El fruto de tu muerte

Ha muerto uno de los corredores de los encierros de San Fermín. Lo siento mucho. Pero no por el hecho de que haya muerto, sino de la forma en que lo ha hecho. Personalmente no me sorprende una muerte en un evento como el mencionado; como tampoco me ocurre cuando un torero fallece o es corneado por un toro; jugar con fuego tiene estas cosas. Lo que realmente lamento de esta muerte es lo evitable que era; es escuchar y leer en las crónicas periodísticas que la fiesta sigue y que «estas cosas pasan», que ha sido «mala suerte» o que «le tenía que tocar a alguien y ha sido a él». Pocas muertes son tan estériles como ésta. En nombre de la tradición y de la adrenalina propia y ajena… que viva San Fermín.IGNACIO CABALLERO BOTICA. MADRID 

No estoy de acuerdo: muchas muertes son tan estériles como ésa. La mayoría, en mi opinión. ¿Le parece, en cambio, más fructífero, morir o dejarse los dedos de los pies por subir a un ochomil? Al fin y al cabo, ¿qué se les ha perdido en el pico de un monte? ¿Quién les mandaba escalar, a sabiendas de que era peligroso? ¿Lo hacen “en nombre de la tradición”, de la adrenalina o para salir por la tele? 

Aparte de no tener remedio, morirse me parece casi siempre inútil: no soy nada partidario. ¿Qué más da que sea delante de un toro, en carretera, en la guerra de Obama en Afganistán o por subirse a un andamio a cambio de dos duros? Inútil y trágico: por eso no comparto esa propensión a dictaminar si una muerte es estéril o no. ¿Desde dónde se juzga eso?  

No creo que ninguna muerte tenga sentido. A lo único que sí podemos darle sentido es a la vida. Sin embargo, cada uno tiene que hacerlo por su cuenta, con sus propios medios. Y tampoco me atrevería yo a juzgar con severidad: no encuentro sitio lo bastante alto o lo bastante cerca para ganar perspectiva y saber si ese pobre chico consiguió darle sentido a su vida o no. Ni él ni mi vecina ni Vicente Ferrer ni Michael Jackson. También confío en que, por muy convencido que estuviera de la esterilidad de la vida o la muerte de cualquiera, tendría la amabilidad de callarme. Me avergonzaría decir en voz alta: ¡él se lo ha buscado!