Don Marcelino

29 Mar 2009
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En primera fila, San Isidoro de Sevilla y Alfonso el Sabio. Detrás, con la entrada en medio, Nebrija, Vives, Lope de Vega y Cervantes. Siempre es agradable volver a saludar, antes de penetrar en la Biblioteca Nacional, a tan notable y variopinta compañía.

Y perturbador, ya dentro, encontrar delante, una vez más y justo en medio del vestíbulo, la estatua de Marcelino Menéndez y Pelayo, con su placa que reza: “Los católicos españoles por iniciativa de la Junta Central de Acción Católica”. Y digo perturbador porque a don Marcelino, en su día director de la casa, se le recuerda hoy sobre todo por su libro Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), ingente trabajo, me imagino que hogaño poco leído, en el cual machaca a los mismos sin piedad. Marcelino Menéndez y Pelayo creía, como no pocos de las actuales derechas, que el español auténtico es católico o no será, y puso a parir, entre las ovejas negras más o menos contemporáneas, al militar liberal, pensador y gran personaje José Álvarez Guerra, abuelo materno de Antonio Machado.
Pero no seamos maniqueos. Don Marcelino amaba la poesía y supo apreciar al joven Rubén Darío. También a las mujeres, sobre todo, según dicen las malas lenguas, las venales (lo cual no parecería reñido, claro está, con su condición de férreo defensor de la fe).

¿Habría que dejarlo allí, él tan opuesto a los no afines, en el acceso a nuestra Biblioteca Nacional, hoy equiparable en servicios, por cierto, a las mejores del mundo? Creo que hay debate interno al respecto. Yo por mí le buscaba una ubicación más respetuosa con el espíritu de la Constitución.

El duelo que no acaba

22 Mar 2009
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Iba a peripatear en torno a otro tema, pero tendrá que esperar hasta la semana que viene. Y es que lo dicho anoche por Alfredo Pérez Rubalcaba no me deja en paz. Hablando de la pobre Marta, del sufrimiento de su gente y de la búsqueda que ahora empieza en el vertedero, el ministro ha manifestado, como si de un sabio refrán se tratara: “Hasta que no se encuentra el cadáver, el duelo no acaba”. Llevo años admirando la inteligencia, el calor humano y la hombría de bien del encargado de Interior. Esta vez tampoco me ha defraudado. Tiene toda la razón del mundo. Creo que cualquier persona normal lo entenderá así.

Entonces, ¿qué decir del duelo diferido de los miles de familiares de las víctimas de la represión franquista que, antes de morir, quieren tener el consuelo de encontrar los restos mortales de los suyos, y a quienes el Estado no les está ayudando casi nada? Acabo de leer en El País lo que piensa al respecto el magistrado José Antonio Martín Pallín, uno de los paladines de esta batalla contra la injusticia. Coincidiendo con el primer aniversario de la tan debatida Ley de Memoria Histórica, Pallín comenta el “manto de silencio” que, tras la inhibición del juez Garzón, ha caído sobre el tema de las fosas comunes, y señala la “escandalosa pasividad” imperante. Los historiadores futuros, opina, tomarán nota de que, si bien el franquismo montó una Causa General para machacar a sus adversarios, la democracia no fue capaz de iniciar ni un solo procedimiento penal contra los aliados de Hitler y Mussolini. Parece muy probable que así sea. Qué desolación. ¡Y qué rabia!

Camposantos

15 Mar 2009
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mí me conmueve la escena de Luces de bohemia en la que el marqués de Bradomín, a quien ya le queda poco tiempo, tropieza en el entierro de Max Estrella –trasunto del malogrado escritor Alejandro Sawa– con el poeta Rubén Darío. Impresiona al supersticioso nicaragüense que el encuentro haya tenido lugar, tras tantos años sin verse, “en un cementerio”, y así lo declara. A Bradomín no le gusta el término utilizado. “En el Camposanto”, corrige. Rubén le da la razón: “cementerio” y “necrópolis” son palabras frías, proclaman la pérdida de toda esperanza, pero “camposanto tiene una lámpara”.

He recordado la escena al visitar una vez más el camposanto más hermoso que conozco, quizás sólo rivalizado por el de San Michele en Venecia, inspiradora del escalofriante cuadro de Böcklin, La isla de los muertos. Me refiero al cementerio británico de Málaga, en su origen ubicado al lado de las olas, pero hoy separado de ellas por unas inmisericordes hileras de edificios. El maravilloso lugar, que resulta un lujuriante y recoleto jardín botánico (una de las buganvillas tiene más de siglo y medio), contiene los restos del gran hispanista Gerald Brenan y su mujer Gamel Woolsey –autora de la novela El otro reino de Dios, inspirada por la Guerra Civil en Málaga–, así como, no lejos, los del gran poeta Jorge Guillén.

También alberga la patética tumba, adornada con conchas, del irlandés Robert Boyd, fusilado en 1831 al lado de Torrijos y los otros 40 valientes sublevados contra Fernando VII. Boyd, el pelirrojo del famoso cuadro de Gisbert, tenía 26 años, y había puesto su fortuna a disposición de la causa liberal española. Motivos de sobra tiene este camposanto, pues, para un sentido peregrinaje.

Sacando pecho

08 Mar 2009
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No creo que lo haya soñado. Casi estoy convencido de que, en Volver, Carmen Maura le dice a Penélope Cruz, aproximadamente, y con el debido asombro: “Pero, ¿antes eran tan grandes?”. Me parecía una hilarante alusión almodovariana a lo que entonces rumoreaba, o asertaba, la vox pópuli, no sé hasta qué punto con conocimiento de causa.

O sea, que las ubérrimas glándulas mamarias de Pe –explayadas liberalmente a lo largo de la cinta– tenían que ver más con una intervención clínica que con un generoso detalle por parte de la Madre Naturaleza.
Sea cual sea la verdad del caso, el hecho es que, según los cánones actuales, sin tetas no hay paraíso. Así lo ha proclamado la exitosa teleserie, así lo confirma diariamente el vomitivo Corazón, corazón, así lo demuestran las revistas de moda. ¡Qué cruz, pues, para quienes las tienen menguadas según lo hoy requerido! ¡Y qué angustia la de las preadolescentes ante el temor de que no les salgan con la lozanía prescriptiva!

Vivimos en la era de la llamada “cirugía estética”. Por primera vez en la historia es posible remodelar aspectos del cuerpo en función de lo que se estima deseable. Y no nos puede sorprender que, entre quienes acuden a los médicos del ramo, especializados en corregir las taras físicas, reales o imaginadas, de la clientela, haya cada vez más jóvenes, sobre todo chicas, ni que su edad sea progresivamente menor. Consciente del indudable peligro de la situación, la Junta de Andalucía ha anunciado que va a imponer un examen psicológico previo en tales casos. Está bien. Al paso que llevamos, pronto se considerará aberrante a todo el que no se resigne a eliminar sus “defectos” en el quirófano.