Nido de serpientes

En la televisión acaban de repetir por enésima vez este verano, como todos los veranos, una verdad de Perogrullo, nuestro filósofo favorito, resulta muy perjudicial hacer cualquier clase de ejercicio en las horas más calurosas del día, pero mientras los espectadores dan cabezadas frente a la pantalla, más de un centenar de ciclistas profesionales pedalean como posesos en una larga y abrupta ascensión a las cumbres de los Alpes o de los Pirineos. Embutidos en maillots de brillantes colores y tocadas sus cabezas con cascos aerodinámicos que reflejan un sol de injusticia, los corredores resoplan y se crispan sobre el manillar. No van con ellos las recomendaciones higiénicas y sanitarias, estos esforzados titanes sobre ruedas, héroes de la ruta, centauros de la carretera, están hechos de una madera distinta a la de los demás humanos, desafían todos los récords de resistencia física y desprecian olímpicamente todos los riesgos. Son héroes pero también villanos, el telespectador derrengado, a la sombra sobre su butaca favorita comenta con tono despectivo que tanto esfuerzo tiene su truco, que los presuntos héroes llevan en su cuerpo toda clase de productos dopantes, que se drogan, que les drogan sus directores y managers con sustancias prohibidas y a veces con su propia sangre, que sus proezas son triunfos de la química y los atletas conejillos de indias, animales de laboratorio sacrificados cuando son detectados por los controles, humillados, castigados y vilipendiados, más exhibidos en la picota que en el pódium.

El “tour” de Francia ya no es lo que era, la serpiente multicolor lleva veneno en sus entrañas y además, este año del centenario, la armada española está naufragando y las audiencias bajan en picado, a tumba abierta aunque Perico Delgado trate de animar el cotarro. En las retransmisiones de televisión los locutores hablan más rápido cuanto más lentos marchan los escaladores, al borde de la “pájara”, del desfallecimiento. En el pelotón sufren los gregarios que se dejaron algo más que la piel protegiendo, escoltando y lanzando a sus jefes de filas. Puede que el ciclismo sea el único deporte en el que pueden reprenderte, incluso echarte del equipo por haber ganado una etapa cuando no la tenías que ganar sino ayudar al número uno de tu equipo que ese día quedó descolgado. En ningún otro deporte existen los gregarios, proletarios unidos en el esfuerzo y en la decepción, condenados a no ganar, solo a participar a cambio de una mínima parte de los beneficios.

Refugiados a la sombra, los aficionados veteranos añoran a sus héroes legendarios, Bahamontes, Indurain, Perico Delgado, en aquellos años aún no se habían desarrollado tanto los controles antidoping y las sustancias, químicas y biológicas capaces de eludirlos, en una siniestra competición muy alejada del deporte. En el pódium de los químicos y médicos envenenadores figura un español, Eufemiano Fuentes, un médico vampiro que guardaba en su congelador bolsas de sangre como otros guardamos los filetes. El y sus gregarios torpedearon algunos de los mejores momentos del ciclismo español de los últimos años y tejieron una red de sombras que aún no se han disipado. Pero el dopaje no tiene fronteras, ni colores, pero abunda en víctimas expiatorias sacrificadas en los altares del dinero. Los grandes patrocinadores publicitarios desconfían de este deporte tocado pero no hundido cuyos profesionales empiezan a tener más miedo de los jueces y de los tribunales que de las sinuosas y empinadas rampas, de los descensos peligrosos y de las curvas malditas.

En la sobremesa letárgica, los aficionados soportan hoy una de esas etapas de transición en las que no debería pasar nada, con paciencia de pescadores de caña, esperan que alguien rompa el ritmo previsto, que un gregario, liberado por un día de sus compromisos, rompa filas e inicie una escapada en solitario. Casi todos suelen ser atrapados por el abusivo pelotón, a veces muy cerca de la meta. El ciclismo profesional es una escuela de vida e imparte sus lecciones. Para triunfar no bastan las cualidades, ni la fuerza de voluntad, para triunfar hay que someterse a la tiranía de los explotadores, convertirse en sujetos de usar y tirar, cobayas de élite, zombies sobre ruedas.