Opinion · El repartidor de periódicos

Vampirizando cultura

En estas noches oscuras, tempestuosas, voraces de pesadillas y habitadas por las criaturas del invierno, consideré oportuno, harto ya del infantiloide parchís político, pegarme un hartazgo con el Drácula de Netflix. No suelo ver series. Pero todo lo relacionado con el personaje de Bram Stocker, desde mi infancia, me ha fascinado. Y, además, tanto nuestros amados viejos periódicos como las gacetillas volanderas de internet como esta, me anunciaban una nueva epifanía cinematográfica, una obra maestra del siglo XXI, un goce para mis desensibilizadas sinapsis. Quizá por eso, por el exceso de ditirambo leído previamente, la serie me pareció una puta mierda. Cuatro horas y media de vulgaridad más o menos bien empaquetada. Una sanguijuelenta sangría para mi escaso tiempo. Y mi decepción me llevó a cavilar sobre el papel de los periódicos en la difusión contemporánea de la cultura.

Me había contado Sergio del Molino en El País, por ejemplo, que la serie le parecía «un pastiche soberbio», calificaba al chupasangres interpretado por Claes Bang de «fascinante», y me remitía impúdicamente a El séptimo sello de Bergman, lo que me hizo recordar una frase vieja y racista que me repetían mis abuelas ha ya siglos: «No confundir a dios con un gitano».

En ABC se calificaba la serie ideada por Mark Gattis y Steven Moffat –creadores de la mucho más brillante Sherlock— como «terror clásico del bueno sin resultar viejo». Humor de categoría sostenido en personajes «fascinantes». Y todo en este plan.

No es la primera vez que observo estos excesos verbales cuando leo sobre las producciones de estas nuevas plataformas que se han adueñado de la cultura, colapsando páginas y páginas de periódicos y revistas con eruditas exégesis de productos mediocres. Como si se tratara de publicidad encubierta. O de mero papanatismo ante el poderoso. Ante el auriga multimillonario que se cree con derecho a decirnos lo que debemos y no debemos ver, leer, escuchar.

Escribió el semiólogo mexicano Fernando Buen Abad: «Rápido nos educaron para que nos gustaran los “gustos” del patrón, su forma de vida, sus valores, sus comodidades y su poder. Rápido nos educaron para que dejaran de gustarnos nuestros pares y comenzaran a ser de nuestro gusto todas las personas y las cosas que nacen, crecen y se reproducen en el seno de la clase que nos explota. Y nos educaron para comprar y comprar todo lo que ellos inventan”.

Una de las frases más aclamadas por la crítica al recensar este Drácula de Netflix es la que asegura que la democracia es la tiranía de los mal informados, una idea, por otra parte, nada novedosa, aunque quede graciosilla pronunciada entre los colmillos de un vampiro.

De eso se trata. Desde la transición hasta hoy, hemos visto cómo las secciones de cultura de nuestros periódicos han sido prácticamente vampirizadas por los patrones, mayormente norteamericanos. Casi impúdico fue el seguimiento periodístico cotidiano a los avatares de los personajes de la serie Juego de tronos. Estoy casi seguro de que en esta última década, solo en España, han corrido más hectolitros de tinta sobre esta serie que sobre el Quijote, por poner un modesto ejemplo.

Se ha perdido el personaje del periodista buscador de novedades, sorpresas, rarezas, innovaciones, hallazgos culturales. No hay espacio. Recuerdo que, hace 25 años, cuando publiqué mi primera novela en una editorial casi clandestina, tanto El País como ABC, entre otros, la reseñaron en sus sabatinas páginas nobles de cultura. Hoy sería impensable.

No digo que ya no se descubran obras nuevas. Pero, para conseguirlo, además de la obra tienes que aportar personaje, y el personaje ha de ser propio el autor, el músico, el director, con alguna rareza o excentricidad graciosa que permita cierta condescendencia a los reseñadores y alimente los apetitos más morbosos del público. Si lo consigues, todos los periódicos, radios y televisiones te preguntarán lo mismo en indestinguibles entrevistas, generalmente realizadas por gente que no te ha leído, ni escuchado, ni visto: solo le ha llamado la atención tu rareza. En ese sentido, como periodistas, creo humildemente que no estamos haciendo bien nuestro trabajo. Perdón por la melancolía.

PD: Interesante trabajo en eldiario.es al respecto: «Una de cada tres películas que se ven en el mundo pertenece a Disney». Los criogenizados somos nosotros.