Tàpies

Sobre el arte contemporáneo a veces se vierte, brutalmente, un juicio lapidario: “Eso lo hace mejor mi hijo de tres años”, masculla un castizo con el palillo entre los dientes. “Eso” es un cuadro no figurativo, con signos raros, con manchas, quizá con objetos adheridos. Esta aserción, paradójicamente, es verdadera en dos sentidos muy diferentes. Por un lado, es obvio que muchos artistas actuales se aprovechan del esnobismo o de la ignorancia de críticos y espectadores para hacer pasar por arte monigotes y bagatelas. En ese campo, un chaval de tres años mejoraría sin duda el producto. Por otro lado, hay indagaciones estéticas que van más allá de lo que la inteligencia y la sensibilidad habituales son capaces de proveer. Descienden a un abismo tocadas por una ancestralidad que sólo un muchacho inocente entendería.

Creo que Antoni Tàpies fue un pintor perteneciente a esta segunda corriente. Sus telas más decisivas son simples esgrafiados en un muro infinito, y es a través del desconchado y la ruina por donde accedemos a un nivel moral que sólo podría emular un niño. Con Tàpies se va el último de una estirpe de pintores que serían incomprensibles sin la ciudad de Barcelona. Picasso, Miró y él mismo son universales en tanto que se formaron en la atmósfera de una ciudad irrepetible. Y todo lo que han pintado ha sido, en el fondo, una larga reiteración de cierto espíritu que, a falta de mejor rótulo, llamamos vanguardia.

Ahora que Tàpies se ha muerto, muchos le lloran. También, sin saberlo, los niños de tres años –especialmente ellos.