Traducción inversa

Apostilla sobre la educación

El mes pasado, cuando el Consejo de Ministros aprobó la Ley de Igualdad de Trato, saltó la noticia de que "los centros educativos que sólo admitan a niños o a niñas no podrán recibir subvenciones públicas". Así lo aseguraba este mismo diario. En realidad, la educación segregada por sexos dista mucho de ser algo monstruoso. Es una opción más, ante la que los expertos tienen disparidad de opiniones. Intentando ser objetivos, podríamos decir que no está nada claro si homogeneizar las clases con sólo niños o sólo niñas perjudica o mejora su educación global.

Les diré lo que opino yo (para eso me pagan). Me da la sensación de que se trata del típico asunto que oculta temas mucho más delicados, que están sospechosamente fuera del debate. Yo estudié en un colegio religioso que sólo admitía a chicos y reconozco que los alumnos echábamos mucho de menos a la parte femenina de la humanidad, hurtada en el altar de ignoradas conveniencias. Por lo demás, no creo que el factor de género afectara en lo más mínimo al proceso educativo en sí. De hecho, lo que me pregunto desde hace muchos años es por qué en España la llamada escuela concertada tiene que gozar de la subvención pública. ¿Libertad de enseñanza? Por supuesto, pero el que quiera fundar un colegio privado que se lo pague de su bolsillo.

En el fondo, el debate debería ser por qué usted y yo, estimado lector, tenemos que apoquinar para que ciertos padres puedan sobrellevar la educación particular de sus vástagos. Un buen sistema público es la solución a tantos desmanes privados. Creo yo.