Ruido de fondo

Cervantes for President

En la concesión de algunos Premios Nobel de Literatura parece pesar más el carácter político del escritor galardonado que la impronta de su obra narrativa. Y nos parece normal que así sea, porque damos por hecho que los escritores además de ser contadores de historias son, o deben ser, luminosos pensadores.

No sé si la vertiente intelectual de Vargas Llosa ha pesado este año en la concesión del Nobel. Se decía lo contrario: que no se lo daban por ser de derechas, como no se lo dieron a Borges. Aunque Borges no escribió jamás de política. Vargas Llosa en cambio sí es un escritor comprometido, aunque no creo que su nombre sea recordado nunca por su obra de pensamiento.

Lo gigantesco en Vargas Llosa es su obra narrativa. Su primera novela, La ciudad y los perros, y solo dos de las muchas que vinieron después, Conversación en la Catedral y La guerra del fin del mundo, bastarían para justificar este premio. Incluso su obra menor, el Pantaleón o La tía Julia, sería merecedora del Nobel.

Pero el don de contar historias no tiene por qué ir acompañado de esas virtudes que sólo poseen los verdaderos intelectuales: ausencia de prejuicios, perspicacia y profundidad de pensamiento. Y es normal que no sea así. A un velocista no le pedimos que además escale montañas. Que alguien sepa administrar magistralmente las elipsis y tenga un oído privilegiado para los diálogos no lo convierte automáticamente en un especialista en teoría económica. Ni siquiera en un especialista en literatura comparada.

Y sin embargo las páginas de los periódicos están llenas de comentaristas políticos que si por algo han destacado ha sido por su manera más o menos donosa de contar historias. Aquí me tienen a mí, sin ir más lejos.