Mariano en Treblinka

Llevo todo el fin de semana dándole vueltas a la respuesta de Mariano cuando le preguntaron en vivo y en directo en un programa de radio por las cuchillas de la valla de Melilla: “No sé si las cuchillas pueden producir efectos sobre las personas. Habrá que mirarlo”. Son palabras que traspasan todos los límites, todas las líneas rojas, que van mucho más allá del cinismo habitual en un político profesional. Yo creo que nunca se había oído antes nada parecido en la historia de nuestra joven democracia. Ni Suárez, ni Calvo-Sotelo, ni González, ni Zapatero, ni siquiera Aznar, se habrían atrevido a decir algo semejante. A pensarlo, sí, tal vez, pero no a expresarlo de tal modo y con tal desfachatez que al pueblo ya no le quepa duda sobre qué clase de pasta está hecho su presidente.

Posiblemente era un órdago a grande, una manera de decir “si los españoles toleran esto, van a tolerar lo que sea” No le falta razón, por desgracia. No es sólo la mentira, la desvergüenza, la charlotada, la negación de la realidad en la que vive agazapado este señor. Hace falta un cuajo especial para decir eso después de los informes médicos, de las fotografías espeluznantes con jirones de ropas ensangrentados, de tantos inmigrantes heridos, de las manos cortadas, de los brazos desgarrados y hasta de una víctima que murió desangrada. La frase me sonaba de algo y no pare de darle vueltas hasta que di con su origen. Estaba en Shoah, el grandioso documental de nueve horas de Claude Lanzmann sobre el Holocausto. Lanzmann entrevista a un campesino polaco que fue testigo de varias masacres en Treblinka y le pregunta qué sintió cuándo vio a los soldados alemanes disparando sobre víctimas indefensas, rematando a culatazos a mujeres y a niños. “Nada” responde el hombre, y luego con una claridad cartesiana (mariana, podríamos añadir ahora), aclara: “Si a usted le cortan un dedo, a mí no me duele”.

En mi libro de viajes por Polonia, La sangre y el ámbar, hay un capítulo dedicado a Treblinka en el que me cuestioné una y otra vez el sentido de estas palabras. Lo titulé La longitud de nuestros dedos y en él me preguntaba qué habría sentido el campesino polaco de haber visto que mutilaban delante de él no a un pobre judío desconocido sino a su mujer, a su madre o a su padre, si sentiría algo cuando viera cómo cortaban los dedos a uno de sus hijos. ¿Dónde empieza el dolor? ¿Hasta dónde alcanzan nuestros dedos?

En un documental mucho más reciente, The Act of Killing, los verdugos que torturaron y asesinaron a miles de personas durante el golpe de estado de Suharto, hablan tranquilamente a la cámara, ríen a carcajadas mientras explican cómo se sentaban todos encima de una mesa una de cuyas patas se hundía sobre el cuello de una víctima. Lo que cuentan es real pero su desparpajo le presta el aire de un guiñol grotesco hasta tal punto que el director les dijo si querían escenificar los asesinatos. Lo hicieron encantados, vistiendo ropajes de gángsters y otros accesorios de las películas americanas que les fascinaban por aquella época. En ningún momento sienten el menor arrepentimiento, la menor culpa, excepto cuando uno de ellos se coloca en el lugar de una de las víctimas. Luego, sentado ante el televisor, ve cómo le pasan el cable mortal a través del cuello, contempla su orfandad, su dolor, su sufrimiento. “¿Ellos lo pasaban tan mal?” le pregunta confuso al director. “La verdad es que ellos lo pasaban mucho peor, porque sabían que íbais a matarlos”. El hombre se tambalea, después de cinco décadas de impunidad absoluta, y unas lágrimas de cocodrilo asoman finalmente a sus ojos.

Tenemos un presidente incapaz de imaginar el efecto de unas cuchillas afiladas sobre la carne humana. El mismo presidente cuyo objetivo político esencial era la salvación de una niña. Vivimos una farsa horripilante.