El repartidor de periódicos

El ventilador de Ayuso

Cuando este viernes vi que El Mundo titulaba su editorial  El ventilador contra Ayuso pensé que la comunidad de Madrid, gratis, había contratado a un joven emprendedor multimillonario de aires acondicionados que iba a poner climatización en el apartamento regalado a la presidenta en caso de que llegaran las calores del verano. Imaginaba a la hidra sociocomunista, con los sobacos húmedos, escrachando a ISA al grito de:

Presidenta, dimisión, / con o sin ventilación.

Busqué literatura científica para comprobar si, quizá, el Covid-19 se podría eliminar diciendo tres veces diciembre bajo un techo alto y con un ventilador encendido. Cosas más raras se han visto en la ciencia. Pero solo encontré artículos en inglés, pues ya se sabe que los científicos son tan ineptos e ignorantes que solo publican en The Lancet idioteces escritas en una lengua ininteligible. Inasequible al desaliento, secuestré a un británico infectado, lo desnudé y le di un ventilador.

--Put the windmaker --le grité al inglés (para los que no tengáis un inglés perfecto, señalar que la frase significa pon el ventilador)-- y el pérfido albionés sanó cual pastorcilla ante la presencia de la Virgen de Lourdes. Nos abrazamos castamente, pues aunque los maricones tengan derechos no dejan de ser maricones, y dimos por solucionada la pandemia.

--¿Cómo te llamas? --le pregunté al inglés antes de despedirnos.

--Boris.

--Ya me parecía.

Plantó un besito aleve en el centro del aire y me dejó solo en el salón, con un montón de virus muertos desparramados por la alfombra y unos calzoncillos con la bandera de España que nunca lavaré. Como dicen los sesudos tertulianos: esto son hechos, no opinión.

Después recogí el periódico con la tranquilidad del que ya sabe que ha superado una pandemia, pasé sus páginas en diciembre delante de un ventilador de techos altos, por si acaso, y me dispuse a devorar la pieza titulada El ventilador contra Ayuso --The windmaker against Ayuso-- para descansar de tanto empeño epidemiológico con el que me había levantado por la mañana. Y he aquí mi decepción cuando constaté que la pieza editorial de El Mundo se refería a otra cosa.

Primero desconfié, pues ya se sabe que las hordas sociocomunistas son capaces incluso de manipular la prensa metiendo al descuido datos y otras perversas evidencialidades. Podría haber sucedido. He de reconocer que, durante ese rato de intimidad epidemiológica con Boris, yo había descuidado la vigilancia. Pablo Echenique no podía haber sido, pues su irrupción habría resultado demasiado aparatosa para pasar desapercibida. Tampoco El Coletas, demasiado ocupado en ordenar a los policías que lo protegen en su Xanadú de Galapagar que cambien los pañales a tanto niño. Quizá Rafa Mayoral, que tiene esos párpados caídos de espía al que le aburre lo que decimos los humanos.

Como malicio que esto de Público también es un periódico, por deontología profesional he de asegurar que fue Rafa Mayoral el que lo hizo, amparándose en diciembre, en los techos altos de mi salón y en el ruido gimiente que hacía el ventilador de Boris. Mayoral se hizo un Merlosgate en mi casa, pero vestido, pues ya se sabe que los sociocomunistas no tienen ni siquiera para un desnudo.

"Lo primero que muere en la guerra es la verdad y lo primero que muere en una pandemia gestionada pésimamente por un gobierno socialista es la presunción de inocencia", arrancaba el editorial de El Mundo, con esa sabiduría que les da a los editorialistas de El Mundo el hecho de vivir siempre dentro de una pandemia gestionada por gobiernos socialistas. La pregunta es: ¿de qué inocencia tiene que presumir Isabel Díaz Ayuso, si fui yo el que estuvo con Boris Merlos? La verdad es que cada día entiendo menos los periódicos. Voy a apagar el ventilador y a recoger los cadáveres de coronavirus desparramados por Boris en la alfombra, que si no les echas mascarillas a dos metros de distancia luego huelen.