Islamofobia: nueva herramienta del fascismo, nuevo desafío para el feminismo

22 Mar 2017
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Marisa Pérez Colina* (@alfanhuisa)

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Día radiante en Brighton, Inglaterra. La playa está llena de gente que desafía los guijarros para acercarse, por fin, con los pies doloridos pero contentos, al mar. La orilla es un festín de cuerpos diversos. Entre ellos dos mujeres que podrían ser madre e hija se turnan para hacerse fotos, la una a la otra, con el móvil. La más joven es una quinceañera. La otra rondará la cincuentena. Lo que atrapa la atención es la gama de posturas semi-pornográficas con las que posan. En esa autocosificación e hipersexualización hay algo que produce, desde una perspectiva feminista no exenta de cierto sentimiento de incomodidad —cuando no culpa, por el hecho de censurar a otra mujer desde una posible postura moralista—, un fuerte rechazo. Cerca de ellas, otra pareja de mujeres, de nuevo una más mayor y otra muy jovencita, juegan a lanzarse agua. Completamente vestidas de negro, sus ropas empapadas dibujan eróticamente unas siluetas que parecen divertirse de lo lindo, completamente ajenas a quienes puedan observarlas.
Por un lado, cuerpos de mujeres obligados a exhibirse, desnudarse, gustar y gustarse, dominados por cambiantes, exigentes y despiadados cánones de belleza. El burka de la talla 38, que diría Fátima Mernissi —escritora y ensayista feminista y marroquí, que nos abandonó en el 2015—. Por otro lado, cuerpos de mujeres constreñidos a velarse, burkinizarse y bunkerizarse, sometidos a tradiciones religiosas, igualmente exigentes y despiadadas. ¿De verdad tenemos que elegir?

La libertad de decidir sobre nuestros cuerpos es uno de los derechos fundamentales que pretende arrebatarnos el patriarcado. La estructura patriarcal, esto es, un sistema de género que impone, primero, una ordenación de todos los cuerpos bajo el binomio hombre-mujer, para establecer, después, una relación jerárquica entre ambos —siendo la femenina la posición subalternizada—, precede a la modernidad y excede todas las geografías y culturas. Por eso, en cualquier tiempo y lugar, las luchas por la emancipación deberían ser, también, feministas. Porque en cualquier tiempo y lugar, si hay opresión, las mujeres estamos más oprimidas, si hay pobreza, las mujeres somos más pobres, si hay violencias, las mujeres contamos entre quienes más las padecemos. Por eso, más allá de todas las demás estructuras de poder que nos atraviesan —pero sin obviarlas— las mujeres deberíamos luchar por abolir la dominación masculina. Dicho de otro modo: desde una perspectiva feminista, hoy tocaría estar tanto en contra de la imposición de la talla 38 como de la del velo. Del mismo modo y desde la misma perspectiva, los tiempos nos estarían obligando a posicionarnos y a actuar tanto en contra de la prohibición —cada vez más extendida en los países europeos— del velo, como de la proscripción —hipotética, pues la modernidad occidental manda y manda cuerpos que infantilizan y enferman a las mujeres— de la talla 38.

 

Sentencias islamófobas: el mejor abono para el fascismo

De acuerdo con este razonamiento, solo podemos estar en contra de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea del pasado martes 14 de marzo. Esta sentencia avala la posibilidad de las empresas de prohibir el velo islámico o hiyab en el trabajo. A nuestro juicio, la decisión judicial supone un revés al esfuerzo de las mujeres por conquistar de forma autónoma sus derechos —el derecho a tener un empleo, por ejemplo—, al tiempo que un respaldo a las corrientes islamófobas que se están extendiendo peligrosamente por el mundo occidental. Entre estas, cabría destacar aquellas que dicen rechazar el islam en defensa de los derechos de las mujeres.

El caso del Frente Nacional de Marine Le Pen resulta paradigmático en este sentido. En su vídeo de promoción para la campaña presidencial del 2017, elocuentemente titulada “En nombre del pueblo”, Le Pen se presenta, de entrada, como mujer y en calidad de tal, como “afectada por la violencia extrema de las restricciones de las libertades de las mujeres que se multiplican en todo nuestro país con desarrollo del fundamentalismo islámico”. En una sola frase, Le Pen hace hábilmente gala de dos usos perversos de un supuesto feminismo. En primer lugar, el oportunismo de destacar su género, en línea con la nueva tendencia de valorización de la presencia femenina, per se, en las fuerzas políticas. Pensemos en las elecciones de EEUU, en las primarias de Podemos o en las recientes declaraciones de Purificación Causapié apoyando la candidatura de Susana Díaz. Un género que además, y siempre desde un planteamiento esencialista, la haría especialmente sensible a la opresión de las mujeres. Pero, atención, no a cualquier opresión, pues no alude a ninguna de las terribles violencias machistas que resultan del patriarcado —desde los feminicidios a la feminización de la pobreza—, sino solo a las potencialmente provenientes del fundamentalismo islámico.

En un partido en el que, por ejemplo, el debate sobre el aborto está lejos de haberse cerrado —como demuestra la diferenciación establecida por Marion Le Pen entre el aborto terapéutico y el “de confort”— y que se halla absolutamente atravesado por fundamentalismos católicos y nacionalistas, la única fuente de peligro para las libertades y derechos de las mujeres provendría, desde el punto de su lideresa, de los —construidos como— Otros. Esos Otros casualmente más morenos, que quizá sean también franceses pero nunca, desde una perspectiva colonial y racista, !igualmente” franceses: pues nunca serán franceses de souche, franceses de pura cepa. Por desgracia, estas dos formas de pretender comprar la confianza y los votos de las mujeres, esto es, vendiendo el espejismo de un feminismo esencialista e instrumentalizándolo para alcanzar otro objetivo —en este caso, la criminalización de los extranjeros o franceses de origen árabe, así como la victimización de las extranjeras o francesas de origen árabe— es un campo frecuentemente abonado por las instituciones de la democracia representativa —como el Tribunal Europeo, por ejemplo—, donde el oportunismo más descarado de la nueva extrema derecha solo tiene que plantar sus semillas de fascismo.

 

Autonomía de decisión, la mejor arma para defender los derechos y libertades de las mujeres

Las mujeres, ya seamos laicas o adeptas de cualquier credo religioso, debemos contar, individual y colectivamente, con los recursos, derechos y libertades para llevar a cabo los proyectos de vida que hayamos decidido de la forma más autónoma posible. Según las circunstancias concretas y en función de las múltiples relaciones de poder específicas que nos atraviesan —pues con el género se cruzan clase, raza, diversidad funcional, estatus administrativo, edad…—, cada una de nosotras, juntas o por separado, nos las ingeniamos, consciente e inconscientemente, para sortear los obstáculos que las diferentes relaciones de dominio erigen en nuestro camino. Así, pues, no ser madre puede ser una vía para no someterse a un trabajo de cuidados aún no suficientemente socializado ni distribuido entre los géneros; no firmar un contrato matrimonial heterosexual, una forma de conservar la autonomía; emprender un peligroso viaje de México a EEUU, un modo de escapar del trabajo esclavo de las maquilas; someterse a un empleo precarizado, un medio para construirse la imprescindible habitación propia.

De la misma forma, llevar velo puede ser, en determinadas circunstancias, la manera de moverse libremente por un espacio público o de reinvindicar y empoderarse desde una identidad discriminada. Las mujeres sabemos lo que queremos y tenemos derecho a decidir. No queremos que nos salven ni que decidan en nombre de nosotras: ninguna jerarquía institucional, ni médica, ni política, ni religiosa. No queremos que nadie decida sobre nosotras, sin nosotras.

*Marisa Pérez es coordinadora de la Fundación de los Comunes


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