Opinion · El repartidor de periódicos

De las cunetas al Tarajal

 

Ya escribí aquí en una deshonrosa ocasión que el fichaje por La Razón de Jorge Fernández Díaz, ex ministro de Mariano Rajoy, era una de las más gloriosas nuevas para comprender el arduo camino hacia la mentira que transitan nuestros viejos periódicos de papel. El absurdo. Se puede escribir literatura del absurdo, pero no hay forma de hacer literatura para el absurdo. Y eso es lo que intenta nuestro ex ministro de Interior, aquel que tenía un ángel de la guarda llamado Marcelo que le ayudaba a aparcar, o el mismo señoritingo del Opus que, muy piadosamente, ordenó asesinar a quince africanos desarmados en el Tarajal el 6 de febrero de 2014.

No sé si os acordáis de aquel frívolo suceso. Aquella noche, un grupo de migrantes saltó la valla de Ceuta y se echó al mar para alcanzar ilegalmente la costa española. La Guardia Civil, desde sus lanchas, disparó pelotas de goma y botes de humo tóxico, y se ahogaron 15 morenos (perdonad que mimetice su lenguaje). Jorge Fernández Díaz, el hoy reposado columnista del diario de Planeta, dio la orden. El editorial de El País de este viernes contaba así las novedades sobre aquel desafortunado suceso: «La titular del Juzgado de Instrucción número 6 de Ceuta, María de la Luz Lozano, decidió el pasado martes procesar a los agentes de la Guardia Civil que, en febrero de 2014, se vieron envueltos en un incidente fronterizo en el que perdieron la vida 15 personas que se disponían a entrar ilegalmente en España a través del mar». Pues vaya incidente en el que se vieron envueltos. O sea con el moderno lenguaje periodístico.

El Mundo recogió la respuesta de las asociaciones de guardias civiles: «Son cabezas de turco. Que se investigue a quien dio la orden. Un guardia civil no carga el arma y dispara pelotas de goma si no se le obliga. Dependían de un superior jerárquico y dispararon porque él se lo mandó. Si se les dice que carguen, no pueden hacer otra cosa que obedecer». La Unión de Oficiales añade: «Nos sentimos profundamente desamparados y desprotegidos por parte de los diferentes gobiernos en situaciones como la que nos ocupa, cuando no hacemos otra cosa que cumplir con lo que se nos encomienda, que es impermeabilizar la frontera española». El auto de la jueza aclara que todo esto «no puede ser justificación para recurrir a prácticas incompatibles con los derechos humanos».

Como no hay autopsias –insisto, no hay autopsias: eran morenos–, calculo que los dieciséis guardias civiles serán exonerados. Y ya está exonerado, pues nadie reclamó su presencia en este torneo judicial de iniquidades asesinas, nuestro casto y probo Jorge Fernández Díaz, quien, mientras rezaba al pacifista Cristo (Rey), había ordenado la salvajada del grupo salvaje.

Lo importante es que Jorge Fernández Díaz, en la semana del procesamiento de sus subalternos, escribe una columna en La Razón sobre la exhumación de los restos de Franco. «Para mí la cuestión es grave, pues está en juego la libertad en sus diversas expresiones: de opinión, cátedra, propiedad, religiosa…», nos explica el docto ex ministro.

Los asesinos del presente, del pasado y del futuro se protegen entre ellos. No sé qué tiene que ver la «libertad de opinión, cátedra o religiosa», a las que alude JFD, con lo de Franco. La «libertad de propiedad» sí que la entiendo. Estos señores son los propietarios del derecho a asesinar. Y lo dicen en un periódico. Con la misma delicadeza con que admiran el aleteo de una mariposa mientras ordenan asesinar a un moro a nado.

Dice El País en su editorial que «las 15 muertes en la playa de Ceuta fueron especialmente odiosas porque fueron gratuitas». Lo primero, no son muertes: son asesinatos. Lo segundo, no «son muertes especialmente odiosas por gratuitas»: eso jamás se diría sobre una víctima de ETA. Son un crimen que hay que juzgar. Si a Adolf Hitler se le aplicara el mismo rasero judicial y mediático que a JFD, hoy estaría tomando el sol en Torrevieja y escribiendo en La Razón

Aceptamos nuestros odiosos crímenes gratuitos. Nadie se atreve a decirlo con todas las palabras. Y menos los viejos periódicos, a quienes las palabras gratuitas y odiosas están traicionando. Hemos pasado de enterrar a la gente en las cunetas a hacerlo en las aguas del Tarajal. Sin darle demasiada importancia. Son cosas del pasado. No reabramos aquellas heridas. Pero no somos nosotros, los que quizá tengamos futuro, los que reabrimos las heridas. Las reabren los muertos, que solo tienen pasado. Y, mientras, los crímenes de Estado los aparca un angelito llamado Marcelo. Y así nos va.