Opinion · Rosas y espinas

No soy Mariano Rajoy

Según Manuel Vázquez Montalbán, Felipe González no se murió de éxito, sino que se cansó de ser Felipe González. A Mariano Rajoy, un año después de ganar las elecciones, le pasa lo contrario. Se muere de no haber sido nunca Mariano Rajoy. Está cansado de no haber sido nunca Mariano Rajoy. De seguir siendo un alumno al dictado. El chico de los recados de la banca. El yorkshire lamededos de Merkel. El espantapájaros contra la revuelta social sureuropea. El comisario de una policía mamporrera de la periferia mediterránea. Mariano Rajoy se creyó que ganaba las elecciones para gobernar, pero en su cortedad enseguida asumió, dócilmente, que las había ganado para ser gobernado. Es la primera vez que sucede algo así en nuestra democracia. Y no toda la culpa es suya. Buena parte de la culpa es nuestra por votar a tontos y a locos (apréciese el giro feminista). O por no votar.

El caso es que, si uno se fija en la tele y en los canales porno, Rajoy es el que menos sale. A quien realmente se ve en la jodienda es al ministro de Economía, Luis de Guindos, al Montoro de Hacienda, a la vice Soraya, a la secre Cospedal, al culturetas Wert, a la alcaldísima Botella y hasta a la delegada del Gobierno en Madrid Cifuentes. Que una delegada del Gobierno de una provincia periférica como Madrid (Artur Mas diría) te robe el protagonismo, Mariano, ya es de tralla. Ella es rubia y tú eres nadie.

Durante este primer año mariano, Rajoy solo ha perdido puntos en las encuestas por incomparecencia, por no estar, por no existir, por esfumado. Rajoy se ha inventado al presidente que no preside, al gobernante que no gobierna, al útil que ni siquiera ha de ser necesariamente tonto, al cero a la izquierda que tanto necesitaba la derecha. Porque la derecha no es una ideología, ni un partido político, ni siquiera es una tendencia trendy. La derecha es el dinero que no se presenta a las elecciones. Es la españolidad patriota que esconde en Suiza la pasta cuando las ve mal dadas. Es la iglesia que condena al fuego eterno a los matrimonios homosexuales mientras premia a sus obispos pederastas. Es la amnistía fiscal a los blanqueadores del dinero narco y de las armas. Es el ministro Morenés vendiendo bombas de racimo cinco minutos antes de entrar en misa. Son los fondos de I+D+I arrebatados a la investigación contra el cáncer para derivarlos a verificar la autenticidad de la sábana santa bajo la que duerme Rouco. Es la iniquidad y es la incultura.

Por eso Rajoy es el mejor presidente de Gobierno que podrían haber elegido estas posmodernas derechas, porque Rajoy no existe, ni siquiera ha demostrado un mínimo de conciencia en todo este año, o de dignidad, o de humanidad, o de corporeidad, o de ideas, o de cosa. Rajoy es un holograma, una entelequia ceceante, una barba eternamente a remojar, y no me extrañaría que mañana acuñaran su careto en los billetes de 500 pavos, porque lo está haciendo muy bien. Lo está no-haciendo cojonudo. Es el mandatario mejor mandado. Ni siquiera es el recadero. Es el recado.

La izquierda fluorescente anda diciendo que Rajoy debe convocar elecciones porque no ha hecho más que mentir durante este año. Porque ha contravenido cada una de las promesas de su programa electoral. No. Lo triste es que Rajoy no ha mentido. Rajoy ni se ha enterado. Rajoy ni siquiera existe. Rajoy es polvo es humo es sombra es nada. Rajoy es un año perdido. Una primavera sin lluvia. Una jaula sin pájaro y sin canto. Si mañana le ordenan a Rajoy que se ponga un uniforme con charreteras y se eche el fusil al hombro contra España, él se las pondrá, pero levantará el teléfono y se lo sugerirá a un ministro, y el ministro lo imitará y se lo propondrá a un delegado del Gobierno, y el delegado mandará un fax ordenándoselo a un policía. Como hace con los desahucios. O cuando la turbamulta mugrienta rodea el Congreso. No. La culpa no es de Rajoy. La culpa es de los que no sabemos hacer la revolución contra la perversa vaciedad de un holograma. Contra alguien que nunca ha sido.