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Homofobia

14 ago 2010
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Si en Afganistán los soldados norteamericanos odian más que a Osama Bin Laden, a los talibán o los terroristas de Al Qaeda, esos son los homosexuales. Mientras esperaba mis cuarenta minutos de rigor para poder acceder a internet- de manera gratuita- sucedió una cosa que me llamó poderosamente la atención y que ha hecho que retrase la entrada que tenía prevista en el blog para hoy por esta otra.

En la base aérea de Kandahar los soldados y todo el personal civil que lo desee puede acceder a internet y a los teléfonos de manera gratuita- 30 minutos los ordenadores y 20 para llamar por teléfono- en una pequeña barraca que el ejército norteamericano tiene junto al gimnasio y a la pista de baloncesto. La sala de espera cuanta con una serie de sillones- bastante decentes teniendo en cuenta donde nos encontramos- algunas sillas y una televisión donde los encargados del recinto ponen películas para entretener a la tropa mientras espera.

Las películas suelen ser de lo más variopintas. Desde alguna francesa, subtitulada en inglés, hasta Matrix pasando por la Milla Verde o Forrest Gump. Pero la película de hoy era un tanto especial. Interpretada por el actor Robert Carlyle- el mismo de Full Monty- cuenta las peripecias de un homosexual… Durante la película hay una escena subida de tono entre dos hombres. Los soldados que estaban en la sala se han empezado a dar codazos mientras los dos actores se empezaban a besar. Algunas no podían reprimir una risita por lo bajo mientras otros apartaban la cara asqueados del espectáculo. Pero en esa sala había un soldado especial, Ryan McKee. Que ni corto ni perezoso se ha levantado de su asiento se ha encaminado hacía el reproductor de vídeo ha sacado la cinta y la ha tirado al cubo de la basura. Sus compañeros han comenzado a vitorearle y a aplaudirle mientras el soldado hacía una reverencia con la cabeza. El encargado del establecimiento no entendía el motivo del enfado y le ha pedido explicaciones y el soldado McKee se las ha dado con mucho gusto. “Ninguno de los que estamos aquí nos gusta morder almohadas; así que coge esa puta cinta de maricones y no la vuelvas a poner nunca más. Y ahora nos pones una película donde no salgan maricones”… Una ovación del respetable mientras McKee miraba desafiante al encargado que ha agachado la cabeza y nos ha puesto Matrix Revolution.

El soldado McKee es de los que piensan que los homosexuales no deberían poder acceder al ejército. Para él, un homosexual no está capacitado para morir por su país. Ni debería para compartir una trinchera con él mientras disparan a los insurgentes. No son personas… Pero la opinión de este joven soldado es compartida por la inmensa mayoría de sus compañeros. Ser homosexual no está bien visto en el ejército norteamericano. Aunque den la vida por su patria… ¿Pero qué pensaría McKee si supiese que su compañero de litera es un ‘muerde almohadas- como él los llama? ¿O si se enterase que ese compañero con el que ríe en la trinchera mientras se pasan un cigarrillo para combatir el frío es homosexual?

Quizás, ¿el joven McKee carece de educación o de valores? ¿O por el contrario esos valores de los que hace gala son parte de su instrucción que tan orgullosamente se la han inculcado en el ejército? Sea como fuere, es significativo su comportamiento. Ser homosexual no debería ser motivo de su ira ni de su desprecio… ¿Sabrá acaso el soldado McKee que los talibán ejecutan a los homosexuales? Quizás no haya mucha diferencia entre los dos… Muy triste.

Castillos de arena

11 ago 2010
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Afganistán se ha convertido en ese lugar donde occidente acude en masa a limpiar sus conciencias manchadas de remordimientos a golpe de talonario. Por todo el país se erigen obras arquitectónicas que no sirven más que para maravillarse de los muchos millones que invierten todos en el país asiático; y para poder darse golpecitos en la espalda y fuertes apretones de manos antes de irse a la cama con la conciencia bien tranquila de quien ha hecho una esplendida contribución social a un país devastado por la guerra.

Excusan su presencia militar en el país argumentando que están aquí para contribuir a una mejoría en la calidad de vida de los ciudadanos. Hipocresía de salón que sólo sirve para llenar titulares en los periódicos y demostrar a la opinión pública que la contribución que se hace en Afganistán es incuestionable. Pero pasado el tiempo… el polvo y la arena se apoderan de todo arrastrándolo al pasado de un país sin futuro. Es una verdad que permanece oculta porque a nadie le importa un rábano nada de lo que pase por aquí y mucho menos si no hay muerto de por medio.

Entre la base aérea de Kandahar y Camp Hero se levanta, imponente y excepcional, un edifico que llama poderosamente la atención por su vivo color azul. La bandera de Afganistán ondea, mecida por el viento, en lo alto de la fachada. “Es un colegio. Bueno o esa fue la intención con la que se construyó”, apunta el capitán Michael Hampton que detiene el coche frente a una verja desvencijada.

Este fastuoso colegio- ya quisieran algunos niños españoles tener un edificio así- está cerrado. Pero no por culpa de las vacaciones estivales. “Lo inauguraron hace dos años. Vino Karzai, la prensa y fue una ceremonia muy bonita… Pues bien. Nunca se ha utilizado”, sentencia.

Aulas vacías. Pizarras inmaculadas que aún no han sentido el frescor de la tiza resbalando por su superficie. Clases que rebosan tristeza de no poder disfrutar de las risas de los niños. Pupitres carcomidos por el polvo. Un polvo que en Afganistán lo engulle todo. “Este edifico lo construyeron los canadienses destinado a los niños de la ciudad de Kandahar. Se proyectó para que diera cabida a unos 300 niños. Tiene un amplio patio con columpios en la parte de atrás y lo más curioso de todo: ¡Una piscina! ¿Te lo puedes creer? El colegio de mi hijo en Estados Unidos no tiene una maldita piscina. Una piscina que nunca se ha llenado de agua. Es una cosa de locos. Muchas veces me pregunto qué sentido tiene haber malgastado el dinero de esta forma”, hace autocrítica mirando melancólico el edifico fantasma.

Peor no hace falta que nos vayamos al sur del país para encontrar despropósitos de tal magnitud. En el corazón de Kabul, muy cerca de la glorieta que han dedicado a Ahmed Shah Massoud, antiguo señor de la guerra y comandante supremo de la Alianza del Norte, se encuentra enclavado el hospital Infantil Indira Gandhi. Es el barómetro por el que se mide la sanidad afgana… Una sanidad carente de todo menos de enfermos y de médicos resignados que miran impotentes cómo sus pacientes, muchas veces menores de un año, agonizan a la espera de unos medicamentos que nunca llegan. Cómo a pesar de todos sus esfuerzos acaban sucumbiendo a la impotencia de un país carente de todo y olvidado por todos.

El Indira Gandhi es un monstruoso edificio de ladrillo y hormigón enclavado en el corazón de una ciudad demolida por interminables bombardeos. Un alarde de fastuosidad en un país que se muere de hambre y con uno de los índices de mortalidad infantil más elevados del planeta. Un mamotreto erigido a bombo y platillo con dinero japonés y que sólo es fachada. Porque en su interior carece de todo menos de niños a los que el reloj de arena de la muerte sigue descontado la vida. Una matrícula de honor que calma las atormentadas conciencias de los occidentales y que levanta ampollas entre la población civil que observa, impotente, cómo sus hijos mueren en un edificio de miles de millones de euros pero que carece de medicinas… Una oda a la sinrazón.

Stress postraumático

09 ago 2010
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Cogió la foto de su boda que estaba apoyada sobre la cómoda de su habitación. Felices recuerdos. Recuerdos borrosos por las lágrimas que le caían de los ojos al verse junto a su esposa vestida de blanco y él engalanado con su uniforme de militar. El pasado duele. Pasó un dedo por encima acariciando el rostro de su mujer… Abrió la cómoda, apartó los calcetines y las camisetas y sacó su arma reglamentaria con un cargador.

Se encerró en el baño. Se sentó en el suelo sin poder dejar de mirar la foto. Sacó la pistola de su funda, metió un cargador y apretó el gatillo acabando con su vida en su casa de Colorado mientras disfrutaba de un permiso de tres semanas antes de regresar al este de Afganistán- concretamente a la base de Bostick- donde estaba destinado. El sargento Thomas Riordan sufría stress postraumático y nadie le prestó la atención necesaria hasta que fue demasiado tarde.

El sargento Riordan presenció, en Afganistán, una escena que le cambió la vida para siempre. “A las ocho de la mañana, cuando se dirigía al baño, se produjo un ataque con fuego de mortero y granadas de mano. Comenzó, entonces, un intenso combate entre los soldados norteamericanos y la insurgencia talibán. Más de cinco horas de lucha sin cuartel que costó la vida a ocho hombres. Esos momentos de tensión le trastocaron y cambió de una manera increíble”, apunta el psiquiatra Randal Scholman que trató al sargento Riordan antes de que regresara a Estados Unidos.

Riordan siempre fue tipo bastante introvertido. No tenía amigos entre la tropa y siempre andaba sólo por la base sin hablar con nadie. Ya se le había diagnosticado un cuadro de ansiado por lo que estaba destinado dentro de la base sin poder salir al exterior por estar tomando pastillas. Pero lo que acabó de hundirle fue una llamada de su mujer pidiéndole el divorcio. Desde ese momento comenzó a medicarse y a tomar antidepresivos”, señala Scholman que apunta que el caso de Riordan es algo extremo. “Se juntaron muchos factores que desencadenaron en una tragedia”.

El stress postraumático es una patología que comienza a ser bastante habitual entre los soldados destinados en Irak y en Afganistán. “Los primeros casos que tenemos registrados datan de la primera guerra del Golfo Pérsico, donde varios soldados que habían presenciado situaciones extremas cuando volvían a casa se convertían en inadaptados, tenían pesadillas, abusaban de las drogas y el alcohol para intentar combatir unas imágenes que se repetían, una y otra vez, en su cabeza”, señala el psiquiatra. La tensión del combate y los efectos de la guerra están pasando factura a unos soldados que se pasan, de media, un año entero destinados en las dos guerras que mantiene abiertas Estados Unidos.

Para evitar este tipo de situaciones- y casos como el del sargento Thomas Riordan- el ejército norteamericano cuenta con varios profesionales que intentan ayudar, en la media de lo posible, a los soldados que puedan sufrir esta patología. En el este de Afganistán, donde estaba destinado Riordan, Estados Unidos tiene desplegados más de 5.000 soldados en 30 bases distintas. Un psicólogo, un psiquiatra y dos trabajadores sociales son los encargados de, periódicamente, de visitar a los soldados y hacerles test psicológicos.

Los síntomas más comunes son irritabilidad, problemas para conciliar el sueño y mal humor, que puede acabar derivando en agresividad. Les solemos prescribir Prozac o antidepresivos para que puedan conciliar el sueño y no levantarse por las noches empapados en sudor y gritando como locos”, sentencia Scholman.

El doctor asegura que en los tres meses que lleva destinado en Afganistán sólo han tenido que evacuar dos soldados por encontrarse “psicológicamente inestables” y “suponer un peligro para el resto” de sus compañeros.

Los médicos del Cuarto Batallón de Combate del ejército de Estados Unidos han ido clasificando- en estos veinte años que se tiene conocimiento del stress postraumático- en dos clases de pacientes. Rojo- aquellos que presentan un cuadro grave y es recomendable internar en un centro psiquiátrico- y ámbar- aquellos que dentro de la gravedad permanecen estables y se les puede controlar mediante medicamento. Hasta diciembre de 2009, 3.737 soldados habían sido evaluados psicológicamente. El 2.2% había sido clasificado en rojo y el 16.2% en ámbar.

Habló por teléfono con el capitán Cheri Ponce el psicólogo del Cuarto Batallón de Combate. “Sólo 50 de los 500 soldados que están destinados en la base de Bostick usan antidepresivos para combatir los síntomas de stress postraumático. “Tenemos que tener en cuenta que muchos de estos soldados son muy jóvenes y han visto cosas que ninguno de nosotros llegaría a imaginar nunca. Ver a tu mejor amigo muerto en tus brazos, ser testigo de cómo un compañero salta por los aires por culpa de un IED o estar durante más de ocho horas luchando sin cuartel te acaba afectando psicológicamente; es lógico. Son humanos”, sentencia.

Los primeros en abandonar el barco

07 ago 2010
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El pasado domingo, uno de agosto, mientras la inmensa mayoría de soldados que están destinados en esta base de Kandahar- en total 34.930 almas- en un pequeño y coqueto pabellón, bautizado como el ‘Ducth Corner’ el contingente holandés celebraba por todo lo alto su inminente regreso a casa. Son, posiblemente, la nota pintoresca a un lugar gris y frío donde nadie tiene nada que celebrar. Las risas, las canciones y la cerveza- dos por barba cómo máximo- corrían entre los soldados holandeses que se habían acercado a su peculiar ‘cuartel general’. “Estamos muy contentos. Por fin nos vamos de este agujero”, afirmaba un soldado holandés con una jarra de cerveza en la mano.

Holanda tiene destinados un total de 1.978 en todo el país. Aunque el grueso del contingente estaba ubicado en la provinca de Uruzgan donde compartían responsabilidad con Australia. En total, 2.500 soldados de ambas nacionalidades, para intentar meter en cintura una provincia conflictiva y donde los talibán se han hecho fuertes. “Hacemos lo que teníamos que hacer desde hace mucho tiempo”, afirma el soldado Hauffman. “Los afganos no nos quieren. Entonces, ¿qué pintamos nosotros aquí? Podemos estar cuarenta años en este maldito país pero no vamos a conseguir nada. Los talibán seguirán luchando contra nosotros. No se van a rendir. Es un asunto afgano y creo que debemos dejar que lo resuelvan ellos solos. No tenemos que ser loa abanderados de nadie ni resolviendo problemas que nos son ajenos”, sentencia.

Los primeros holandeses ‘desembarcaron’ en Afganistán en el año 2006. Cuatro años, 24 muertos, 1.400 millones de euros invertidos en la guerra y la caída de un gobierno han sido motivo suficiente para que este país europeo sea el primero en plegar su pabellón. Arriar velas y poner pies en polvorosa. A principios de año ISAF solicitó al entonces primer ministro Balkenende- del partido democristiano- una extensión de sus operaciones en el país. Esto precipitó la caída del gobierno y provocó unas elecciones anticipadas, el pasado mes de junio, ganadas por los liberales conservadores… Estos han cumplido su promesa de retirar las tropas después de la entrega de la provincia de Uruzgan a Estados Unidos y Australia que se encargaran de ella desde ahora.

La guerra de Afganistán ha demostrado que tiene poder suficiente para hacer caer gobiernos. La impopularidad de este conflicto se acrecienta a pasos agigantados. Los próximos en pedir turno para salir de este pozo sin fondo son Canadá (con un contingente de 3.550 soldados en Kandahar) a principios de 2011 y Reino Unido (con 8.371 soldados- tras Estados Unidos el país que más tropas aporta en la provincia) que tiene previsto retirar parte de su contingente a mediados del año que viene.

La noticia de la marcha del contingente holandés ha corrido como la pólvora. No hay ni un solo rincón o soldado de esta base que no esté al tanto de la buena nueva. Pero han tenido que ser los propios holandeses los que lo comuniquen al resto de naciones con presencia militar. ‘Star and Stripes’ (Barras y Estrellas), el periódico oficialista de consumo masivo entre los militares no dedica una sola línea al asunto. Ni un mísero breve o un pequeño apunte en el final de un interminable reportaje. Nada… En las radios que se pueden sintonizar en la base también hacen caso omiso a la noticia. ¿Censura? ¿Un secreto a voces? O ¿simplemente una estrategia para no bajar la moral de las tropas? Sea como fuere la noticia corre como la pólvora.

Pero la alegría holandesa choca frontalmente con el semblante de los norteamericanos que comienzan a verse sólo en el país. “No comparto su decisión de abandonar Afganistán pero si el pueblo de Holanda así lo ha decidido tenemos que entenderlo y respetarlo. Ahora bien, el día que Al Qaeda atente en alguna ciudad holandesa espero que no acudan a nosotros buscando ayuda. Si nos marchamos todos de aquí no esteramos seguros en ninguna parte del mundo”, afirma el soldado especialista Higgins con resignación.  Ahora la pregunta es, ¿quién será el siguiente en abandonar el barco?

Predicando en el desierto

05 ago 2010
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Cómo cada domingo el capitán Antonio Alcivar, de origen ecuatoriano, se dirige a Fraise Chapel para dar su sermón a la veintena de fieles- todos de origen latino- que se congregan en la coqueta capilla situada en el corazón de la base aérea de Kandahar. “Somos una pequeña gran familia”, afirma el capitán. “Nos conocemos todos y cada domingo nos citamos en la capilla para hablar de Dios y ayudarnos en todo lo que podamos”, sentencia este veterano capitán.

Va con la hora justa. Viene del hospital Role 3 donde ha tenido que dar la extremaunción a un joven soldado. “Es lo más desagradable de mi trabajo y lo que peor llevo… Ver morir a chicos tan jóvenes, con toda la vida por delante me hace preguntarme en muchas ocasiones qué sentido tiene esta guerra. ¿Por qué nos matamos los unos a los otros? O ¿Por qué ha muerto ese joven soldado? Pero siempre me respondo lo mismo: Dios marca nuestros designios y tiene un plan escrito para cada uno de nosotros. Es la voluntad de Dios”, afirma mientras saca de su todoterreno una caja repleta de Biblias en castellano y de Himnos que utilizará posteriormente para amenizar su sermón.

En la puerta de la capilla aguardan sus fieles. Impacientes por saludar al capitán. Alcivar lleva dos semanas son oficiar su sermón por motivos laborales. “He sido requerido para oficiar varios funerales en distintas bases de la provincia de Helmand y de Kandahar. En estas dos últimas semanas la compañía 320, destinada en Leathrneck, ha perdido ocho soldados. Ocho”, afirma enarcando las quejas. “Les han dado muy duro y los chicos tienen la moral bastante baja”, sentencia.

Durante el oficio religioso. Ni una mención a la guerra. A los caídos en combate. Ni una sola palabra que mencione el lugar donde está teniendo lugar esta misa. Es, por decirlo de algún modo, como si la realidad no traspasase el umbral de la capilla. “Yo no predico religión, no soy religioso; yo sólo transmito la palabra de Dios. Me gusta predicar las Sagradas Escrituras porque es una forma de acercar la palabra de Dios a los soldados”, se defiende. “Y en la palabra de Dios no hay cabida para la guerra. Sabemos dónde estamos, somos conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor y por eso mismo acudimos a la Iglesia, para buscar consuelo. Un consuelo que es muy difícil encontrar fuera de estos muros”, sentencia.

Muchos de estos chicos que acuden a misa buscan una respuesta para lo que ven sus ojos y yo trato de dársela a través de la palabra de Dios”, confirma. “Después de misa nos reunimos todos a tomar algo y los soldados me hablan de los que les atormenta, de sus miedos o de su día a día en este país. En muchas ocasiones me considero más un psicólogo que un pastor”, apunta entre risas.

Yo soy de la opinión de que la guerra debe quedar al margen de la religión. No podemos utilizar una para justificar la otra, eso es un grave error… Error que hemos cometido en multitud de ocasiones y por eso nunca hago mención a la guerra en mis sermones… Creo que Dios está por encima de todo eso. El domingo es el día para honrar a Dios y no para hablar de muertes y sufrimientos. La guerra y Dios no son compatibles”, sentencia tajante.

Pero Alcivar, soldado de profesión, no olvida nunca donde está. “Nosotros hemos venido a Afganistán porque tenemos una misión que cumplir. Una misión en la que deberemos hacer uso de las armas para conseguirla… Matar a un semejante nunca puede estar justificado, nunca. Pero es la única manera de traer la paz al mundo. Cuando estemos delante de Nuestro Señor, él será quien juzgue nuestros actos… Y él, y sólo él, tiene el poder de condenarnos o de salvarnos”, afirma. “Como pastor, es muy complicado arengar a nuestros soldados a que acudan al frente a matar. Pero Dios es el que guía nuestros designios”, repite.

Este pastor presbiteriano, es un veterano. Estuvo destino dos veces en Irak y tres en Afganistán… “No me acostumbro a la guerra. La detesto… Envilece a los hombres y los convierte en animales pero mi misión es estar aquí y consolarles espiritualmente. Pero no, no me gusta tener que dar la extremaunción a un chico de 19 años… Sólo 19 años, aún no tenía la edad legal para beber alcohol; pero está en un país extranjero empuñando un arma y luchando por su país. Es una locura. Esta y todas las guerras, son una locura”, sentencia.

Alcivar se despide con un afectuoso apretón de manos. A su lado espera un joven soldado que espera ser confesado por el sacerdote. “Gajes del oficio”, afirma. Mientras la guerra continúe el capitán Antonio Alcivar acudiría cada domingo a las 12:30 a oficiar la única misa en castellano que se da en la capilla Fraise de Kandahar…

Talibanes suicidas intentan asaltar la base de la ISAF en la provincia de Kandahar

04 ago 2010
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Antonio Pampliega – Kandahar

La insurgencia afgana ha vuelto a demostrar su determinación por atacar los puntos clave estratégicos que las tropas aliadas tienen Afganistán al intentar asaltar la base aérea que la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés) tiene establecida en la provincia sureña de Kandahar; una de las más regiones conflictivas del país junto con la vecina provincia de Helmand.

El ataque, perfectamente orquestado por la insurgencia afgana, tenía como fin último dar un golpe de mano a las tropas de la ISAF atacando su principal bastión en el sur del país. En torno a las 10.00 de la mañana dos cohetes lanzados por los talibán impactaron contra el aeropuerto militar, dentro del complejo de la base aérea, hiriendo a dos miembros del personal civil que en ese momento estaban trabajando en las instalaciones del aeródromo.

A este primer ataque le precedió otro por tierra donde las tropas de ISAF intercambiaron disparos con el comando talibán. Los insurgentes intentaron entrar en la base de Kandahar- que alberga a un total de 30.000 soldados de diversas nacionalidades- por la puerta de acceso norte a bordo de un tractor. “Iba en un tractor que trató de romper los muros que dan acceso a la entrada de la base. Los soldados que estaban encargados de la seguridad de la entrada consiguieron abatir a cinco de los seis terroristas. El sexto consiguió llegar a la puerta donde hizo detonar su carga explosiva”, comenta a Público el soldado Weiser testigo de lo ocurrido al encontrarse cerca de la puerta en el momento del ataque. Según ha confirmado la capitana Allie Scott, miembro del departamento de prensa de ISAF, a Público, al menos otros dos terroristas de los que fueron abatidos portaban cinturones con carga explosiva listas para ser detonados en la entrada de la base.

La deflagración produjo heridas a un soldado de la coalición, del que se desconoce la nacionalidad, además de desperfectos materiales de diversa consideración como la rotura de una de las verjas de acceso al recinto. “Un grupo de siete mártires atacaron esta mañana la base de la OTAN; consiguieron romper las barreras de protección y penetraron en ella a bordo de un tractor”, ha afirmado Mohammad Yousuf Ahmadi, portavoz de los talibán, quien, además, apuntó que los insurgentes acabaron con la vida de once soldados de la coalición. ISAF no ha confirmado este extremo y asegura que sólo un soldado ha sufrido heridas de consideración.

Tras el ataque, la base aérea ha permanecido en máxima alerta y sellada durante tres más de horas. Tiempo en el que todo el personal disponible de la base ha tenido que refugiarse en los distintos búnkeres repartidos por la base. Además, minutos después de los dos ataques varios helicópteros de combate Apache y dos BlackHawck han sobrevolado las inmediaciones de la base de Kandahar tratando de localizar a los insurgentes que iniciaron el ataque lanzando los dos cohetes.

Este es el segundo ataque que registra la base aérea de Kandahar en los últimos meses. El paso mes de mayo otro comando talibán ya lanzó, sin éxito, varios cohetes y granadas de mortero sobre las instalaciones militares causando pequeños daños materiales, han confirmado a Público fuentes de ISAF. Hace dos meses, otro comando talibán intentó asaltar la base que la OTAN tiene en Bagram, a 50 kilómetros de Kabul, también sin éxito.

Operaciones fallidas

03 ago 2010
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Un silencio sepulcral inunda la capilla de la base de Leathrneck, en la provincia sureña de Helmand. Un centenar de soldados van ocupando los bancos de madera dispuestos frente al altar, donde una gran cruz luce majestuosa. Se han acercado a dar el último adiós a un compañero caído en combate hace dos días mientras patrullaba con su unidad cerca de la zona de Nahr-e Saraj (provincia de Helmand). Un IED destrozó el vehículo en el que viajaba y acabó con su vida causando heridas a los otros tres ocupantes del blindado. Todos los soldados sostienen sus gorras en las manos mientras miran al suelo en señal de respeto por el fallecido. Otros se atreven a alzar la mirada al cielo, buscando una explicación…

El cura, vestido de uniforme militar, habla de la corrupción de la carne, de la vida eterna y del viaje al paraíso en busca de la paz. Unos tímidos sollozos se funden con el sermón del ‘padre’. Son algunos de sus compañeros que no han podido resistir la emoción y se han venido abajo. Se llevan los dedos a los ojos para taponar las lágrimas que caen sin remedio por los lagrimales de los ojos. Algunos se abrazan entre ellos. Otros, simplemente lloran… El momento más emotivo es cuando los compañeros del soldado se colocan en una fila y todos y cada uno de los soldados que se han acercado hasta la capilla les van dando el pésame. Palabras de consuelo que se las lleva el viento. Algunos no han cumplido la mayoría de edad y ya conocen de primera mano lo despiadada que puede llegar a ser la guerra. Aprietan las manos que les tienden sin ganas, sin fuerzas.

Muchos de estos soldados tendrán que pasar por este trance en más de una ocasión mientras dure su misión de un año en el país centroasiático. Hoy lloran por un soldado de origen latino pero mañana puede que ser un joven de Oklahoma o un veterano de Kansas. Afganistán no distingue de razas, ciudades de origen o años de experiencia.

Este 2010 está siendo un mal año para las tropas destinadas en Afganistán. La Operación Moshtarak (Juntos en dari, la lengua nacional afgana) lanzada a principios de año para apoderarse de Marjah, uno de los bastiones más importantes de la insurgencia afgana, no ha dado el éxito esperado y el chorreo de muertos en combate continúa sin que nadie pueda poner remedio.

Según el portal independiente icasualties.org este mes de julio, recién finalizado, han muerto un total de 75 soldados de las fuerzas de internacionales. Las cifras son más que preocupantes, sobre todo, si tenemos en cuenta que el pasado mes de junio el número de uniformados caídos alcanzó los 102, la cifra más alta desde que comenzara la guerra a finales de 2001, superado el anterior récord de 77 bajas alcanzado en agosto de 2009, coincidiendo con la Operación Khanjar (Golpe de Espada, en dari) que tenía como fin hacerse con el control de los principales bastiones de los talibán en la provincia de Helmand, donde se cultivan dos tercios de la producción mundial de opio.

Los féretros cubiertos con las banderas son prueba inequívoca que las estrategias que se han utilizado hasta ahora para frenar las acometidas de la insurgencia no han dado sus frutos. Los talibán son cada vez más fuertes, a pesar de los 150.000 soldados repartidos por todo el país, y la violencia está alcanzando límites insospechados. La operación ‘Libertad Duradera’ ha entrado en barrena y no hay salida al final del túnel. El país centroasiático se ha convertido en un hervidero; si 2009 fue el año con más muertos- 521, este 2010 va camino de batir récords- 315 y quedan aún cinco meses por delante.

Ni la operación para acabar con el bastión talibán en Marjah, ni el cercamiento a los talibán moderados para proponerles una tregua han dado resultado. Estos malos datos han hecho que muchos aliados se empiecen a replantear el liderazgo de los norteamericanos en el país y muchos estén buscando una salida- más o menos honrosa- para abandonar Afganistán en el menor tiempo posible. La situación es más complicada de lo que se creía al principio pero ¿qué estrategia toca ahora?

Los expertos anunciaban una superofensiva de los miembros de la coalición contra las provincias sureñas de Helmand y Kandahar en las próximas semanas. Pero visto los resultados de la última operación militar en la zona es muy posible que se posponga para más adelante. David Petraeus, nuevo mandamás de las tropas, deberá coger las riendas de un país abocado a la ruina y con unos compañeros de viaje incómodos y que no ven el momento apropiado para saltar en marcha…

Ante este panorama el presidente de EE UU Barack Obama, ha asegurado que sus tropas no abandonarán Afganistán repentinamente, pese a apoyar la idea de los países más industrializados de poner fin a la guerra en un plazo de cinco años. Lo único cierto es que cada día un soldado fallece en Afganistán en una guerra que se encamina a su noveno aniversario- los soviéticos aguantaron una década- sin solución a la vista.

Operaciones en Afganistán

Mayo-julio 2006.- “Operación Empuje a la Montaña”. Encabezada por las tropas de ISAF tenía como fin último que el gobierno de Hamid Karzai extendiese sus lazos en las provincias más conflictivas del país: Kandahar, Helmand, Zabul y Uruzgan. Aquella operación acabó con más de 800 muertos.

Septiembre de 2006.- “Operación Medusa”. Ofensiva lanzada por la ISAF en la provincia sureña de Kandahar que acabó con la vida de 500 supuestos insurgentes.

Marzo de 2007.- Operación “Aquiles”. El distrito de Sangin, en la conflictiva región de Helmand, fue epicentro de esta operación, lanzada en marzo de 2007 por la OTAN y las fuerzas afganas con la participación de unos 5.500 militares. El objetivo de la operación era expulsar a los talibanes de la zona, donde las fuerzas afganas e internacionales protegían la construcción de una presa financiada por EEUU que daría electricidad a casi 2 millones de habitantes del sur de Afganistán.

Abril 2008.- “Operación “Azada Wosa” (“Ser Libre”). 2.300 marines de Estados Unidos fueron los encargados de llevar el peso de esta ofensiva que tenía como objetivo fortalecer la seguridad de los civiles afganos.

Julio de 2009.- “Operación Khanjar” (Golpe de Espada). Llevada a cabo por casi 4.000 marines estadounidenses y unas 650 fuerzas de seguridad afganas para arrebatar a los talibanes sus principales bastiones en Helmand.

Diciembre de 2009.- “Operación Furia de Cobra”. Comandada por la OTAN, a cargo de la ISAF, participaron en ella más de mil soldados extranjeros -la mayoría marines estadounidenses y soldados británicos-, con el objetivo de “limpiar de insurgentes una zona clave” de Helmand.

Febrero 2010.- Operación Moshtarak” (Juntos, en dari). Unos 15.000 efectivos de las fuerzas internacionales con apoyo de fuerzas afganas, lanzaron una ofensiva para hacerse con el control del distrito de Marjah. Uno de los principales bastiones talibán en la provincia de Helmand.

Cuando ser niña es un negocio

31 jul 2010
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Una de las pocas cosas que se pueden hacer cuando uno está empotrado en una unidad norteamericana perdido en medio de la nada es interaccionar con los afganos. Es un acto de enriquecimiento cultural para ambas partes. Es un modo sencillo de conocer al otro. Una oportunidad única de intercambiar impresiones con los civiles y observar esta guerra desde su punto de vista… Pero, además, es una ocasión perfecta para acercarme un poco más al pueblo pastún y conocer de primera mano cómo son y cómo piensan.

Una de las cosas que peor llevo son las interminables caminatas por pueblos fantasmas. Casas de adobe vacías por culpa de una guerra que no tiene fin. Sus habitantes han decidido huir por temor a las tropas de ocupación, a los talibán, a morir de inanición o de un bombazo. El calor es insoportable y resguardarse a la sombra de grandes árboles una quimera. Por eso, cada descanso es una bendición.

He aprovechado el descanso para recorrer el pueblo. Un sencillo riachuelo corre paralelo a la carretera principal que desemboca en el corazón de este pueblo; el mercado. Aquí es donde los afganos se reúnen para hacer vida en común. Frente a una taza de té bien humeante y comiendo pedazos del famosísimo Nan-i-afghani hablan de sus cosas. Puestos con tomates, patatas, pepinos, y demás hortalizas se amontonan en los puestos a la espera de ávidos compradores… Un mercado como el de cualquier ciudad del mundo, pero con una singularidad: no hay mujeres. ¿Dónde están? “En casa, las mujeres tienen terminantemente prohibido salir a la calle solas. Ni siquiera con el burka. Esto no es Kabul, me advierte, aquí no verás a las mujeres andar solas por la calle o con unos vaqueros puestos. Aquí vuestras costumbres occidentales no han llegado y dudo mucho que lleguen algún día”, sentencia Mustapha, el intérprete que me acompaña.

Mercado de verduras cerca de la ciudad de Marjah. Foto: A. Pampliega

Cuando en octubre de 2001 Estados Unidos decidió a intervenir militarmente en Afganistán esgrimió, como una de las razones principales, salvar a las mujeres afganas del trato vejatorio al que los talibán las tenían sometidas. Casi una década después, las mujeres afganas no le importan a nadie y prueba de ello es este pequeño pueblo de la provincia sureña de Helmand. Es cierto que en la época talibán la situación era extrema Las mujeres eran un cero a la izquierda. No valían nada y estaban sometidas a la voluntad del hombre… Ahora hay mujeres que tienen vida pública, mujeres que trabajan en el Parlamento de Afganistán. Se han creado un montón de asociaciones de mujeres; algo impensable en la época talibán. Las niñas pueden acceder a una educación de la que los talibán las habían privado por el mero hecho de ser mujeres; las mujeres han vuelto a recuperar sus trabajos, como maestras, enfermeras, doctoras, etc.… Se ha hecho mucho por mejorar las condiciones de la mujer en Afganistán pero no es suficiente. En muchos puntos del país la mujer es sólo un mero objeto que se tiene guardado en casa.

Decido continuar con mi periplo por la plaza central del pueblo. Tiendas y más tiendas se sitúan a ambos lados; son todas similares. En una pequeña tienda de comestibles unos ojos azabaches me detienen en seco. Sonríe. No puede evitarlo. Se siente observada. Importante. Agacha la cabeza. Es muy tímida. Cubre su aterciopelado cabello negro con un pañuelo verde eléctrico. Halima se oculta detrás de su padre, un pastún de enmarañada barba negra y turbante que nos invita a sentarnos. Susurra unas palabras a la niña que desaparece un segundo para volver a aparecer con una bandeja con tres tazas humeantes de té.

Halima es una niña, de no más de ocho años, que ayuda a su padre, Fahim en el negocio familiar. Tienen unos intensos ojos y una sonrisa vivaracha que llama poderosamente la atención. Le ofrezco un caramelo. Se lo piensa, se lo piensa mucho… Pero finalmente lo coge dedicándome una sonrisa con sus dientes mellados. Aún es una niña. Halima nunca ha ido a la escuela, a diferencia de su hermano mayor, Said- de 14 años-, que acude todos los días. “Halima sólo sabe escribir su nombre”, afirma su progenitor. “Pero tampoco necesita más. Será una magnífica ama de casa, como su madre, y una atenta esposa con su marido. No entiendo que las niñas vayan al colegio a estudiar; porque no les servirá de nada”, sentencia.

Halima posa junto a su padre Fahim y su hermano Said delante de su pequeña tienda de comestibles. Foto: A. Pampliega

Las palabras de Fahim pueden sorprender pero es la triste realidad. La situación de las mujeres afganas en las zonas rurales es de total desamparo… En Kabul, como en el resto de grandes ciudades del país, es fácil ver a niñas que acuden diariamente al colegio y a la Universidad para sacarse una carrera pero en las zonas rurales la historia es bien distinta. No es tradición que las niñas vayan a la escuela. Las familias, en muchas ocasiones, ni se lo plantean. Las niñas son para casarlas y recibir dinero por ellas a través de la dote. Son una fuente de ingresos muy importante…

En Afganistán todos los matrimonios son concertados. No existe una relación de amor; o una relación de amistad entre un hombre y una mujer. Esto no es aceptado socialmente por la sociedad afgana. Los matrimonios se apañan entre dos familias que se ponen de acuerdo y casan a sus hijos por meras cuestiones económicas. Además, existe la tradición de que el hombre tiene la obligación de pagar una dote por la mujer. Una dote que suele ser bastante elevada- entre 2000 y 3000 euros en un país donde el sueldo medio no llega a los tres euros diarios. Los hombres que pueden permitirse pagar esa dote se deberán casar con una chica a la que no conocen de nada y a la que, en el mejor de los casos, han visto una vez en su vida.

Ese es el futuro que espera a Halima. Un futuro que le llegará en algo más de cuatro años. Las familias más necesitadas- ¿hay alguna familia afgana que no entre en este ‘espectro’?- intentan casar a sus hijas en cuanto tienen su primera menstruación. Es decir, con 12 o 13 años. Aunque según la Constitución del país las chicas no se pueden casar hasta que hayan cumplido los 16 años. Pero aún así los matrimonios infantiles están a la orden del día. ¿Quién controla esto? Nadie… Porque no hay nadie que lo pueda controlar.

Los encargados de controlar estos matrimonios infantiles son los Tribunales. Pero aquí es donde reside el problema. Sólo el 11% de los jueces han estudiado derecho; el resto no ha estudiado ningún tipo de leyes. Esto significa que la mayoría de los jueces afganos son mulás, autoridades religiosas, o son gente que ha realizado estudios secundarios o estudiado en facultades islámicas. Pero a esto hay que añadir que sólo hay juzgados en las grandes ciudades del país. Es decir, es imposible saber si una niña tiene doce años o dieciséis porque nadie se va a tomar la molestia de comprobarlo.

En Afganistán quien tiene una hija tiene un tesoro. Un tesoro en forma de dote que ayudará a la familia a sobrellevar su precaria existencia en el segundo país más pobre del mundo. Es posible que la Democracia haya desembarcado en el país centroasiático pero aquí, aún, se sigue viviendo en el pasado.

Soñadores en Afganistán

29 jul 2010
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Los acordes del Fortunate Son, de los Creedence Clearwater Revival, se escapan de los cascos de su Mp3 —«un regalo de un amigo Marine», me asegura—. El sudor resbala por su frente hasta detenerse en sus espesas cejas negras. El sol comienza a salir por el  horizonte. Sus pálidos rayos reverberan sobre los frondosos prados de la ciudad que comienzan a verdearse. El verde, el color de la adormidera. Del opio talibán que crece en el sur de Afganistán.

Camina en el medio de una interminable columna compuesta por soldados norteamericanos perfectamente pertrechados. Cascos. Chalecos antibalas. Cantimploras. Mp3 para soportar las largas y soporíferas caminatas por las polvorientas carreteras del distrito de Marjah, en el sur del país. Y lo último en armas de asalto. En su uniforme ―del cuerpo de Marines de Estados Unidos― no hay ninguna bandera. Ningún distintivo. No es soldado. De hecho, no lleva ni armas, ni casco, ni chaleco. Camina en silencio. Sin hablar con nadie. Apenas tiene trato con sus compañeros. No es norteamericano. Pero tampoco es un soldado… No es como ellos. Mustapha agradece que camine junto a él. Así puede practicar su inglés. Este joven afgano sería un adolescente recién salido del cascarón en cualquier parte del mundo occidental, salvo en Afganistán. Aquí ya es todo un hombre y debe comportarse como tal; a pesar de que su rostro imberbe sigue teniendo las facciones de un niño.

Pertenece a la etnia Tayika, una de las cinco que se pueden encontrar en el país. Y tiene un trabajo envidiado por muchos de sus compatriotas. Es traductor oficial del ejército norteamericano. Viaja con ellos. Duerme con ellos. Come con ellos… Pero los soldados no lo ven como a un igual y los afganos le tratan como un traidor. A pesar de esa dicotomía se siente el hombre más feliz del mundo. Tiene un trabajo donde recibe un buen sueldo… Pero no lo hace por dinero. ¿Quién iría a la guerra por dinero? ¿Quién estaría dispuesto a jugarse la vida por una mísera nómina? No. Mustapha tiene un sueño y eso en Afganistán es algo por lo que merece la pena jugarse la vida.

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Mustapha, con el brazo en alto, junto al resto de traductores afganos que acompañan a los marines en la zona de Marjah. Foto: A. Pampliega

“Me gustaría poder viajar a Estados Unidos para estudiar derecho en alguna Universidad ―me confiesa mientras me ofrece un trago de su cantimplora―. Debemos estar un mínimo de tres años alistados con los norteamericanos para poder optar a un visado de estudiante… Sé que es muy complicado pero hay cosas más difíciles en el mundo. Tengo confianza y, sobre todo, tengo ganas de soñar”, afirma.

Mustapha intenta no quedarse rezagado y aprieta el paso. Le cuesta horrores seguir el ritmo impuesto por los soldados. El sudor comienza a resbalarle, nuevamente, por su frente. Cuando era un niño contrajo la enfermedad de la polio y desde entonces sufre cojera en su pierna izquierda; pero a pesar de esa discapacidad pasó las pruebas físicas que exige el ejército norteamericano para entrar a formar parte de los traductores que acompañan a las distintas unidades repartidas por todo el país. Dese muy pequeño ha tenido que luchar para que esa diferencia no suponga un hándicap para él. En el colegio mientras el resto de sus compañeros corría detrás de una pelota de trapo él los miraba al resguardo que le proporcionaba la sombra de un viejo árbol. Sentía envida de ellos. Corrían. Alegres y despreocupados mientras él no era capaz de dar más de diez pasos sin ayuda. Mientras sus amigos corrían, él andaba apoyado en una muleta de madera…

Sus padres, sabedores de la pena que inundaba el corazón de su hijo, decidieron sacrificarse por él, darle lo que la vida le había arrebatado de manera cruel. Hipotecaron sus vidas para poder ofrecerle una educación decente. Para que pudiera rebatir esa discapacidad con un intelecto y una cultura al alcance de muy pocos afganos.  Y mientras los otros niños se divertían, Mustapha pasaba largas horas sumergido entre libros y libros…

“A principios de 2002, mis padres consiguieron reunir un poco de dinero y se compraron un antiguo televisor” recuerda. “La imagen se veía fatal, con muchas interferencias. Pero la verdad es que a mí me daba igual… Cuando no estaba leyendo libros en la biblioteca de Kabul, estaba viendo los informativos de la CNN o de la BBC. Después de tres años viendo la televisión en inglés, conseguí entender lo que decían”.

Aquel pequeño niño que se quedaba embobado viendo las noticias en inglés no era consciente de la ironía que el destino tenía reservada para él: acabar de traductor para el ejército norteamericano. Ahora, patrulla las carreteras de su país ataviado con el uniforme de campaña de los marines

¿Y en qué consiste tu trabajo? ―pregunto. “Hago de traductor para el jefe de la compañía”, responde. “Cuando necesita hablar con alguien o leer algún documento soy yo el encargado de hacerlo por él. Es un buen trabajo; sencillo… aunque peligroso; y muchas veces desagradable porque estamos en una guerra y tengo que ver cosas que no debería ver nadie”…

¿Y el trato con los demás afganos cómo es?, quiero saber. “Esa es la peor parte, se sincera. No entienden que estoy trabajando, que intento ganarme la vida. Me ven como a un traidor y me tratan como a tal. Muchos no me miran cuando hablo con ellos o me ignoran; otros me insultan o me escupen… Me da pena que me traten así. Yo soy afgano, como ellos, y me siento orgulloso de serlo… Pero creen que me he vendido a sus enemigos por un puñado de dólares. Soy tan extranjero como los soldados para los que trabajo”, sentencia.

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Mustapha, primero por la izquierda, traduce las órdenes de un marine norteamericano mientras cachean a un civil afgano. Foto: A. Pampliega

Este imberbe muchacho lleva más de nueve meses pateándose su polvoriento país detrás de los soldados norteamericanos, y aún tiene por delante más de dos años. Primero en Kandahar, luego en Helmand y ahora en Marjah… Siempre disponible. Siempre en alerta. Siempre en movimiento. Siempre con una sonrisa en los labios. Sabe que es duro, pero la recompensa será mucho mayor. Forma parte de un cuerpo creado por el ejército norteamericano donde miles de jóvenes afganos se tuvieron que someter a arduas pruebas, tanto físicas como intelectuales, para entrar a formar parte de un programa que tiene como misión principal integrar a la población afgana dentro del organigrama militar de los países aliados. Un programa que servirá de trampolín para muchos jóvenes afganos que podrán optar a un visado de estudiante y a acceder a las universidades de Estados Unidos donde estudiar una carrera.

“Tuve que someterme a cinco exámenes ―me explica―. Primero de gramática inglesa. Luego de lectura, traducción e interpretación y, por último, un examen físico. Me pusieron algunos peros por culpa de mi pierna, pero mis notas en los exámenes fueron tan buenas que acabaron aceptándome. Fue el día más feliz de mi vida. Recuerdo que llegué a casa a la hora de cenar y les di a mis padres la buena noticia… Rompieron a llorar. Nunca olvidaré la cara de mi padre. Sus lágrimas de satisfacción y orgullo”, afirma. Mustapha seguirá soñando con lo que le deparará el futuro. Un futuro lejos de la guerra. Lejos de Afganistán.

Libres gracias al fútbol

27 jul 2010
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Sohaila Shalizi hinca la rodilla sobre la mullida alfombra verde para atarse la bota. El rocío de la noche ha impregnado el césped del estadio y unas pequeñas lágrimas resbalan por las afiladas hojas de la hierba del terreno de juego. La muchacha, con el diez a la espalda, pasa la mano con suavidad por el verde prado. Lo acaricia. Se siente afortunada. Se pone en pie mientras se coloca los alfileres que sujetan su hiyab (el pañuelo islámico) a su pelo y comienza a andar hacia el centro del campo donde el resto de sus compañeras empiezan a hacer ejercicios de calentamiento.

Mohamed Yasin, el entrenador, las vigila en silencio desde la banda. Es el seleccionador nacional del equipo femenino de fútbol de Afganistán y un hombre odiado por muchos afganos por permitir que una veintena de mujeres se desprendan de sus ropas para vestirse de corto- todas llevan las piernas tapadas con gruesas medias negras y usan camisetas de manga larga- y mostrarse en público delante de desconocidos.  “Sé que muchos afganos no aprueban lo que hago afirma mientras no quita los ojos del rondo de calentamiento. Pero no me importa. La mujer afgana ha estado sometida durante décadas al yugo masculino pero es hora de que empecemos a deshacernos de las tradiciones que nos impiden ver con claridad el futuro y avanzar. Ellas refiriéndose a sus chicas son el futuro y yo quiero apostar por ese futuro”…

Este grupo de valientes mujeres han decidido no ceder antes las tradiciones. Son las abanderadas de un país que quiere luchar contra la opresión que sufre la mujer y han decidido quitarse el burka y dejar de estar encerradas bajo la cárcel azulada a la que han sido condenadas por buena parte de la sociedad afgana, aunque sea sólo durante un par de horas. Esa lucha las ha llevado a disputar varios torneos internacionales en la vecina Pakistán, donde se proclamaron subcampeonas, o en Jordania, donde fueron aclamadas por el público asistente. Pero en su propio país se sienten menos preciadas y ese es el legado que no quieren dar a las generaciones venideras. Aún queda mucho camino por recorrer; no obstante deben de soportar comentarios maliciosos por parte de algunos hombres que acuden a verlas jugar, pero no por interés de ver sus evoluciones en el mundo del fútbol, sino por el morbo de verlas sin  burka. “Son los mismos que luego se llevan las manos a la cabeza cuando ven a una mujer por la calle maquillada y sólo con el hiyab me explican mientras sigo el entrenamiento desde la distancia. Los afganos jugamos con la doble moral, nos escandalizamos pero a la vez nos gusta ver las formas femeninas de una mujer. Las condenamos a vivir encerradas en nuestras casas y a ir tapas el resto de su vida pero luego acudimos a verlas jugar y a soltar frases malsonantes y desagradables”.

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El futuro corresponde a las nuevas generaciones donde la mujer tiene mucho que decir. Foto: A. Pampliega

Debido a esta presión externa, las chicas que conforman la selección femenina de fútbol han sido relegadas a entrenar a un campo en pésimas condiciones y que se encuentra en el interior del Cuartel General de ISAF. Un campo rodeado de gruesos muros de hormigón y fuertes medidas de seguridad donde las chicas están a salvo de miradas indiscretas por parte de los afganos y donde los tentáculos de los talibán no pueden alcanzar para atemorizarlas e impedir que sigan jugando al fútbol.

Un pitido señala el final del entrenamiento. Las chicas se encaminan, poco a poco, hacia el vestuario; mientras me miran con recelo. Les sonrío para intentar ganarme su confianza pero ninguna me devuelve el gesto. Agachan la cabeza y se ciñen el yihab que enmarca sus delicadas facciones. Tienen miedo… por eso las restricciones a las que me he tenido que someter para estar aquí con ellas han sido bastante severas. “Nada de fotografías o vídeos”, me aseguró mi fixer cuando me confirmó que podíamos asistir al entrenamiento.

El motivo no es el típico capricho de las rutilantes estrellas del balonpié que tienen prisa por abandonar el estadio y encaminarse a las fiestas que les darán refugio durante toda la noche. Ellas tienen miedo a que sus nombres salgan en la prensa. A que la gente las vea en pantalón corto. Miedo a los murmullos de la gente y que ese miedo las acabe retirando del fútbol, cercenando las únicas gotitas de libertad que pueden disfrutar en Afganistán. Ninguna quiere convertirse en la nueva Mahboba Ahdyar y acabar marcada de por vida en un país que no suele olvidar. Ahdyar era una prometedora atleta afgana, especialista en los 1.500 metros que se hizo mundialmente conocida gracias a que iba a ser la única mujer que representase a Afganistán en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Pero unas semanas antes del inicio de los Juegos desapareció de un centro de Alto Rendimiento en Formia (Italia), a unos 170km de Roma, donde estaba concentrada preparando la cita olímpica. Sus maletas, su pasaporte, su vida… su nombre. Desaparecieron para siempre. Ese precedente sirve de triste recordatorio a todas las mujeres que continúan haciendo deporte en Afganistán.

Espero a Sohaila a la salida de los vestuarios. Es la única integrante del equipo que ha accedido a concederme una entrevista. Aunque recalcando que su rostro no puede salir… Otra vez el miedo. El temor a quedar marcada de por vida. El resto de sus compañeras comienza a abandonar el Estadio Nacional de Kabul ataviadas con el burka azul o con un chador que las cubre hasta los pies y con el hiyab que esconde sus cabellos evitando que los hombres puedan ver su pelo. En el terreno de juego todas las chicas son iguales… Pero fuera, la ropa las delata. Conservadoras o más liberales. Estas dos horas de entrenamiento son el único momento de libertad que conocen. El único momento del día en el que pueden desprenderse de sus disfraces y ser ellas mismas.

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Luchar contra las tradiciones es un desafio. Foto: A. Pampliega

Sohaila sale del vestuario colocándose los últimos alfileres en el hiyab de color verde esmeralda. Es una chica distinta al resto de sus compañeras. Maquillada y con una enorme sonrisa en los labios se lleva la mano al corazón para saludarme- las mujeres tienen terminantemente prohibido tocar a un hombre que no sea de su familia. Estudia magisterio en la Universidad de Kabul y su sueño es poder dar clases, como hizo su madre. Me quedan dos años para licenciarme. Cuando termine la universidad me gustaría ir al extranjero a perfeccionar mi inglés para luego regresar a Afganistán y poder dar clases a los niños. Enseñar a leer y escribir es un regalo” chapurrea en inglés.

Sohaila es hija de una antigua profesora y de un médico jubilado. Ella, mejor que nadie, conoce los aciagos años que le tocó vivir durante el gobierno talibán. Con la llegada de los fundamentalistas las mujeres fueron obligadas a dejar sus puestos de trabajo y prohibieron a las niñas acudir al colegio. Durante esos cinco años fue la madre de Sohaila la encargada de transmitirle a su propia hija- y a otros vecinos de su barrio- todos sus conocimientos.

Sus padres y su hermano son sus grandes apoyos. Sobre todo su madre. Ella fue la primera en defender a su hija de los ataques de los vecinos que no ven con buenos ojos que la joven Sohaila se ponga un pantalón corto y una camiseta para jugar al fútbol. Pero ese mismo apoyo con el que cuenta esta niña no lo tienen varias de sus compañeras de equipo y eso la turba. “Algunas de mis amigas no han dicho a sus padres que después de clase acuden a entrenar afirma. Tienen miedo a que se enfaden y no las dejen venir más. Pero no por miedo a que los talibán nos asesinen… sino por los cuchicheos de los vecinos. La maldad de la gente muchas veces hiere más que las bombas y las balas.

Muchas de las compañeras de Sohila ya han alcanzado la edad para poder casarse- en Afganistán es legal que una chica de 16 contraiga matrimonio- y temen el día en que sus padres las obliguen a casarse con hombres que las duplican o triplican la edad. Por eso prefieren guardar silencio sobre su incomprendida pasión por el balompié porque es posible que, de hacerse público, sus futuros pretendientes pueden pensárselo mejor antes de aceptarlas como futuras esposas y madres de sus hijos.

La mujer aún continúa sometida al hombre y en muchas partes de Afganistán son un mero adorno decorativo que se mueve al compás que marcan sus maridos. Pero hay esperanza. Sohaila es un claro ejemplo de ello.Las mujeres podemos salir solas a la calle, ir a la escuela, tabajar… enumera. Las cosas están cambiando y yo quiero que ese cambio continúe. Occidente nos debe ayudar a que esos avances continúen para poder disfrutar de nuestras libertades sin temor a ser lapidadas o apaleadas por enseñar los tobillos en público”, afirma.

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Las mujeres aún siguen estando sometidas a una sociedad machista. Foto: A. Pampliega

En la actualidad, Afganistán cuenta con unas 2.000 chicas inscritas en la Federación de Fútbol de Afganistán en España sólo hay 10.000 y el número va creciendo cada día. Ese es el mejor ejemplo de que los tiempos mejoran en el país. Sohaila se siente una afortunada por poder disfrutar de su país y de no ocultarlo. Es un ejemplo para las afganas y para las mujeres. Con sólo 19 años lucha por lo que cree justo. Por ella; y por mujeres como ella, merece la pena seguir apostando por Afganistán.