Trump en Venecia

En plena decadencia de las ideologías es evidente que lo único que no se le perdona jamás a un político son las formas. Podrá bombardear países, apoyar golpes de estado más o menos encubiertos y promover prácticas de espionaje repugnantes, que mientras largue discursos indulgentes y sepa sonreír a cámara sus actos criminales no le pasarán factura. Poco importa que el premio Nobel de la Paz no cumpliera prácticamente una sola de sus promesas electorales, que batiera el record de inmigrantes expulsados de Estados Unidos o que haya dejado Siria y Libia arrasadas: lo importante son sus buenos modales. La añoranza de Obama ha llegado a tal grado de imbecilidad que mucha gente se ha puesto a compadecer a Melania Trump como si fuese una mujer maltratada en manos de un patán, como si ella no supiera quién es su marido. Se ha manipulado incluso un video de la toma de posesión en que se ha invertido el orden de los acontecimientos, de manera que Melania parece entristecerse después de que Donald se gire y la mire, cuando lo cierto es que ocurrió todo lo contrario. No basta ya con que Trump sea él mismo: tiene que ser el demonio.

Esta demonización universal del trumpismo supone un gran consuelo, ya que nos permite pensar que los anteriores funcionarios en el cargo eran diferentes. Gracias a su impertinente bocaza mucha gente ha terminado por ignorar que el cacareado muro con México en realidad lo empezó Bill Clinton, otro especialista en bombardeos sanguinarios que, no obstante, ha pasado a la historia como intérprete de saxofón y también como saxofón humano. Desde Europa, el trumpismo se revela como una obscenidad intolerable, entendiendo obscenidad en el sentido de aquello que debe permanecer oculto. Trump ha calificado a los mexicanos de basura y a los emigrantes árabes de peligro público, algo que casi ningún político europeo se ha atrevido a expresar, aunque años antes de que Trump lo dijera miles de refugiados libios ya se ahogaban puntualmente en el Mediterráneo y cientos de miles de refugiados sirios se agolpaban tras las vallas de Europa. La muerte de 15 inmigrantes ahogados en la playa de Tarajal, bajo una lluvia de pelotas de goma, cuando intentaban alcanzar la costa, fue contemplada desde medios oficiales españoles como una nueva modalidad de natación sincronizada. Pero si Fernández Díaz -un hombre en línea abierta con la Virgen, los ángeles y las instancias superiores- hubiese largado un discurso xenófobo al estilo de Trump, lo mismo habría estallado un escándalo.

La semana pasada este horror ante la impudicia nos saltó a la cara una vez más en la civilizada Europa con las imágenes de ese joven africano que se ahogó en un canal de Venecia ante la indiferencia y la burla de los turistas. La muerte en Venecia -lo escribió Thomas Mann- es una dama distinguida, una noticia que el mundo recibe respetuosamente. Pero no hay que olvidar que Mann también fue uno de los primeros que olisqueó el perfume asqueroso del fascismo, el mismo que ya había gangrenado Italia y Alemania y que luego pudrió nuestro país de arriba abajo. Nosotros estamos tan acostumbrados a su pestazo -en los muertos anónimos de las cunetas, en las declaraciones de tantos jerarcas del PP, en la tibieza hipócrita de Ciudadanos, hasta en un inmundo bar de Despeñaperros- que no podíamos sorprendernos, pero en Italia y en el resto de Europa han comprendido al fin que el fascismo siempre estuvo allí, que nunca se fue del todo. Donald Trump estaba también asomado a la borda del vaporetto, orondo y sonriente, preguntándose por qué el chaval no se agarraba al salvavidas, haciendo chistes sobre la torpeza natatoria de los negros, hablando una vez más claro y sin tapujos.