Rosas y espinas

Racismo

Los atletas españoles Ana Peleteiro y Ray Zapata, medallistas en los JJOO de Tokio. Foto: RTVE
Los atletas españoles Ana Peleteiro y Ray Zapata, medallistas en los JJOO de Tokio. Foto: RTVE

Parece mentira, pero en pleno verano de 2021, año y medio después de la muerte del Nexus-6 Roy Batty (o sea, que estamos en pleno futuro), se ha abierto un debate sobre si nuestros medallistas negros son más o menos españoles. Ni Pablo Casado ni Santiago Abascal se han dignado a felicitar a Ana Peleteiro y a Ray Zapata por sus hazañas olímpicas, claman los periódicos izquierdos. Este contexto frivolón y en pantalón corto nos está impidiendo ver la importancia del solo hecho de que estemos hablando de esto. El racismo repunta en España, y no sé si nos queremos dar cuenta.

Cuando de chaval empecé a vagabundear por Europa, descubrí por vez primera una razón para estar orgulloso de ser español: éramos, sin duda, mucho menos racistas que sociedades presuntamente más avanzadas como la alemana y la francesa. Ellos hacían mejores discursos que nosotros sobre integración, pero en la práctica, en la puta calle, los españoles mezclábamos mejor. No vi en el París de entonces, ni en Berlín, ni en ninguna gran ciudad europea la macedonia de alegrías de diversos acentos y colores que se percibía en algunos barrios de Madrid. Claro que había racismo. Y conflictos. Y bandas. Y reyertas. Y chistes sobre panchitos, judíos y negros, que en la Europa más hipócrita y pitiminí ya habían sido erradicados. Pero mi percepción honda es que estábamos llevando el rollo ese del multiculturalismo con mucha más naturalidad que galos y germanos. Quizá no en los despachos, pero en la calle, seguro.

Ahora, sin embargo, empiezo a respirar otra atmósfera. Y la polémica sobre si nuestra derecha se siente orgullosa o no de nuestros atletas negros, me avergüenza como pueblo. Los españoles, además, ni siquiera tenemos derecho a ser racistas sin caer en el ridículo: con nuestra mezcla de sangres, ser racista en España es casi más patético que ser el negro de Vox.

Escribo esto sin saber si llevo o no razón. A lo peor la edad me ha vuelto más suspicaz, y veo nuevos fantasmas donde antes, sencillamente, no los veía. Pero hay cosillas.

Cuando hace unas décadas la selección española de fútbol incorporó a sus primeros jugadores negros no hubo el debate que hay ahora. Más bien al contrario. Peloteros negros como Marcos Senna o Donato eran quizá los más queridos de la selección, como si nuestro subconsciente primario e infantil, ese que nos lleva al fútbol, demostrara mejores aptitudes que nuestro consciente político.

Ya sé que estoy pareciendo Heidi, pues es innegable que el racismo siempre ha poblado sectores de los estadios. Pero, y soy futbolero pasional, el racista español de los estadios siempre es minoría. Clamorosa, ruidosa y peligrosa minoría. Pero minoría.

Por eso ahora me entristece enormemente tener que escribir sobre un asunto tan natural como que dos medallistas españoles sean negros. Nunca imaginé que nuestra sociedad y parte de la clase política me bajarían tanto al fango. Como si tuviéramos que dedicar ahora nuestros escasos talentos a rebatir el terraplanismo. No me digáis que no damos pena.