question is which is to be master, that’s all”. Se trata de quién manda aquí, eso es todo. El que tiene poder impone el significado: cuando yo uso una palabra (le explicaba Humpty Dumpty a la repelente niña), significa lo que yo decido que significa. ¿El pueblo dueño del lenguaje? Como diría mi hija: ¡y ahora voy yo y me lo creo!

¿Son las lenguas una excusa para “absurdas polémicas”? No es la lengua, es el poder, que será cualquier cosa menos absurdo. Por eso me parece que hay que cambiar la sociedad, no sólo la lengua. ¿“Concebida para el entendimiento”, dice? Concebida ¿por quién? No será por Dios: es la ambición de poder, materializada en la construcción de la torre de Babel, la que lleva al tirano de turno (un tal Yahvé) a crear lenguas distintas, para debilitar a la oposición y conservar el dominio: divide y vencerás (el tal Yahvé ya era un viejo zorro).

Con las más santas intenciones (que los ministros digan “miembras” o decir, en lugar de la chacha, “la persona que me ayuda en casa”) o con las más aviesas (sobran ejemplos), la cuestión siempre es quién manda, el poder. Los políticos al fin y al cabo no son más que empleados, pero no me acabo de creer que los propietarios de los recursos, del tiempo de los demás, de su fuerza de trabajo, de la riqueza o de los bienes inmuebles, no sean también “los dueños de la lengua”. ¿Se la dejan al pueblo? ¡Ni que fueran tontos!